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El tiempo lo cura todo, dice un dicho, y diez años lentamente van cubriendo de verde aquel enorme zarpazo que un 30 de octubre lanzó a gran velocidad miles de toneladas de una masa informe de lodo, piedras y árboles sobre el llano ubicado al sur oriente de la mole del Casitas.

Ciertamente casi tres mil personas perecieron en aquel fatídico momento. Enormes rocas arrastradas por el alud y más de 200 manzanas de tierra inutilizadas aún son testigos de una de las más grandes tragedias enfrentadas por Nicaragua, provocada por la alta humedad que concentró en aquel volcán el huracán Mitch hace diez años, y por la imprevisión humana.

En poco más de tres minutos, aquella avalancha, enorme serpiente líquida, símil del “Destructor” bíblico, alcanzó a los desprevenidos habitantes de las comunidades “Rolando Rodríguez” y “Augusto C. Sandino” o El Porvenir, erigidas en el sitio en la década de los ochenta a partir de cooperativas campesinas que fueron beneficiadas por la reforma agraria impulsada por el gobierno sandinista de ese entonces.

“Ni que hubiéramos huido en vehículos, la avalancha nos hubiera alcanzado”, alcanza a decir Pablo Gutiérrez, este sobreviviente que aquel terrible día perdió a toda su familia, al igual que otros escapados de aquella tribulación, pero de los cuales muy pocos han decidido enfrentar la tragedia y volver al lugar.

Aún seguimos sin aprender las lecciones
Una parte de las afectaciones del alud del Casitas podrían haberse reducido en intensidad si no fuera por la recurrente improvisación, por no prever los desastres, destacan el doctor en geología, William Martínez, y el director del Centro de Investigaciones Geocientíficas de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, Dionisio Rodríguez.

Un cálculo hecho por las Naciones Unidas y citado por el master en ciencias ambientales, David Ríos, afirma que desde hace 60 años aproximadamente, los daños económicos provocados por desastres naturales o inducidos por intervención humana alcanzan entre 67 mil millones de dólares como mínimo, a 230 mil millones como máximo.

Las últimas décadas han sido desastrosas en términos económicos y sociales para Nicaragua, debido al continuo efecto negativo de furiosos eventos naturales.

Los daños tienen un origen multicausal que va desde la emisión de gases por la industria y la quema de combustibles fósiles, así como por la deforestación, las malas prácticas agropecuarias y la falta de planificación en el uso del suelo.

De acuerdo con los geólogos y el ecólogo, esa falta de planificación se vio reflejada en el desastre del Casitas. En la cima del volcán de frágil estructura fue instalado un conjunto de antenas y se construyó un camino para llegar a ellas, pero además, en el llano adyacente al sur del coloso fueron erigidos dos caseríos.

Para la construcción de los dos caseríos no se hizo un estudio y fueron edificados muy cerca de las laderas del volcán Casitas, en una zona de suelos frágiles y con laderas que representan una historia geológica de continuos deslizamientos.

Nicaragua es un país altamente vulnerable a fenómenos naturales y más del 75 por ciento de su población vive en zonas de riesgo; pero se carece, de acuerdo a los expertos, de planificación y de planes de prevención que permitan minimizar los efectos nocivos en vidas humanas o en la economía nacional.

Un ejemplo de esto es la solicitud de reforma al Presupuesto de la nación, para que la Asamblea Nacional apruebe un incremento de 140 millones de córdobas para reparaciones de las vías del país afectadas por lluvias de los últimos meses, los que representan el estar en un eterno ciclo de daños y gastos por falta de diseños adecuados que minimicen los efectos negativos y que permitan que el país pueda desarrollarse en forma sostenible.

Enormes moles

Enormes moles de piedra que literalmente navegaron en aquella poderosa corriente de aproximadamente 2.5 kilómetros de ancho, aún se observan en diversos sitios. Dicha corriente bajó del cerro por pendientes de entre 40 y 60 grados, hasta llegar al llano que colinda con la comunidad de Posoltega.

La tragedia de aquel día es evocada colectivamente, pero el mal y las heridas, gráficamente representadas por el desgarramiento físico de la ígnea montaña, se viven todos los días en la psiquis de supervivientes que subsisten en medio del desastre y de las cruces que señalan los sitios donde fueron encontrados sus seres queridos, trabajadores de aquellas tierras que con su esfuerzo aportaban a la economía de la zona y del país.

Alrededor de seis familias volvieron al lugar a trabajar en lo que han hecho siempre, en la agricultura, produciendo frijoles, maíz, yuca y empleando parte de la superficie no cultivable en áreas de pastoreo; quienes vuelven a ver de vez en cuando hacia la enorme herida hecha en el volcán, donde “una piedra que resbale puede provocar un nuevo alud”.

Esta situación se refleja también en muchas otras zonas del país afectadas tanto por desastres naturales como por severas afectaciones humanas, que han hecho perder no sólo capital humano en vidas segadas por la furia de la naturaleza, sino también porque se fue la productividad de muchos sitios convertidos ahora en eriales, naturaleza severamente herida, cuya recuperación, como en el caso de la zona del Casitas, aún tardará muchos años.

Desastres recurrentes
Nicaragua, que se encuentra en una zona altamente vulnerable a erupciones volcánicas, huracanes, inundaciones, aludes, terremotos, ha sido víctima de estos desastres por los cuatro costados de sus 130 mil kilómetros cuadrados de superficie, y hasta ahora las pérdidas en los últimos 60 años son incalculables, incluyendo vidas humanas.

Néstor Avendaño, quien es doctor en economía, destaca que las afectaciones por desastres naturales destruyen y deterioran las cosechas de granos básicos, encarecen los precios de los alimentos y por tanto elevan la inflación; destruyen viviendas e infraestructura vial, elevando enormemente los costos para naciones pobres como Nicaragua y desarraigando a las poblaciones de las zonas.

El ciclo, en tanto, inicia y continúa cada vez, y Avendaño lo destaca al señalar que cada desastre implica una nueva necesidad de edificar viviendas para reponer las destruidas, reparar y construir nuevas vías de comunicación.

Como ejemplo, en la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN), el último huracán, el Félix, paralizó la pesca de distintas especies, modificó parte del fondo marino donde había un hábitat muy rico en peces de todo tipo, en camarones y langostas, entre otras especies, generando un grave desequilibrio ecológico que tardará muchos años en recomponerse.

El huracán Félix afectó severamente la producción de la RAAN, zona que anualmente aporta un cuatro por ciento del Producto Interno Bruto de la nación, o sea, unos 250 millones de dólares. Paralizó a la par la extracción de oro, la actividad bancaria y el comercio de la zona, además que destruyó parte importante del bosque, aumentando el estado de miseria de esa región del país.

Cifras de la Agencia de Cooperación al Desarrollo de Estados Unidos señalan que los daños del Mitch hace diez años ascendieron a más de un mil 500 millones de dólares, y que más de 80 mil hectáreas de tierras quedaron arrasadas.

Aparte de la tragedia humana, esos fenómenos tienen un enorme costo de oportunidad en producción y riqueza que de pronto desaparece literalmente, debido a que muchas actividades económicas son paralizadas, infraestructura vial y de viviendas es destruida y el capital humano desaparecido o desarraigado.