Jorge Eduardo Arellano
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Mientras los altísimos precios de los granos básicos auguran tensiones sociales alrededor del mundo, grandes y pequeños agricultores de economías históricamente agrarias como la de Nicaragua, vislumbran oportunidades en la creciente demanda global por sus cosechas que acompaña la crisis.

Desde la década de los 70, los inventarios de cereales y otros granos nunca habían llegado tan bajo. No obstante, la crisis es a su vez la mayor oportunidad en cerca de 30 años para que la agricultura se pudiera convertir en uno de los sectores saludables en muchos países del mundo. “Éste es un gran momento para ser agricultor”, dice Christopher Hurt, un economista de la Universidad de Purdue, quien además predice que ésta es una “tendencia que se ratificará mundialmente”, porque los altos precios que vemos hoy en el mercado mundial son de largo plazo, y no volverán a sus niveles originales.

Según el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, en 2007, los elevados precios del ganado vacuno y de los cereales o granos básicos acrecentaron en un 48% sobre el año anterior los ingresos preliminares netos de agricultores que se enfocaron en producir alimentos.

Tal incremento récord estimuló a su vez ventas de maquinaria, semillas, fertilizantes, entre otros. Según fabricantes de equipos industriales, el aumento fue cercano al 9 por ciento.

Nicaragua, con más del 50 por ciento de su tierra cultivable subutilizada y abundantes recursos hídricos para el cultivo de los granos básicos y la ganadería, tiene el potencial para aprovechar al máximo esta coyuntura. No obstante, antes habrá que aumentar la capacidad productiva de sus agricultores, opina el uruguayo Gustavo Zorrilla, directivo del Fondo Latinoamericano de Arroz de Riego (FLAR), una institución de investigación regional de tecnología agrícola.

Para ello, el gobierno y la empresa privada de Nicaragua deberán articular a la mayor premura todos sus recursos industriales y agrícolas para disminuir barreras de acceso de mercado, especialmente para los más pequeños productores, y reducir la brecha entre lo rural y lo urbano. “Esto implica pensar en almacenamiento, adquisición de tecnología, en financiamiento para la retención de mano de obra y para que la semilla que siembres sea la que te pide el mercado”, dijo Zorrilla.

Un pequeño pero importante primer paso lo dio el gobierno el 31 de enero, cuando el presidente Daniel Ortega convocó por primera vez bajo un mismo techo a centenares de productores, desde pequeños productores campesinos hasta empresarios agroindustriales, la UNAG y la Asociación Nicaragüense de Arroceros (ANAR). Éstos conformaron mesas de trabajo para explorar cómo aumentar rendimientos por manzana, cubrir el déficit del 45% de arroz importado y exportar excedentes de cereales al mercado regional centroamericano e internacional.

“Ortega dejó entrever que básicamente lo que él quiere ser es un facilitador, para que nosotros vendamos los productos nacionales de manera expedita y a buenos precios en el mercado internacional”, dijo un empresario del arroz que asistió al encuentro. Nicaragua, cuya producción anual se estima en tres millones 765 mil quintales, tiene capacidad para más.

Avances

En una evaluación de fines del año pasado, la FLAR comprobó que los avances en el mejoramiento genético de la semilla por los arroceros nicaragüenses produjeron hasta 105 quintales por manzana en invierno, y 160 quintales bajo riego en verano. El Magfor estipula un promedio nacional de 45 quintales de arroz oro, y aproximadamente 60 quintales bajo riego. Algunas fincas modelos alcanzan los 80 quintales oro.

El resto de los países centroamericanos, con la excepción de Costa Rica, son importadores de arroz. Venezuela, debido a la persistente escasez de alimentos que enfrenta desde hace meses, importará de Nicaragua este año 8 mil 500 toneladas de frijol negro, 23 mil toneladas de sorgo, 500 toneladas de carne, así como cantidades menores de maíz amarillo y vaquillas para la reproducción.

Esta alza de precios de granos pareciera haber estallado súbitamente, pero la tendencia no es nueva. Mundialmente, la producción de granos no sólo no se ha mantenido al mismo ritmo de su demanda, sino que en los últimos seis años se desplomó de forma radical el área dedicada y disponible para sembrar cereales. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés) señala que desde 2006 los precios de los productos básicos agrícolas subieron bruscamente.

Un factor es el área sembrada transferida de alimentos al etanol. En el caso de los Estados Unidos, su política de subsidio a bicombustibles influyó no sólo en el precio del maíz, sino en el de todos los granos en general.

Un efecto similar tiene el crecimiento poblacional y la migración masiva hacia los centros urbanos en China y la India. En la economía globalizada, todo fenómeno de crecimiento de ambos gigantes afecta al mundo y dispara los precios. Ambos PIB anuales del 10% (o más) en los últimos siete años estimularon el tamaño de la clase media, y sus poderes adquisitivos, a un ritmo exponencial y vertiginoso. Ni China ni la India pueden aumentar sus áreas disponibles para sembrar cereales, y les obliga a compensar sus crecientes demandas de granos con importaciones masivas.

Sólo en China, según la FAO, el consumo per cápita de alimentos aumentó el 30% en las ciudades en los últimos dos años; el de la leche creció del 2002 al 2005 de 26 a 43 calorías por persona; mientras que entre 1980 y el 2002 el consumo de carne bovina se quintuplicó, y el de carne de pollo aumentó cuatro veces.

Rápida inversión

En ese escenario, Nicaragua debe buscar fórmulas de rápida inversión y el ordenamiento inmediato de sus cadenas de valor en los granos básicos. Expertos y observadores de la cooperación internacional opinan que Nicaragua pudiera estimular una producción competente y mejor rendimiento por área, adaptando un modelo similar de instituciones de mercado e infraestructura rural del Programa de Apoyo para el Productor de Arroz (PAPA). Ampliar la siembra de maíz, frijol y arroz crearía un colchón de seguridad social al asegurar alimentos e ingresos para los que sobreviven de su siembra y comercialización.

Por otro lado, Nicaragua puede seguir modelos de asociatividad de cooperativas que han logrado una excelente rentabilidad y productividad, y que han logrado mayor acceso a financiamiento y mercados. Uno de ellos es el de la Cooperativa Omar Torrijos, sembradora de 500 manzanas de arroz en Sébaco.

Llegar allí significó mucho más que el voluntarismo puro de la Revolución, explica Ruperto Membreño, Presidente de la cooperativa y antiguo funcionario del Minra. “No es suficiente trabajar bien para el rendimiento de las cosechas y para venderlas después. En este mundo de retos en que vivimos, se nos exige el máximo esfuerzo para desarrollar un modelo productivo propio y lograr autosostenibilidad”.

El plan de negocios de la Omar Torrijos para los próximos cinco años incluye inversiones en un trillo propio, y talvez hasta en un silo. “No queremos seguir produciendo arroz por producir arroz. Queremos industrializar ideas, pero primero hay que planificarlo y crecer con ello”, dijo Membreño.

Como la mayoría de los cooperados existentes --dirigentes, funcionarios y trabajadores--, Membreño casi desaparece tras la derrota electoral del Sandinismo al perder todo el subsidio estatal al que estaban acostumbrados. Pero por la necesidad de mantener las fuentes de trabajo, con sus socios decidieron poner a producir la cooperativa y evitar su remate.

A fines de los 90, como muchos otros productores de arroz, la cooperativa estuvo a punto de ser confiscada por un banco al no haber podido honrar su deuda. El gobierno de Taiwan les ofreció oportunamente asesoría técnica y financiera. Aprendieron a trabajar disciplinadamente, más allá de horarios de oficinas, con reglas claras de competencia y una estructura ágil y menos burocrática para manejar sus negocios.

En el 2000 se unieron a ANAR. “No porque fueran sandinistas, no porque fueran empresarios, sino porque eran arroceros como nosotros, y nos traían mayores beneficios, en nuestras ventas, en nuestros créditos, para venderles con flexibilidad a diferentes compradores”, explica Membreño. Desde entonces se han beneficiado del PAPA, al establecer precios estables para el arroz durante los últimos años. El PAPA asegura niveles de inventarios permanentes del grano, con los que puede liberar o retener para regular precios durante las fluctuaciones del mercado.

Estabilidad de precios

Pero la estabilidad de precios alcanzada con el PAPA sólo podrá mantenerse si se controlan los costos de producción, algo cada vez más difícil por el incremento en el precio del petróleo y la energía.

Otros obstáculos para una concertación productiva nacional es que no existe financiamiento de largo plazo para expansión de áreas de riego. La energía más costosa de toda la historia del país amenaza con reducir la cosecha de verano, con riego, la más productiva.

Debido a que el PAPA se negocia anualmente, es difícil definir reglas del juego a largo plazo. El resultado es una banca privada conservadora con respecto a inversiones de largo plazo (riego, modernización industrial, equipos agrícolas).

Según el dirigente, Nicaragua puede articular una política nacional porque este gobierno está interesado en estimular la asociatividad. Igualmente, la empresa privada ha visto los frutos de modelos incluyentes. Pero hay que observar cautela. Lo único, dice Membreño, es que el gobierno no debe cometer los errores del INRA y empujar políticas que obligaban a adoptar decisiones controversiales frente a los intereses inmediatos de los asociados. “Por eso terminamos en los 80 con más de un centenar de cooperativas y con el tiempo afectó la confiabilidad de los productores respecto a las cooperativas.”

Por su parte, las empresas grandes deben apoyar una verdadera aceptación del cooperativismo, un tipo de “modelo abierto que trabaje en la integración total del movimiento cooperativo, para que aquellos pequeños no se queden fuera, y que no tomemos decisiones por ideologías”, dice Membreño.

Los arroceros temen que una de las posibles medidas del gobierno para mitigar el hambre o la falta de crédito y el alza de los precios de la canasta básica, sea importar arroz más barato que el que se produce aquí, pues traerá consigo riesgos de reintroducir el caos en un sector bastante ordenado. “Se debería de importar hasta el monto de nuestro déficit comercial. Arriba de eso se crearía un exceso de importación para acá y se destruiría nuestro mercado”, dijo Membreño.

Hasta la fecha, sin embargo, la actitud de Ortega contrasta con la de los presidentes de Venezuela, México, Argentina y Bolivia, quienes intentan moderar el impacto doméstico de los elevados precios internacionales mediante instrumentos de política nacional. En la mayor parte de los casos, los gobiernos imponen restricciones a las exportaciones o reducen los aranceles a los alimentos importados. Pero, según productores que asistieron esa noche, Ortega fue convincente al decir estar de acuerdo en que en una escasez como ésta, el mundo debe comerciar más y no menos.

Y que el desafío era que los productores rurales plasmen las estrategias en roles operativos. Eso está muy bien, pero el aprendizaje toma tiempo y el mercado no tiene fama de ser muy paciente.

Fuente: ANAR y PROArroz