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Finca Santa Clara es muy reconocida entre las pymes del país por la elaboración y distribución de sus mermeladas y demás productos naturales y gourmets; sin embargo, para esta empresa familiar alcanzar el éxito y mantenerse no ha sido fácil, cuando se posee el compromiso de ofertar un producto saludable y amigable con el medioambiente.

Los inicios de esta empresa se dieron en el año 1996, cuando el matrimonio integrado por María Lilliam Downs y Dominique Ruegsegger buscaba un lugar para establecerse como familia.

“El proceso fue un poco largo, se dieron una secuencia de cosas al azar, no lo habíamos pensado aún”, relata Ruegsegger, quien para entonces junto con su esposa trabajaba como cooperante para Nicaragua.

El matrimonio adquirió unas tierras en la periferia de Jinotepe, en donde iniciaron el proyecto. “Construimos la casa, vinimos a vivir aquí y la primera tarea fue convertirla en finca agroecológica", refiere. Dos años después empezaron a producir mermeladas a escala pequeña y a experimentar con los productos de su finca, y para el año 2005 se establecieron como una pyme familiar.

Tomando riesgos

La empresa nace no con el propósito de hacer dinero, sino con el propósito de "que pudiéramos vivir de ella, de nuestro trabajo y manteniendo nuestro compromiso (con la agroecología)", asegura Ruegsegger.

Para ello, necesariamente los miembros de esta empresa aprendieron a vender sus productos primeramente entre amigos cercanos, personas conocidas y en algunas ferias.

Ruegsegger y su esposa tenían experiencia en la agroecología y su promoción, pero el mayor reto fue priorizar el compromiso sobre los resultados económicos.

“Uno convirtiéndose en empresa tiene que garantizar que va a sobrevivir y que lo acompañen sus compromisos, que no abandone sus compromisos por afán de ganar más, eso ha hecho que tomemos muchos riesgos”, revela.

Tropiezos

El mercado no ha sido el escenario más generoso para esta pyme, que entre otros tropiezos se ha encontrado con el limitado poder adquisitivo de los clientes, que los lleva a consumir productos sin la mínima calidad alimenticia, a bajos precios.

"Si uno quiere trabajar honestamente productos naturales cuesta un montón y cuesta caro y muchas veces la gente no lo puede comprar, entonces el reto es siempre hacer productos de buena calidad pero baratos, y eso es complicado”, lamenta Ruegsegger.

En ese particular, señala que la empresa ha mantenido una responsabilidad muy fuerte ante el consumidor nacional de entregar productos sanos y buenos. “No hemos querido torcer el brazo”, advierte.

Ruegsegger explica que en el país existen al menos veinte empresas certificadas que trabajan sin preservantes todos los procesos de higiene e inocuidad, y Finca Santa Clara es quizás la más pequeña de estas empresas, y eso tiene un costo elevadísimo.

Innovando

Finca Santa Clara es bastante conocida, y es una de las empresas a las que muchas organizaciones o proyectos quieren apoyar para fomentar la exportación; sin embargo, las limitantes económicas impactan fuertemente en esta intención.

"Desde un principio sabíamos que teníamos que exportar, lo que no sabíamos era que no se exporta por arte de magia, sino que es producto de muchísimo trabajo y no es tan fácil, de la noche a la mañana; lo que estamos haciendo es que estamos sobreviviendo en el país haciendo productos que no teníamos pensado al inicio, más que todo son mermeladas al granel para la industria alimenticia, tenemos la capacidad de hacerlo”, indica.

 

2,200 vasos de mermelada de Finca Santa Clara se venden al año en el mercado nacional.

 

25 personas laboran en el procesamiento de los productos de Finca Santa Clara.

 

"Estamos siempre en la búsqueda de productos que podríamos procesar y vender, la meta es sobrevivir y poder dedicarnos más a trabajar de la mano con los productores agroecológicos".

Dominique Ruegsegger, de Finca Santa Clara.

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