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La escasez de miembros con buenos criterios puede hundir a una organización o llevarla por laberintos de zozobra. En cambio, las empresas que cuentan con personas habilidosas para evaluar opciones, reflexionar adecuadamente y discernir con base en principios y realidades, gozan de un ambiente de confianza, proactividad y congruencia.

Evalúe si usted tiene algunos de estos comportamientos:

Se precipita al emitir opiniones sin escuchar a fondo; reacciona ante los hechos dependiendo en mucho de quiénes están involucrados; prejuzga y encasilla a las personas al margen de si tienen o no razón; atropella argumentos diferentes al suyo; es inconsistente e impredecible en sus respuestas y se deja dominar más por emociones fuertes que por razonamientos sólidos. En breve, usted permite que su boca actúe más rápido que su inteligencia. Como consecuencia, sus semejantes no disfrutan conversar con usted, pues no los escucha, dado que, sin percatarse, les hace sentir que usted posee toda la verdad, sobre todo tema, todo el tiempo.

Los prudentes, en contraposición, buscan conocer a fondo situaciones y personas, reconocen no ser autosuficientes, son conscientes de sus limitaciones y solicitan ayuda para entender. Reflexionan sobre las consecuencias de sus decisiones, son equilibrados, atentos y considerados. Estas personas siguen el consejo de Abraham Lincoln: “Mejor es callar y que duden de tu poca sabiduría, que hablar demasiado y disipar cualquier duda sobre ello”. Diferencian datos de sentimientos, hechos de interpretaciones y deseos de realidades. Dicen lo que hay que decir, en el momento y forma correcta, sin soberbia ni egocentrismo.

Los prudentes cosechan respeto; los imprudentes siembran desmotivación. Tanto en la conducción de su vida como de sus equipos, las personas prudentes valoran sus capacidades para definir destinos, identifican qué ignoran para solicitar consejos y reconocen sus sesgos para no dejarse atrapar en acciones contaminadas con prejuicios. Si se equivocan, tienen la honradez de rectificar y, si tienen éxito, tienen la generosidad de compartirlo.

La prudencia evita sobredimensionar situaciones y trascender a las bajezas en contra nuestra para no ser intoxicados por emociones desgastantes. Previene ser prisioneros de palabras expresadas sin control. Con ella sí es posible construir el profesionalismo en la organización, porque se presume la buena intención propia y ajena, lo que incita conductas alejadas de dudas morales, chismes y agendas maliciosas.

Emitir juicios con criterio justo, ser cautos al valorar el impacto de decisiones, profundizar en la reflexión y recurrir al buen criterio antes de actuar disminuirá errores y ahorrará muchos problemas. Eso sí, no se debe caer en la parálisis analítica, pues, como bien afirma el poeta inglés Charles Caleb: “No hay nada más imprudente que la prudencia excesiva”.