Jorge Eduardo Arellano
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Madrid / El País
No salen las cuentas. La ayuda mundial para combatir el hambre --cerca de 8,000 millones de euros comprometidos en los últimos años-- ha resultado menos eficaz de lo que preveían los canalizadores de las donaciones, el Banco Mundial y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).

En 2007 había 860 millones de hambrientos; ahora, 109 millones más. ¿Qué ha fallado? Éste es el debate de la cumbre sobre seguridad alimentaria que el lunes comenzó en Madrid con la participación de 95 países, y que, además de poner los cimientos de la llamada Alianza Global para la Agricultura y la Seguridad Alimentaria, presentará un nuevo organismo: el Mecanismo de Coordinación Financiera (MCF), una cuenta única de más de 4,000 millones de euros directamente para los campesinos.

El MCF, impulsado por el economista norteamericano Jeffrey Sachs, autor de El fin de la pobreza, pretende aumentar la cuantía de la ayuda, pero sobre todo busca unificar en un solo canal los fondos hasta ahora dispersos entre gobiernos, entidades financieras y fundaciones privadas.

Sus beneficiarios serán las familias con una hectárea de terreno que cultiven productos de primera necesidad y también los destinados a la exportación. Recibirán cheques directos para adquirir semillas y fertilizantes, y sólo repetirán subvención las que sean rentables. El MCF pretende también alejar la sombra de la corrupción al simplificar la ayuda. ‘Con tantos actores como hay ahora para donar y recibir es muy difícil rendir cuentas’, espetó el lunes Sachs. Este plan pretende llegar este año a 10 millones de hogares y a 60 millones en 2013.

Nada se avanzó
desde Roma
Esta cumbre de Madrid es una prolongación de la celebrada en Roma el pasado junio, donde 181 gobiernos y la Comisión Europea buscaron soluciones de emergencia frente a la hambruna que sobrevino tras la subida del precio de los alimentos básicos, especialmente cereales. Desde entonces, los avances han sido ‘nulos’, según las ONG más combativas, o ‘escasos’, en palabras del ministro español de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos.

Algunos puntos de partida sí parecen claros. El primero lo resumió el director general de la FAO, el senegalés Jacques Diouf: ‘El porcentaje para la agricultura de las ayudas ha pasado del 17% de 1980 al 3% actual’. En su opinión, está tendencia tiene que revertir, y ningún país debería recibir fondos internacionales si no compromete una parte significativa del presupuesto a ayudar a los campesinos. ‘Ha sido la tragedia de una muerte anunciada’, dijo.

Hasta ahora, el libre mercado --que no rige ni en EU ni en la Unión Europea para sus agricultores y ganaderos, fuertemente protegidos-- era el principal regulador de la producción agraria de los países pobres o en desarrollo, y éste es el segundo error que habría que corregir, según Moratinos. ‘No se puede dejar en exclusiva al mercado algo tan crucial como la seguridad alimentaria’, señaló. Y menos en momentos cuando confluyen elementos agravantes, entre los cuales citó el ministro los desastres medioambientales agudizados por el cambio climático; el aumento demográfico de los pobres; la especulación financiera de los ricos y el encarecimiento de la energía para todos.

Con estos ingredientes se ha cocinado una tarta siniestra, cuya receta, llevada al extremo, fue repartida entre los asistentes a la cumbre por simulados cocineros de ONG, como Veterinarios sin Fronteras, Amigos de la Tierra y Ecologistas en Acción. Sobre unas imágenes de manos femeninas manipulando cacerolas podía leerse: ‘Mézclense los ajustes estructurales del FMI (Fondo Monetario Internacional) y el BM (Banco Mundial); líguese la masa con el libre comercio; eche lentamente los agrocombustibles; confirme que no queda un cereal en las reservas del sector público; especule en Bolsa, vuelque la masa sobre la subida del petróleo y [la viñeta muestra el momento de volcar el molde de la tarta sobre una fuente de servir] ya está lista la crisis alimentaria’.