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El desarrollo de las facultades paranormales requiere disponibilidad de tiempo y un adiestramiento continuo que en sí no termina nunca. Las sorpresas no se detienen con la confirmación de su misma existencia o con la comprobación de las propias capacidades: además del fenómeno y de la predicción atinada o del objeto desplazado mediante la fuerza del pensamiento, existe todo un modo de ser, un modo de comunicar, un modo de interpretar la realidad y de responder a las propias interrogantes.

Lo paranormal se insinúa en pliegue de la existencia, desde el momento banal en que le sugerimos telepáticamente a nuestro cónyuge que ponga la comida al fuego porque estamos a punto de llegar a casa, al instante en que le reconfortamos mentalmente con nuestro apoyo y nuestro amor; desde la decisiones que tomamos con precognitiva certeza, hasta la clarividente localización del testamento de la tía, escondido bajo una baldosa. El gradual despertar de las facultades latentes puede permitir que se eviten accidentes y encontrar a personas perdidas de vista, hallar objetos perdidos, agua, metales, restos arqueológicos. También puede permitir escoger el lugar más adecuado para construir una casa, saber por anticipado como irá la jornada, cómo resultará un viaje, un examen, un amor, ganar pequeñas sumas en los juegos de azar.

Una nueva opción a nuestra vida

En lo tangible y más allá de lo tangible, las facultades paranormales sugieren, a medida que se va avanzando, una nueva dimensión a nuestra vida, un inesperado sentido de interacción con los demás elementos del cosmos, de pertenencia a un todo, perfecto en su periódico y alterno devenir.

Desgraciadamente, al menos por ahora la casuística paranormal, aún prestándose a diversas interpretaciones, no ha logrado develar el misterio.

En efecto, los múltiples casos de feliz resolución de situaciones peligrosas, gracias a una intervención telepática o precognitiva, son contestados por otros tantos testimonios en los cuales, a pesar del elemento pre-cognitivo, el suceso trágico ha ocurrido de todas formas. Un estudiante universitario milanés, soñó la noche antes de un examen que le preocupaba sensiblemente, que se encontraba en presencia del profesor y discutía con él un tema poco incoherente al programa de examen, tema que el estudiante había dejado totalmente de lado. Lleno de temor y maldiciéndose por la propia debilidad, el estudiante pasó el resto de la noche sobre los libros y fue provechoso, según debió admitir luego, dado que el examen se desarrolló en gran parte justamente sobre aquel tema.

De todos modos, es necesario admitir que muy a menudo, la incredulidad frente al misterio o la tentativa al misterio o la tentativa de exorcizar el temor, minimizando el hecho paranormal, hasta olvidarlo, intervienen haciendo que se invalide la utilidad del presagio.

El hecho de no conceder importancia a un episodio extrasensorial, dejando de lado su trascendencia o negando incluso su realidad, puede resultar un trágico error. Así lo recuerda en la Ilíada el episodio de la patética Casandra, obligada a asistir al incendio y al saqueo de Troya que ella misma incrédulamente había predicho.