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El empresario, con la finalidad de que el consumidor elija sus productos entre tantas opciones, tiene la necesidad de diferenciarlos; por ende, los dota de signos que los distinguen de los demás. Es en este contexto que toman gran importancia la marca y otros signos, tanto para el empresario como para el consumidor, quien en la mayoría de los casos adquiere los bienes pensando en la calidad que estos tienen.

Así, hay quienes afirman: “Una marca es una promesa de un beneficio para un cliente, es decir, una palabra que el cliente identifica con un beneficio concreto o con una cualidad que le reporta un beneficio”. Por las razones expuestas, algunos empresarios, a lo largo de la historia, han desarrollado prácticas con la intención de aprovechar la reputación que representa la marca de otro empresario o el nombre comercial de este.

Es conocida –por ejemplo– la denominada publicidad adhesiva o parasitaria, por medio de la cual un empresario aprovecha el prestigio adquirido por otro y utiliza de forma injustificada su denominación, siglas, marcas y otros distintivos, con el propósito de valerse del prestigio ajeno. Produce de esta manera un daño al empresario titular de los signos y al consumidor, pues es el destinatario de cualquier acto de engaño.

Uno de los actos más antiguos es el de confusión y algunos autores señalan que es probablemente el de mayor relevancia socioeconómica. Mediante la confusión se vulnera el interés a la diferenciación en el mercado, cuestión elemental en cualquier sistema económico cuya base es la libertad de competencia.

En Nicaragua, la Ley 601, Ley de Promoción de la Competencia, define el acto de confusión como aquel cuyo objetivo es “crear confusión con la actividad, los productos, los nombres, las prestaciones, el establecimiento y los derechos de propiedad intelectual de terceros, así como toda conducta destinada a desorganizar y crear confusión internamente en la empresa, las prestaciones comerciales o el establecimiento ajeno”. De hecho, se trata de una conducta de competencia desleal sancionada por la ley citada.

Para determinar la existencia de una práctica que tiende a confundir, es indispensable valorar lo siguiente: a) la semejanza de los signos o elementos de diferenciación –por supuesto, el análisis se hace tomando en cuenta al imitador y al imitado–; 2) el reconocimiento del signo imitado, a mayor aceptación de este es más fuerte el riesgo de confusión; 3) la atención que presta el consumidor al signo imitado.

En la actualidad, a pesar de existir cuerpos jurídicos que prohíben la conducta descrita, es normal observar la variedad de imitaciones que pueden confundir a un consumidor vulnerable como lo es el nicaragüense, quien piensa estar adquiriendo cierta calidad cuando no es así. En el peor de los casos, a pesar de saber que no se trata de un producto de la marca que dice ser, el nica lo adquiere pensando en obtener cierta aceptación y condición social, misma que en la mayoría de los casos es calificada según la marca o los signos que se porten en la ropa y otros artículos.