Jorge Eduardo Arellano
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NUEVA YORK / AP

Adrian Clark visitó nueve o diez concesionarios de autos, pues necesitaba comprar un vehículo para ir a trabajar. Y en todos recibió la misma advertencia: sin un adelanto de por lo menos un mil dólares, nadie le dará un préstamo para financiar el vehículo.

“Estamos viviendo tiempos realmente duros”, declaró Clark, quien trabaja en instalación y reparación de equipos para calefacción y refrigeración. Los expertos dicen que incluso si la actual crisis financiera se resuelve, la nación no puede seguir viviendo del crédito y que el consumidor tendrá que hacer grandes ajustes en el manejo sus finanzas.

“Estamos en un cambio profundo y no se seguirá viviendo con dinero prestado, sino dentro de las posibilidades de uno, ahorrar e invertir en el futuro”, manifestó Greg McBride, analista de Bankrate.com. Los expertos coinciden en que se viene un prolongado período de contracción del crédito.

Luego de años en los que la gente compraba casas con préstamos en los que pagaban únicamente los intereses o recibía hipotecas superiores al valor de la vivienda, ahora se exigirán pagos iniciales, mensualidades sustanciales y tasas de interés superiores.

Estos cambios coronan tres décadas en las que el consumidor estadounidense, los comerciantes y el gobierno acumularon muchas deudas. Los norteamericanos se acostumbraron a financiar compras de todo tipo con tarjetas de crédito, préstamos para automóviles y electrodomésticos e incluso con una segunda hipoteca sobre la vivienda.

Las instituciones de préstamo dieron créditos a diestra y siniestra e hicieron creer al consumidor que esos préstamos eran una necesidad. Pero la crisis financiera deja en claro el papel que una economía cada vez más global tuvo en la concesión de préstamos y en la venta de la deuda a inversionistas, poniendo mucho dinero en manos de gente demasiado riesgosa.

El porcentaje de ingresos que las familias estadounidenses dedican al pago de deudas alcanzó un 14% el año pasado, según la Reserva Federal. Si se agregan otras obligaciones fijas como el pago de las cuotas de un auto y de los seguros de la vivienda, uno de cada cinco dólares que ingresan a un hogar es destinado a pagar deudas.


Viviendo encima de sus posibilidades
“Estamos viviendo por encima de nuestros medios”, afirmó Dean Baker, del Centro de Investigaciones Políticas y Económicas de Washington. La tasa de ahorros personales cayó por debajo del 1% a fines de 2007 y a comienzos de este año, de acuerdo con la Oficina de Análisis Económico, una dependencia del gobierno nacional.

La falta de ahorros contrasta con lo sucedido en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. A inicios de los 70 los estadounidenses ahorraban más del diez por ciento de sus ingresos. Ahora, las familias destinan casi la totalidad de sus ingresos a los gastos de la vida diaria, y en muchos casos se quedan cortos.

“En la era del crédito, que es como vivir con esteroides, uno no ahorra, no gana lo suficiente. Uno en la práctica financia entre el 20 y el 30% de sus gastos”, afirmó Robert Manning, autor de “Credit Card Nation: The Consequences of America’s Addiction to Credit”.

El consumidor ya comenzó a dar muestras de cambio de mentalidad, postergando la compra de bienes, buscando alternativas más baratas, comiendo afuera menos y reconsiderando su tendencia a financiar todo.

Los préstamos al consumidor bajaron por primera vez en una década en agosto, a una tasa anual de 3.7%, lo que reflejó una fuerte caída de los préstamos para automóviles. Al llegar los precios de la gasolina a los cuatro dólares el galón, los estadounidenses compraron autos más pequeños y eficientes, usándolos menos que antes.

Al estadounidense común se le dijo que podía endeudarse siempre y cuando la deuda no consumiese más del 25% de sus ingresos, pero los prestamistas ofrecieron hipotecas pagaderas en 30 años en lugar de 20, y préstamos para automóviles cancelables en siete años, en lugar de tres.

La industria crediticia dio préstamos de alto riesgo y dio a personas con historiales bancarios malos la posibilidad de comprar viviendas, conseguir hipotecas sin pagos iniciales ni documentos que corroborasen sus ingresos, y estimuló a la gente a contraer préstamos avalados por la valorización de sus viviendas.