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Cuando inició el año 2016, la Policía Nacional alertó sobre el incremento rápido de muertes por accidentes de tránsito, porque en las primeras tres semanas de enero ya registraba 44 personas fallecidas por esa causa, 4 más que en enero de 2015. También habían ocurrido 33 accidentes más que en el mismo período.

2016 se perfilaba desde su arranque como un año más trágico en las vías de Nicaragua y está cerrando así: más de 750 han fallecido en accidentes, 75 más que en todo el 2015. Entre las causas hay dos que pesan mucho, 35% de las muertes son por conducir en estado de ebriedad y 25% por exceso de velocidad. Eso indica que 6 de cada 10 muertos en accidentes fueron consecuencia directa de la irresponsabilidad y la imprudencia.

Los datos sobre las causas, divulgados por la Policía, descartan la creencia de que los accidentes viales han aumentado porque ahora hay más vehículos circulando en Nicaragua. Es cierto que algunas carreteras se congestionan por esa razón, pero si la mayoría de conductores actuaran con responsabilidad y prudencia habría menos accidentes.

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Mencionar cifras de muertes puede ser sencillo, pero el dolor y las consecuencias sufridas en la familia de cada víctima es algo difícil de medir y entender. Algunos casos, como el de Eduardo Bolaños, quien murió por la irresponsabilidad de un conductor de bus, trascienden por ser personas muy conocidas; otros son reportados por los medios de comunicación solo como una cifra, por tratarse de personas casi desconocidas. Pero tanto unos como otros tienen familias, hijos que dejan en la orfandad y padecen los daños emocionales y otros efectos a veces por el resto de sus vidas.

Una pregunta obligada es qué estamos haciendo o qué falta hacer para frenar esa carrera mortal en las calles y carreteras nicaragüenses. En enero pasado, la Policía anunció una campaña más fuerte de prevención de accidentes, con el apoyo de empresas privadas y de la iglesia. En efecto, las autoridades de tránsito han hecho operativos rigurosos y este año han detenido a más de 6,600 conductores en estado de ebriedad y suspendieron la licencia a 9,300, por manejar de forma temeraria y alcoholizados. 

Mencionar cifras de muertes puede ser sencillo, pero el dolor y las consecuencias sufridas en la familia de cada víctima es algo difícil de medir y entender.

Aunque las multas son altas, C$5,000 por ebriedad y en algunos casos la cancelación de la licencia de conducir, y hay operativos policiales más frecuentes y estrictos, el problema sigue y tiende a crecer, según las estadísticas.

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Apoyamos la aplicación rigurosa de la ley, pero creemos que se debe complementar con programas educativos mejores, en todos los niveles, para enseñar a jóvenes y adultos a conducir con prudencia y respeto. Tan importante es respetar las leyes como a los otros conductores, porque la falta de cortesía es también causa de accidentes. Igual de necesario es desarrollar programas educativos públicos sobre el uso indebido de bebidas alcohólicas y sus consecuencias para terceras personas, un problema social reflejado en ese aumento de víctimas por accidentes. La irresponsabilidad no puede seguir siendo causa de muerte en Nicaragua.

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