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Frank Vanegas, un joven de 24 años, pagaba sus estudios de ingeniería industrial en la Universidad Centroamericana con las remesas que le enviaba su mamá desde EE. UU.

Estaba en el último año de la carrera, pero hace dos meses emigró debido a las circunstancias difíciles que enfrenta Nicaragua.

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Desde que vino de San José de los Remates, municipio de Boaco, a estudiar en Managua, su mamá le depositaba US$300 mensuales y así se convirtió en uno de los miles de nicaragüenses que engrosan las estadísticas de receptores remesas familiares publicadas por el Banco Central.

Vanegas destinaba US$100 para el pago de vivienda, US$100 para alimentos y US$70 para pasajes y recreación. El resto lo ahorraba. En la universidad era becado.

Ahora su mamá dejó de mandar dinero a Nicaragua mensualmente, contó el joven, por medio de una llamada telefónica, y cuando lo hace, es en menor proporción.

“Les manda a mis tías, pero son como US$100, porque como yo estoy aquí (en EE.UU.), entonces ahora lo que hace es ahorrar, porque viene mi proceso de sacar papeles aquí”, dijo Vanegas.

En los últimos meses, como consecuencia de la crisis política y social del país, miles de personas han migrado y el crecimiento de los montos de remesas que llegan al país se ha desacelerado.

En 2017, el monto total recibido por concepto de remesas fue mayor de US$1,300 millones.

Oportunidad

José Sequeira emigró a Costa Rica, pensando que era la oportunidad de conseguir más ingresos para mantener a sus dos hijos y su esposa. Antes ya había viajado a ese país, donde vendía fotografías ampliadas y trabajaba como músico.

Sequeira relató, vía telefónica, que trabajaba como mariachi en Bello Horizonte, en Managua, pero desde que inició la crisis sociopolítica en Nicaragua, hace más de cinco meses, la demanda de sus servicios cayó y se vio obligado a emigrar.

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Actualmente, Sequeira no se da el lujo de enviar desde Costa Rica los US$200 quincenales que mandaba hace dos años. Comentó que apenas puede enviar US$80. La merma la achaca a los paros de labores en el país vecino y la xenofobia de algunos costarricenses contra los nicaragüenses, entre otros problemas.

“Yo aquí me la rebusco porque sé que tengo que mandar a mi familia; aunque uno viva muchas humillaciones, sé que si llego allá (Nicaragua) no hay mucho que hacer. Me las veo ‘de a palito’ para mandar ese poquito de dinero porque, además, tengo que pagar el envío y eso hace más”, dijo Sequeira.

Con US$160 mensuales, la esposa de José Sequeira paga los servicios de agua y luz, alimentación y medicamentos, porque padece de presión arterial y diabetes. Ella vende frijoles cocidos y leña, en su casa, pero la “raquítica ganancia” que le deja ese negocio le sirve para las tortillas y las verduras, según relata. Los planes de mejorar la infraestructura de su vivienda los suspendieron.

Según el BCN, por familia el promedio del monto mensual de las remesas que vienen de Costa Rica es de US$111. Sequeira añora los años en que el dinero que enviaba le alcanzaba para la compra de electrodomésticos, mejoras de la casa y otros gastos de la familia.

Distribución

De acuerdo con el tercer Informe de Coyuntura Económica de 2017, de la Fundación Nicaragüense para Desarrollo Económico y Social (Funides), la distribución del uso de los ingresos por remesas en los hogares era el siguiente: 42.5% para alimentos; 28.4%, para educación y salud; 12.8%, para mejoramiento de la vivienda; 9.8% para artículos personales y el resto para otras actividades.

Cecilia Arauz, de 21 años, habita en Los Brasiles (Managua) y recibe remesas desde hace dos años, de su marido, quien está en los Estados Unidos. Le envía US$200 mensuales, aún no tienen hijos, pero en la familia son cinco integrantes y solo su papá trabaja.

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Arauz, a quien El Nuevo Diario encontró en una agencia de envíos de remesas, contó que antes de abril el 50% de la remesa lo destinaba a la compra de alimentos, pero hoy usa hasta el 70% en la adquisición de comida.

En los últimos meses, como consecuencia de la crisis política y social del país, miles de personas han migrado y el crecimiento de los montos de remesas que llegan al país se ha desacelerado.

“Yo, antes compraba US$100 en comida, pero usted sabe que con todos estos alborotos la comida ha subido (de precio), porque hay escasez de algunos productos; entonces no queda de otra y por la misma cantidad de alimentos se me van hasta US$140; ya no me queda para ahorrar. Antes, con esos US$200, ocupaba cien para comida, cincuenta para los estudios y el resto lo guardaba, porque uno nunca sabe qué puede pasar”, expresó Arauz.

A Darling Durán, originaria de la comarca de San Isidro, Matagalpa, le envían US$500 mensuales desde Canadá, para la manutención de ella y su hija de cuatro años. Antes, destinaba un porcentaje de ese dinero para la compra de materiales de construcción, para edificar su vivienda, pero con la crisis suspendieron ese proyecto.

“De esos US$500, dejaba US$200 para los gastos de la casa y el resto lo compraba en materiales, porque me urge construir para no estar pagando alquiler, pero con eso que subió el precio de los materiales de construcción y la incertidumbre de qué va a pasar en el país, mi esposo y yo decidimos paralizar nuestros planes”, dijo la mujer.

También tiene un negocio de ropa usada, pero sus ingresos se redujeron drásticamente, afirma.

Durán expresó que aunque su marido tiene trabajo fijo en Canadá y le envía siempre la misma cantidad de dinero, ha tomado algunas medidas de austeridad, como evitar comer fuera de casa los fines de semana, reducir las visitas al salón de belleza y comprar los productos básicos de alimentación.