Noel Ramírez Sánchez
  •   Managua, Nicaragua  |
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Recientemente falleció don Luis Alberto Monge, expresidente de Costa Rica. Tuve el honor de conocer a don Luis Alberto en 1983, siendo presidente, cuando lo visité para obsequiarle un ejemplar de mi tesis doctoral, la cual había obtenido recientemente y analizaba las políticas monetarias de Costa Rica y Nicaragua. Don Luis Alberto había heredado una situación económica y social extremadamente complicada, ya que la producción había caído fuertemente, la inflación era del 100 por ciento, la devaluación era del 500 por ciento, el acceso a la cooperación internacional proveniente de los organismos multilaterales había desaparecido, el desempleo había crecido y el malestar social había alcanzado niveles peligrosos.

Ante esta situación, el presidente Monge, asesorado por un excelente equipo económico, liderado por el doctor Carlos Manuel Castillo, también ya fallecido, hizo lo que tenía que hacer. Monge sabía que en esas condiciones el costo de no actuar sería mucho mayor y que el pueblo respaldaría las medidas de ajuste, ya que el costo de la crisis era insoportable. Cuando tienes gangrena, si no amputas el miembro contaminado, la alternativa es la muerte. Esto lo experimenté desde muy joven, con mi abuelo paterno, hace más de cinco décadas.

Don Luis Alberto impulsó un programa de estabilización económica reduciendo el déficit fiscal, con el objetivo de controlar la inflación y estabilizar el mercado cambiario, pero estableciendo una tasa de cambio real “realista” y competitiva. Monge sabía que de nada servía cambiar la moneda, si no enfrentaba el problema de fondo, que era un enorme déficit fiscal. Sin embargo, el presidente sabía que aunque eso era necesario, no era suficiente y por lo tanto, simultáneamente impulso un programa de ajuste estructural para promover el crecimiento de las exportaciones, ya que él sabía perfectamente que el mercado local e incluso el centroamericano, eran demasiado pequeño para volver a crecer a las tasas que el país necesitaba crecer y que el pueblo estaba demandando después de la gran crisis que había padecido. El programa de estabilización fue ampliamente respaldado por el fondo monetario y el programa de ajuste estructural fue respaldo por el BID y el Banco Mundial.

Monge no era un economista, era un líder de movimientos sociales, pero era un gran comunicador y poseía una lógica contundente e irrefutable. Cuando Monge empezaba a hablar, tenías que escucharlo, cada discurso era una verdadera cátedra, pero en el buen sentido de la palabra y no como con frecuencia se expresan algunos de nuestros “catedráticos”. Monge siempre decía que la única forma de combatir la pobreza era generando empleo y que la única forma de generar empleo era impulsando el crecimiento económico y como el mercado local y regional eran muy limitados, el crecimiento debería ser impulsado, fundamentalmente, por el crecimiento de las exportaciones y para ello se necesitaba seguridad física y jurídica –paz social-, estabilidad monetaria, servicios públicos competitivos, aranceles bajos y una tasa de cambio real competitiva. Este era su credo. 

Por otro lado, don Luis Alberto nunca perdía una oportunidad para “vender” su programa económico, por eso, cuando lo visité nuevamente en su residencia privada, en Pozos de Santa Ana, a la mitad de su periodo presidencial, y le planteé la posibilidad que desarrolláramos un proceso de diálogo y retroalimentación con los distintos sectores de la sociedad costarricense para enriquecer el programa económico, sin perder “el norte” y fortalecer el respaldo social por parte de los distintos sectores, inmediatamente aceptó la idea y se puso personalmente al frente de ella.  

En ese momento, los beneficios de la estabilización ya eran una realidad, pero los beneficios del crecimiento por medio del ajuste estructural todavía no eran muy visibles y Monge estaba muy claro, aunque como hemos dicho no fuese economista, de la “fatiga de la estabilización”. Por lo tanto, el presidente procedió a invitar, personalmente, a los principales líderes del sector laboral, cooperativo, empresarial, medios de comunicación, sectores religiosos, organizaciones sociales, estudiantes universitarios, asociaciones profesionales y partidos políticos para, con una metodología objetiva, evaluar los resultados alcanzados a ese momento, los retos que todavía persistían y las medidas correctivas que se podían poner en práctica, pero sin sacrificar “el norte”. El presidente aceptaría medidas de “afinamiento”, pero no aceptaría “cambiar el rumbo” y perder todo lo logrado.

El evento fue todo un éxito, pero lo fundamental fue la actitud del presidente, la cual fue expresada en sus palabras iniciales y en sus conclusiones, ya que demostró que, sin cambiar el norte, estaba genuinamente abierto a escuchar recomendaciones de afinamiento para acelerar el crecimiento económico y por lo tanto, superar lo más rápidamente posible, la “fatiga de la estabilización”.

Al concluir su período presidencial don Luis Alberto había conseguido sus objetivos, ya que entregó un país en calma y una economía con estabilidad financiera y en pleno crecimiento económico, lo cual, a mi juicio, facilitó que su partido político volviera a ganar las elecciones.  Recordemos que el mayor triunfo de un presidente es entregarle la banda presidencial a otro miembro de su partido político, ya que de lo contrario constituye el mayor fracaso.  

nramirezs50@hotmail.com