•  |
  •  |

La orden de los salesianos, creada por don Bosco en Turín, Italia, se estableció --dentro del ámbito centroamericano-- en este orden: El Salvador (fundaron una finca modelo en 1897 y de 1900 a 1903 tres colegios), Honduras (1905), Costa Rica (1906) y Panamá (1909). A Nicaragua llegaron el 22 de marzo de 1912 a Granada, y abrieron un colegio que todavía perdura, desde mayo de ese año. A Luz Arellano viuda de Sequeira (1834-1910) y a su hermana Elena (1836-1911) se les debía la presencia de los primeros discípulos de don Bosco entre nosotros.


Se hallaba doña Elena en Turín, a raíz del fallecimiento de don Bosco, cuando concibió la idea de un colegio salesiano en su patria. En esa oportunidad --febrero de 1888-- musitaba, de hinojos, una oración. Entonces, al incorporarse, se dirigió hacia ella un joven obispo de los allí presentes y le dijo en perfecto español: --Su ruego ha sido escuchado. La casa salesiana será establecida en Granada.


Aquel prelado italiano era monseñor Juan Cagliero --futuro cardenal, misionero en Tierra del Fuego y civilizador de los indios Patacones--, quien visitaría Nicaragua en dos ocasiones, 1908 y 1912, como Nuncio Apostólico en Centroamérica, radicado en Costa Rica.

El fuego salesiano de doña Elena
Al llegar a Granada los primeros salesianos en 1912: los sacerdotes José Misieri y José Dini, el hermano coadjutor Esteban Tessini y el clérigo Jorge Müller --tres italianos y un alemán--, ya estaba arraigada la devoción a María Auxiliadora, la “Virgen de don Bosco”. Así lo revela el historiador de la orden, Jorge Rodríguez, S.D.B.: “Cuando doña Elena regresó de Europa [en 1888] traía bien encendido en su corazón el fuego salesiano. Ella y su familia encendieron la campaña para propagar el Boletín Salesiano (edición en español, por supuesto), y de regar dondequiera en Nicaragua la milagrosa devoción a la Auxiliadora de los Cristianos”.


Revisando las páginas del citado Boletín, correspondientes a la última década del siglo XIX, se admira en ellas la cantidad de gracias y de favores dispensados por María Auxiliadora en muchas ciudades y pueblos del país. Para ese fin, doña Elena hacía abundante uso de las estampas de María Auxiliadora, de las “Lecturas católicas” fundadas por don Bosco, y de hojitas con oraciones y novenas que distribuía entre toda clase de personas. El fotógrafo italiano residente en Granada, Antonio Casinelli, llevaba el registro de toda la propaganda, y cada tres meses remitía a Turín los fondos que por las suscripciones le entregaban, recibiendo a cambio estampas y medallas.

Mientras promovía esta campaña, doña Elena mostraba celoso interés por la introducción en Nicaragua de la obra de don Bosco. Al sucesor de este, don Rúa, le escribió al respecto, en octubre de 1888, don Faustino Arellano Cabistán (1837-1905), hermano de Elena, y posteriormente ella misma. Don Rúa les respondió que por falta de personal y de una invitación del gobierno de Nicaragua, no era posible acceder a sus peticiones en el corto plazo.


En carta del 8 de febrero de 1897, doña Elena le comunicaba a don Rúa: “Tan luego que me fue posible, fui a Managua para hablar con el presidente [José Santos Zelaya] sobre el asunto, y me dijo que se le había olvidado escribirle, pero que iba a hacerlo… Le pregunté varias cosas, y me contestó que él deseaba seis padres para las misiones de unos pueblos en la Mosquitia y otros lugares. He hablado también con el señor obispo [Simeón Pereira y Castellón], un entusiasta de los salesianos: los desea para el ex seminario y aún para curas de buenas parroquias. Creo que vuestra reverencia puede confiar en él: es un obispo joven, virtuoso y de buena voluntad; quizá el padre Piccono le ha hablado de él.”

Ángel Piccono, primer salesiano en Nicaragua (1896)
El padre Piccono, don Piccono (Ángel era su nombre de pila), fue el primer salesiano que llegó a Nicaragua, cruzándola desde Corinto el 20 de agosto de 1896, pasando por León y Granada, hasta San Juan del Norte, el 31 del mismo mes y año. En León fue recibido por el obispo coadjutor Pereira y alojado en el seminario. Al día siguiente celebró misa en catedral, y el 22 partió hacia el puerto lacustre de Momotombo, donde se embarcaría para Managua, tomando allí el tren que lo condujo a Granada. Llegó a esta ciudad a las 6 de la tarde, mientras se descargaba un aguacero.


Y añadía: “A pesar de ello, nos esperaban en la estación la óptima señorita Elena Arellano, el sacerdote don León Álvarez, el abogado [Manuel] Pasos [Arana], el abogado [David] Arellano, y nos conducen a una hermosa y nueva casa, propiedad precisamente de la familia Arellano, que tuvo la bondad de ponerla enteramente a nuestra disposición”. Don Piccono se sorprendió de un núcleo activo, promovido por doña Elena, de cooperadoras y cooperadores salesianos, a quienes impartió charlas. También admiró en la sala donde fue recibido en Granada “una magnífica oleografía de nuestro amadísimo fundador y padre, y en el aposento uno de María Auxiliadora”. Se refería a la casa de doña Elena, quien tres años después de la visita de don Piccono --tras varios intentos-- obtuvo el permiso del presidente Zelaya que, a la letra, decía: “Conste que a solicitud de la señora Elena Arellano se ha permitido el ingreso al país de varios salesianos con el objeto de fundar una escuela de su orden. En consecuencia, las autoridades de la República no impedirán a los expresados salesianos su entrada a ella, y no pondrá obstáculos en su trámite y permanencia en el país. Masaya, 3 de octubre, 1899”.

Es de admirar que doña Elena lograra este permiso, pues precisamente Zelaya acababa de emitir una serie de disposiciones contra la Iglesia, y ante la valiente protesta del obispo monseñor Pereira y Castellón, había ordenado su prisión a Managua, y de allí lo había expulsado del país el 3 de noviembre de 1898.


La santidad de doña Elena puesta a prueba
Habiendo convencido a Zelaya de los beneficios que rendiría a las clases pobres la presencia de congregación de don Bosco, ya famosa por sus oratorios y talleres, donde Elena viajó a principios de 1902 a El Salvador para tratar con el padre José Misieri --Inspector General de los Salesianos en Centroamérica-- sobre su llegada a Nicaragua. Sin embargo, Zelaya se echó para atrás, y en una visita que le hizo doña Elena, dijo a ésta: --No entrarán, señora.

Ella se limitó a responder: --No olvide, señor presidente, que no está en su alto cargo por méritos personales, ni por voluntad del pueblo, sino por designios de Dios para flagelarnos en pago de nuestros pecados. Por tanto, la desconfianza justa y razonable que inspiraba el régimen gubernativo en el país, demoró por algunos años el establecimiento de la Casa en Granada, ya construida por doña Luz Arellano a iniciativa de su hermana.


La casa, de dos pisos, se alquilaba para recoger fondos destinados a los salesianos. Así, en su “Diario íntimo”, el escritor Enrique Guzmán Selva anotó el 6 de marzo de 1908: “Visito a la familia de José Ignacio Bermúdez. Fui en el tranvía porque vivían cerca de La Pólvora, en una casa de dos pisos que mi comadre Elena Arellano hizo construir para los salesianos que nunca vinieron.”


Desaparecido el régimen de Zelaya, con el triunfo de la revolución libero-conservadora de 1909, doña Elena volvió a El Salvador para intercambiar ideas con el padre Misieri; este viajó a Italia y desde allí le anunció que, a su regreso, traería el personal necesario para encargarse de la casa de Granada. Tuvo noticias doña Elena de la fecha en que tocaría el vapor en Corinto, que conducía al padre Misieri y a otros sacerdotes que regentarían el colegio de “Juan Bosco”, y oportunamente se personó en el puerto a esperarlos para conducirlos a Granada.


Al verlos sobre la cubierta del barco, su corazón se estremeció de gozo al pensar que el sueño por ella y su hermana Luz, tantas veces acariciado, iba a trocarse por fin en grata y hermosa realidad. Subió gozosa al puente del vapor a saludar a los padres, pero se llevó un desencanto: el padre Misieri le dijo al oído que todo había fracasado, porque el ilustrísimo señor obispo Pereira y Castellón le había comunicado su firme resolución de no permitir en su diócesis (que entonces era toda Nicaragua) el establecimiento de la Casa Salesiana.


Cualquiera puede imaginarse el hondo sufrimiento que llevó a su espíritu la determinación del prelado. Pero he aquí un rasgo revelador de la envidiable discreción e imponderable respeto de doña Elena a Dios y a sus ministros: murió en Granada, a los 74 años, 11 de octubre de 1911, sin participar a nadie la determinación incomprensible del señor obispo.