•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

“Reconozco que no me atreví a contradecir a quienes dominaban la reunión y le inculpaban, pero quiero que sepa que estoy totalmente de acuerdo con usted”. ¿Le ha pasado esto?, ¿ha notado cómo algunas personas se expresan o comportan muy diferente en entornos públicos que en privados y se dejan dominar por una especie de “monstruo social”?

En un equipo sólido o en una organización profesional, no hay doble discurso ni se recurre al anonimato escrito para contradecir lo que se le expresa verbalmente a un colaborador, colega o jefe. Eso desnuda la pobreza ética y los antivalores de quienes caminan enmascarados por los pasillos de las empresas. Pero lo más grave sucede cuando aquellos con pensamiento crítico, ecuanimidad, sensatez y objetividad, se dejan amilanar por unos cuantos habladores mal intencionados a los que no confrontan, pese al injusto daño que ocasionan.

La fuerza de este monstruo social se usa para desprestigiar a quienes marcan diferencia con su alto desempeño, descalificar a los que ponen en evidencia a los mediocres, anular un cambio que implica esfuerzo, justificar un error que a todas luces lo es pero no se acepta, y desquitarse contra aquellos que desenmascaran la falta de disciplina, compromiso y responsabilidad. El monstruo tiene potencia para reprimir a quienes se atrevan a pensar diferente. Así, poco a poco ciertos miembros dejan de estar alineados a sus valores y pasan a ser alienados por arrastre, de una inconsciencia colectiva.

Sin duda, las relaciones afectadas por este fenómeno son frágiles, temporales y hasta falsas. No calificamos esta conducta como hipocresía, pero sí como evidencia de baja autoestima, valores poco contundentes y miedo a la represalia. ¿Qué hacer ante esos embates de contradicción y deslealtad al discurso?

Según una vieja historia oriental, un sabio envió a su discípulo al cementerio y le pidió que gritara todo tipo de improperios a los muertos. Luego le preguntó: “¿Qué te respondieron los difuntos?” El alumno indicó: “¡Nada, no dijeron nada!” Entonces le ordenó que volviera al camposanto y gritara todo tipo de halagos a los muertos. Al regresar, le hizo la misma pregunta y el joven reiteró: “¡Nada, maestro, no dijeron nada”! “Pues bien, sentenció el sabio, así debes ser tú, inmune a los insultos e indiferente a los elogios, pues quien hoy te alaba mañana te puede insultar, y quien hoy te injuria mañana te puede adular”.

Cuando el monstruo social ataca, la respuesta correcta es escuchar la conciencia. Si “él” tiene algo de razón, lo prudente es reconocer y rectificar; pero si no la tiene, debemos apegarnos con serenidad y lealtad a nuestros principios, que nos permiten seguir caminando de frente, para dejar atrás un monstruo que se disipará ante el poder de la verdad.