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Recientemente durante un seminario profesional, discutíamos sobre los atributos de liderazgo. La lista se llenó de características y cualidades, probablemente ideales, que pudieran hacer la diferencia entre alguien que logra resultados --aún modestos-- y aquellos “peces muertos”, que nadan con la corriente, manteniendo el status quo, conformándose con un estado de cosas paralítico y sin progresos notorios en Seguridad, los devotos del conformismo, castrados de voluntad para retar los problemas y lograr un mejor desempeño.

Se habló de algunos ejemplos históricos, antiguos y modernos, desde Ciro El Grande, rey de Persia (Irán actual), quien administraba personalmente justicia en los 22 idiomas de su vasto imperio, dando un ejemplo de credibilidad y confianza entre los pueblos conquistados, que a veces el solo hecho de hablar el idioma de los territorios por someter, hacía a los rivales más bien querer unirse bajo su mando.

Se nos quedaba uno más, acaso el más grande y desconocido de la modernidad. El mariscal Chuikov, y para honrar su memoria: Vasily Ivánovich Chuikov, el gran héroe y vencedor de Stalingrado, sin duda alguna, la más terrible y ardua de todas las batallas de que tenga memoria el género humano.

Cuando este hijo de campesinos asumió el mando para defender la ciudad ante el brutal embate del VI ejército nazi, la ciudad estaba totalmente en ruinas, con soldados y civiles en el mayor desorden imaginable, un escenario difícil de empeorar. A su superior le quedó claro que Chuikov había comprendido la importancia capital de su responsabilidad, cuando este le dijo: “Vamos a defender la ciudad o morir en el intento”.

Con tácticas que muchos puedan hoy tachar de cuestionables, organizó el combate acercando lo más posible las líneas soviéticas a las alemanas, para que el apoyo aéreo por parte de los invasores fuera nulo, por temor a impactar a sus mismas tropas. Dispuso a los mejores hombres en los ataques de desgaste frontal, poniendo mujeres al mando de la artillería, algo impensable para entonces. La táctica de proximidad y de lucha callejera fueron sus distintivos que permitieron ganar esa brutal batalla de 1,000 días, hasta lograr embolsar al VI ejército alemán, el cual fue luego aniquilado en forma milimétrica.

¿Pero acaso esto no fue ingenio o innovación solamente? Rotundamente no. La mejor cualidad de liderazgo de Chuikov fue su omnipresencia en el campo de batalla, frente a frente al enemigo, como un defensor más, comiendo el mismo rancho que su soldado más ínfimo --varias veces estuvo cerca de ser alcanzado por el fuego enemigo--, modelando con su ejemplo la conducta específica que deseaba ver en los suyos, no era un general de escritorio, como Paulus, su rival alemán.

El valor de cambiar las cosas que se estimaban ya perdidas, la persistencia en luchar para cumplir con una misión encomendada --en la cual él vio una oportunidad de liderar con la mayor de las entregas--, arriesgando lo más valioso, su propia vida. No hay liderazgo más grande que el del propio ejemplo.

 

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