Por Ignacio de León*
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Hace apenas 10 años, si una persona quería aprender otro idioma no tenía más remedio que pagar un curso o un tutor en las cercanías de su casa; en la actualidad con solo unos clics puede contratar en Preply a un hablante nativo del idioma buscado, a miles de kilómetros de distancia. Gracias a lo que se conoce como economía compartida o colaborativa, actualmente es posible encontrar personas dispuestas a intercambiar su conocimiento, sus habilidades, su automóvil, su tiempo o hasta su vivienda por un pago asequible, a través de los servicios de conexión persona a persona (P2P) que ofrecen plataformas digitales especializadas.

Pero en realidad, esta nueva modalidad del intercambio va más allá. Originalmente nacido de la comunidad de código abierto para referirse a la compartición entre pares de acceso a bienes y servicios, el término se utiliza a veces en un sentido más amplio para describir cualquier transacción de ventas que se realizan a través de mercado en línea, incluso los que son de negocios a consumidor (B2C) en lugar de P2P.

Esta modalidad de intercambios comenzó como una combinación extraña entre la vibra altruista 'hippie' de los 60, con la 'techie' de los milénicos. No es casualidad que la economía compartida haya surgido en San Francisco, cuna de ambas tendencias. El nuevo modelo de negocios apoyado en plataformas digitales parecía llenar esa ecuación: redes sociales que apalancan la utilización de recursos subutilizados, en provecho de la comunidad.

El efecto económico de la economía compartida tiene la potencia económica de un tsunami, que ha afectado virtualmente todas las industrias de consumo al detal. Esta revolución no se reduce solo a Uber o Airbnb, acaso los dos íconos, que encabezan la lista de plataformas colaborativas exitosas; hay una diversidad enorme de empresas en diversas industrias. Este modelo de negocios se ha viralizado rápidamente hacia otros mercados: transporte compartido entre ciudades (Blablacar), experiencias de viaje (TripAdvisor), contactos profesionales (Linkedin), conocimientos a través de tutorías (Preply), casas y cuartos (Airbnb, HomeAway), fondos (DirecTo, Crowdfunder) e incluso, el tiempo para hacer encargos (TaskRabbit, Gigwalk).

Hay también plataformas especializadas para la venta de artículos específicos como los boletos de espectáculos, e incluso reventa de boletos (StubHub).

Tres modelos de consumo colaborativo

Para poner algo de orden a la explosión cámbrica de plataformas digitales a la que estamos asistiendo, es posible encontrar tres modelos de consumo colaborativo. En primer lugar, se encuentran los basados en el uso temporal de un producto, como sucede con vehículos que cubren una ruta utilizada por diversos usuarios (Carpooling). En segundo lugar, están los que transfieren la propiedad del producto donde las personas entregan bienes que no están ya utilizando (Freecycle), o portales de subasta (eBay, Amazon). Incluso, hay plataformas especializadas para la venta de ciertos artículos “nicho,” como son los boletos de espectáculos (StubHub). Finalmente, están las plataformas que permiten a sus usuarios ofrecer intangibles tales como el tiempo (Thumbtack), las habilidades o los conocimientos (Udemy), los espacios (VRBO), entre otros.

La velocidad de adopción y los valores de estas plataformas en el mercado sugieren que el adjetivo “compartido” de esta modalidad digital de intercambios es engañosa, pues es claro que los servicios que permiten el intercambio P2P, más allá de su finalidad altruista o no, tienen una clara vocación orientada a la acumulación de capital. Para muestra, tres botones: Uber, fundada apenas en 2009, cuenta hoy con una valoración de mercado de casi 70 billones de dólares; Tinder (US$5 billones); y Airbnb (US$30 billones). Quizá esto sea una reafirmación de que ante todo, el sistema capitalista de producción supone un fenómeno colaborativo que agrega valor, donde la disrupción tecnológica no ha hecho más que masificarlo a gran escala.

En México, Colombia, Uruguay y Chile, ya se ha sentido el impacto de estos nuevos modelos de negocio, seguida de la presión por reformar las reglamentaciones vigentes, bien sea para reforzar el monopolio legal de los que ya están en el mercado, bien sea para liberarlo. ¿Quién ganará el pulso en este forcejeo?

*Esta columna fue publicada originalmente en el blog Puntos Sobre la I del BID.