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Cuando me voy a dormir, cada día, miro un rato mi libro electrónico. Algunos días (cuando no me quedo rápidamente dormido), leo más de dos páginas. Ya desde hace unos meses vengo leyendo un libro de Henry Kissinger que se llama “Diplomacia.” Está bueno el libro. Es una especie de historia universal contada desde la perspectiva de la diplomacia (yo diría…). Y, bueno, más que universal, parece una historia europea (al menos los primeros capítulos, que son los que llevo leídos).

La cuestión es que poquito a poco llegué al capítulo sobre la Primera Guerra Mundial. Mucha diplomacia en ese momento (no toda muy efectiva, claro). Y debe ser que el buen Henry, en alguna nota al pie de página, menciona un libro corto de Keynes que se llama “Las consecuencias económicas de la paz.” Yo sabía que el libro existía, pero nunca lo había leído.

Los libros electrónicos (y conectados a Amazon) son peligrosos para gente como yo. Resulta que, como resultado de la nota al pie de página de Kissinger, me tome un “desvío” (en inglés se diría “detour” que es una palabra que esta buena, y que sería más indicada en este caso, porque más que un desvío, lo que me tome fue un “tour” por el librito de Keynes). Ojo, el libro de Kissinger tiene como mil páginas (literalmente), así que estos desvíos parecen especialmente peligrosos si el objetivo es, algún día, terminar de leerlo todo (que no sé si es el objetivo o si debería serlo, claro).

Yo no soy keynesiano, ni monetarista (es decir, no me autoproclamo al respecto). Mi esposa me dice que soy clásico, que más bien quiere decir “anticuado.” Pero, bueno, tengo que decir que el libro este de Keynes esta bueno-bueno. Resulta que Keynes, al final de la guerra, fue a la conferencia de paz en Paris con el equipo británico. Se nota que las negociaciones procedieron, bueno, como muchas veces proceden las negociaciones entre “estadistas,” y Keynes volvió a Cambridge (Inglaterra) un tanto (digamos que) frustrado. ¿Y que hizo Keynes? Se sentó en su escritorio inmediatamente a escribir como se tendrían que hacer, y haber hecho, las cosas.

El de Keynes es un libro de economía básica. Muchos datos, mucha lógica (es decir, oraciones del tipo: si esto, entonces aquello) y sin pelos en la lengua (les pega a todos: Wilson, George, Clemenceau). Señala inconsistencias. Explica las restricciones de presupuesto (de los países, de los gobiernos, de todos); señala también las muchas verdades inconvenientes que surgen de entender lo que es “factible” (feasibility) y lo que no. En pocas palabras: un estudio serio.

Ya hacia el final del libro, Keynes se despacha acerca de la inflación. Las dos o tres páginas de esa discusión me parece a mí que están buenísimas. Y se me ocurrió, entonces, compartirlas con ustedes. Keynes escribe como un artista, pero en inglés, y yo soy un traductor aficionado, así que me disculparan los lectores (y el amigo Keynes) por los intentos de traducción que aparecen a continuación.

Keynes dice (en 1919, subrayo, dos años después de la Revolución Rusa) que “Lenin ha dicho que la mejor forma de destruir al Sistema Capitalista es corromper (debauch) su moneda. Con un continuo proceso inflacionario, los gobiernos pueden confiscar, secretamente y sin ser vistos, una parte importante de la riqueza de sus ciudadanos. Por este método no solo confiscan, sino que confiscan arbitrariamente, y mientras que el proceso empobrece a muchos, algunos, de hecho, se enriquecen. Observar esta reasignación arbitraria de la riqueza golpea no solo la seguridad pública, sino también la confianza en la equidad de la distribución existente de la riqueza.”

Keynes señala que el proceso crea beneficiarios inesperados (generalmente, empresarios) que se vuelven el objeto de odio del resto de la sociedad. Y explica que a medida que el proceso inflacionario procede, todas las relaciones entre deudores y acreedores que son esenciales para el funcionamiento de una economía industrial se destruyen, y que “el proceso de obtención de riqueza se degenera en uno de apuestas y de loterías.”

Luego, Keynes dice: “En las últimas etapas de la guerra, todos los estados beligerantes practicaron, por necesidad o incompetencia, lo que un Bolchevique hubiera hecho por diseño. Aún ahora, con la guerra terminada, la mayoría continúa, más ahora por debilidad, las mismas malas prácticas.” Estas “malas prácticas” (descritas por Keynes) son, se entenderá, los déficits fiscales financiados con emisión.

Todavía peor, explica Keynes, “los gobiernos de Europa, siendo muchos de ellos al momento además de débiles, irresponsables (reckless), buscan dirigir la indignación popular que causan sus despiadados (vicious) métodos” hacia aquellos que se ven beneficiados por ellos, y más generalmente, hacia el empresariado. Y Keynes dice que haciendo eso los gobiernos “avanzan un paso más en el proceso fatal que la mente sutil de Lenin había concebido conscientemente.” Y sigue diciendo que, combinando el odio popular hacia los empresarios con el golpe ya dado al contrato social y a la legitimidad de la distribución de la riqueza, “inevitables resultados de la inflación,” estos gobiernos hacen imposible la continuidad del orden económico y social.

Se me dirá que todo esto es ya bien sabido. A mí me pareció elocuentemente expresado (bien puesto) y, sobre todo, me pareció interesante descubrir que Keynes (¿y Lenin?), ya en 1919, lo tuviera tan, tan claro. Para aquellos que se autoproclaman keynesianos, me parece bueno registrar que hubo un Keynes, casi 20 años antes de la Teoría General, que señalaba con claridad los tremendos problemas económicos y sociales (tan familiares hoy en día) que generan los procesos inflacionarios originados en groseros desbalances de la política fiscal.

*Este artículo apareció originalmente en el blog latinoamericano de economía Foco Económico..