Jorge Eduardo Arellano
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Invertir en los jóvenes es una necesidad de Centroamérica
La reciente Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, realizada en San Salvador, tuvo como tema principal la discusión sobre la juventud y el desarrollo. Al final del encuentro los presidentes, entre ellos los centroamericanos, enfatizaron la importancia de la juventud como motor del desarrollo económico y social, y acordaron mejorar las políticas públicas y dar a los jóvenes las oportunidades para desarrollar sus capacidades.

En la actualidad los jóvenes centroamericanos --ciudadanos entre los 15 y 29 años-- constituyen cerca del 30% del total de la población (12.3 millones de personas), y aunque en las últimas dos décadas se han creado instituciones de gobierno encargadas de formular planes y programas de juventud, aún hay una gran brecha entre el discurso político que reconoce lo importante de apoyar a la juventud y la realidad a la que se enfrenta este grupo. Lograr que los jóvenes aprovechen al máximo sus capacidades requerirá de intervenciones novedosas e integrales, con intensidades diferentes en cada país de Centroamérica, que enfrenten cinco factores fundamentales que les afectan, entre otros: la pobreza, que provoca inequidad en el disfrute de sus derechos civiles, políticos, sociales, económicos y culturales; y la desnutrición infantil, que disminuye sus posibilidades de una vida sana y de una participación activa en la sociedad.

Están también el bajo acceso a la educación secundaria y terciaria, como resultado de la poca participación pública en la prestación de estos niveles educativos; las divergencias entre el mundo de la educación y el del trabajo, que no permite a los jóvenes, y en muchos casos tampoco a sus tutores, generar expectativas positivas sobre las ganancias personales y sociales que tiene la adquisición de capacidades y conocimientos en esta edad.

Además se encuentra como factor negativo la violencia juvenil, que más allá de revelar la frustración de un grupo cada vez más amplio de jóvenes pone de manifiesto la persistente inequidad en el acceso al desarrollo que padecen los hogares de donde estos provienen, con ancestros históricamente condenados a vivir en la ignorancia, el hambre, la informalidad y la desprotección social. Los gobiernos y la sociedad centroamericana actual están obligados a invertir lo necesario para lograr una juventud preparada --física, mental y anímicamente--, tanto para realizar su proyecto de vida como para aumentar la competitividad y contribuir al fortalecimiento democrático de la Centroamérica presente y futura.