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Se ha dicho en varias ocasiones que la condición de consumidor es inherente a todas las personas, porque es lógico que para vivir es necesario satisfacer necesidades básicas como alimentación, transporte, aseo, comunicación, etc. La lista resulta extensa, aunque únicamente se citen necesidades básicas. A esto hay que sumarle que en la actualidad mucha gente cree que mientras más consuma, alcanzará mayor grado de felicidad. Esta es una idea que ha sido transmitida e inculcada a través de la publicidad, que ha instalado un estilo de vida basado en el consumismo. En este particular, la Ley 842, Ley de Protección de los Derechos de los Consumidores, manifiesta que es un deber impartir educación sobre consumo responsable desde primaria e incluso a nivel universitario.

Existen consecuencias al mantener este modelo de consumo y conducta. En la Guía de Consumo Responsable, elaborada por Cruz Roja Juventud de Madrid, se señala de forma directa que "cada vez son más y más conocidos los graves problemas ocasionados por este modo de producción y consumo: el incremento de la pobreza y de las desigualdades a nivel mundial, la explotación laboral "sobre todo de la infancia y las mujeres, tanto en los países empobrecidos como en los países ricos–, la contaminación del medio ambiente, la sobreexplotación de los recursos naturales y el calentamiento global”.

Ahora bien, este modelo ha sido construido a partir de las decisiones de los consumidores, quienes tienen el poder de elección. Es un error pensar que una decisión individual no hace la diferencia, pues si muchos consumidores meditaran sus adquisiciones de la misma manera que lo hacen algunos empresarios, tendrían que cambiar sus políticas.

Los movimientos a favor del medio ambiente, observando el consumismo salvaje que acaba con todo, han propuesto la regla de las tres erres: Reducir, Reutilizar y Reciclar. Reducir el consumo a niveles sostenibles; reutilizar de tal manera que se prolongue la vida de un producto, es decir, aprovechar su vida útil (tal vez en nuestro país no suceda tanto en referencia a la compra de vehículos, pero sí sucede con los equipos de teléfonos celulares); y reciclar, con la finalidad de insertar en el proceso producción-consumo los materiales del producto que ya no funciona.

En realidad, en este tiempo muchos empresarios fabrican bienes de corta duración, con la finalidad de que el consumidor lo reemplace, o bien, sucede que se elabora un producto parecido pero con algunas funciones adicionales, situación que el consumidor no obvia y remplaza el bien que posee, aunque las nuevas funciones sean irrelevantes.

Finalmente, cito un pensamiento de Eduardo Galeano, en su escrito ‘Por qué todavía no me compre un DVD’: "Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades. ¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! ¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de los pollos! ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos! Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida”.