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“Ni un córdoba más”. La chavala de apenas 22 años estaba decidida. “Ni un chelín partido por la mitad”,  se repetía a sí misma, tirada todavía a voluntad en el catre donde dormía desde que hace un mes dejó el local donde trabajó desde su llegada a Matagalpa. Sentía miedo, pero le molestaba más el olor a Agua Brava, que pese al baño de la madrugada, no logró arrancarse de la piel.

“¡Qué asco!”, refunfuñaba en voz alta. El último cliente que la contrató la dejó pestífera. “Me quiso impresionar”, pensó, para luego volver a sentirse como antes, determinada a no ceder ni un solo centavo del dinero que se ganó la noche anterior, aunque eso le ganara una golpiza más como  las que venía recibiendo desde que dejó atrás su natal Samulalí.

Cuando abría los ojos, el sol de un abril más caliente que de costumbre se filtraba a través de las rendijas que dejan los tablones que forran el cuarto que habitaba, recientemente levantado. Sentía que la luz le picoteaba las córneas y empezaba a sudar. Las piernas no le obedecían, como el resto del cuerpo. “Es tarde”, se dijo. Lo otro que la atribulaba era la jaqueca. Siempre supo que el ron y la cerveza eran mala combinación, pero el cliente último  supo exigir su compañía con una inusitada amabilidad. “Pagó hasta por mis risas”, lo justificó en su interior.

Sentía los pasos del que la aterraba. Lo odiaba, pero también era verdad que lo que llegó a sentir por él, nunca lo sintió por nadie más en esta vida. Era al único ser en esta tierra al que le permitía llamarla por su nombre real: “Flor, Flor Pérez”, le decía. Siempre llegaba a buscarla cerca del mediodía y con la misma misión: quitarle dinero. “Pero hoy pondré un hasta aquí,…así será”, se dijo, mientras en un rápido giro buscó debajo del catre y palpó la cacha negra del machete “cola de gallo” que la dueña de la vivienda le dejó para su seguridad.

Las golondrinas que hacen verano
Ni en Nicaragua, ni en ninguna parte del planeta, hay un registro oficial de cuántas mujeres se dedican al trabajo sexual. Sobre las cifras, los estudios publicados advierten dos cosas; que los números siempre son aproximados y que varían en dependencia de la fuente, pero aquí, desde mediados del año 2005 y finales de 2007, dos organizaciones están autorizadas para hablar sobre el tema. La primera se conoce como Girasoles y tiene sede en Estelí, la segunda es

Golondrinas y recientemente establecieron sus oficinas en Matagalpa.
Sus representantes dicen que  en las organizaciones tienen vida orgánica poco más de 2 mil mujeres, pero están claras de que quienes ejercen esta profesión son muchas más. “La primera lucha ganada ha sido existir”, dice Fanny Torres, quien en Matagalpa dirige Golondrinas. “A la gente le cuesta entender que el trabajo sexual no es más que eso, trabajo”, le agrega María Elena Dávila, la primera líder de Girasoles.          

Torres es  madre soltera. Tiene cuatro hijos y cursa el sexto grado de Primaria. Pide que a su currículo le sumen que es Trabajadora Sexual.  “Lo soy”, dice con aplomo. “No es un delito, es un trabajo”, agrega. Según Torres, lo que más combaten es el estigma, el rechazo por lo que hacen.  “A la gente le cuesta ver esto (su profesión) como lo vemos nosotras; como un trabajo”, le agrega Dávila.

“Cuartel de Damas”
Escudriñar por dentro a estas organizaciones lleva a cualquiera de sorpresa en sorpresa. “No damos entrevistas”, fue lo primero que nos dijo Torres cuando hicimos el primer contacto. Dávila explica que no se niegan por miedo, sino por protegerse de lo mal que, según ella,  tratamos estos temas en los medios. “La proyección siempre es negativa”, señala de forma tajante. “Somos mujeres valiosas y orgullosas de lo que hemos logrado”, dice. “Es lo que debe decirse…escríbalo”, recomienda Dávila.

Le tomamos la palabra y convencimos a Torres para que nos recibiera en Matagalpa. Nos citó en la que desde hace unos días es la sede oficial de Golondrinas, en el barrio El Totolato. Una manta reclamando derechos para la mujer es lo único que revela a medias que allá funciona lo que ellas misma llaman “un cuartel de damas”.

¿Una entrevista? No, una mesa redonda  
Torres deja claro de entrada porqué es la líder del grupo. Lo primero que advierte es que no habría fotos, ni entrevista, hasta no tener claro lo que se publicará. Antes, nos ha hecho enviarles en un par de correos los temas a tratar con la organización. “Debemos enfocarnos en sensibilizar a la gente y no despertarle el morbo”, dice, mientras nos invita a subir a la segunda planta de la casa.

Arriba, se han dispuesto seis sillas alrededor de una mesa. La única mujer sentada entonces se presenta como Miguelina Estrada. “Es nuestra secretaria”, dice Torres.  “Mucho gusto”, dice, mientras vuelve a ocupar su silla y echa a andar además  su computadora personal.  Tras su saludo,  ingresan a la estancia otras cinco mujeres y copan el resto de lugares. Todas con cara seria e imperturbable. Aunque el promedio para esta profesión es entre los 21 y 35 años, en el grupo la mayor entra a los 40.

“Esta es  la directiva de Golondrinas”, dice Torres antes que ellas se acomoden. “Evaluaremos juntas esta conversación y al final concluiremos si queda como entrevista”, adelanta, como esperando una aprobación masiva del grupo.

¿Cómo definimos la actividad de quienes pertenecen a esta organización? --preguntamos para romper el hielo--. “Es un trabajo, uno como cualquier otro”, responde Torres.  Coincidirá con nosotros que no es un trabajo como todos, ¿o no? --le insistimos--” Bueno, usted es periodista, toma nota con sus manos y escribe en computadora con sus dedos, pues bien,  nosotras utilizamos una parte de nuestro cuerpo para trabajar. Es así de simple”, explica.

Un origen bajo luces de colores      
María Elena Dávila no olvida aquel 29 de noviembre de hace cuatro años, cuando en un club de diversión nocturna en una de las céntricas calles de Estelí, 35 mujeres más ella acordaron fundar Girasoles.  “Se trataba de frenar muchos abusos que se cometen contra nosotras”, recuerda.

Dos años antes, María Esther Sánchez  había oído la misma propuesta de Fanny Torres en otro club nocturno en Matagalpa. “Me dijo que organizadas podríamos reclamar derechos que como mujer tenemos. Me pareció bien y hablamos con las otras empleadas del local”, recuerda Sánchez, ahora convertida en la segunda líder de Golondrinas.

Por supuesto, no todas les daban crédito a la idea. ¿Para qué una organización como esa? ¿Qué creíble sería un grupo de mujeres que en un club nocturno acordaron agruparse y crear una organización de trabajadoras sexuales? “Había que estar firmes, convencidas”, dice Sánchez.

En Managua, la Procuradora de la Diversidad Sexual, Salmira Montiel, califica a estas mujeres como “valientes y excepcionales”.  “Han logrado mucho en un mundo difícil”, dice al agregar que la oficina que dirige, ha firmado con las organizaciones, una alianza con el fin de apoyarlas en la lucha por erradicar la discriminación. “Estas mujeres tienen derecho, lo que hacen para vivir  no las inhibe, son sujetas de derecho y punto”, señala Montiel.

Un fondo que se convirtió en semilla
Desde hace algunos años en Matagalpa una veintena de organizaciones comunitarias imparten charlas sobre temas de salud sexual y reproductiva. El contacto con las promotoras fue, según Torres, el ingrediente que maduró la idea para la agrupación. “Estas organizaciones se quedaban muy corto”, explica. “Las trabajadoras sexuales enfrentamos más problemas que la salud sexual reproductiva.  Hablamos de violencia, seguridad ciudadana, derechos como trabajadora, como mujer y autoestima”, enumera Torres. “Es que es un hecho, hay más necesidades”, le agrega Dávila.

Torres dice que ella pensó  en llegar al origen de quienes financian estos proyectos. La idea la llevaron a las puertas del Fondo Centroamericano de Mujeres. “Nosotras sabíamos dónde nos chimaba el zapato”, argumenta.
Carla López, la actual directora del Fondo Centroamericano de Mujeres, recuerda que la propuesta de Golondrinas encajó en un proyecto de apoyo a organizaciones de mujeres que procuran la defensa de sus derechos en situaciones difíciles o controversiales.  “Fue para nosotros interesante la propuesta y un desafío que optamos por acompañar”, dice López.

Golondrinas recibió entonces 2 mil 500 dólares, los que según Torres fueron la semilla para la organización. Pero no fue todo, el organismo las capacitó también y les ofreció asesoría para lograr su personería jurídica. Según López, el otro elemento que influyó es que los donantes están reenfocando sus contribuciones a esfuerzos que llegan directamente a los grupos que los necesitan. “La iniciativa ofrecía que el apoyo sería sin intermediarios”, reitera López.

El ingreso a Retrasex
Con el apoyo del Fondo Centroamericano de Mujeres, Golondrinas y Girasoles conocieron de la existencia de la Red Latinoamericana de Trabajadoras Sexuales, Retrasex, la que dirige la argentina Elena Reynaga. Torres tiene bien presente la vez que hace tres años estrechó su mano en un hotel de la capital.   
“Me tocó contarle lo que habíamos logrado. Ella nos animó y pese a lo poco que habíamos andado como organización, nos pidió aliarnos, suscribirnos a la Red. Lo hicimos sin parpadear”, recuerda Torres.

Retrasex significó para las organizaciones locales contar con un consejero con experiencia. Su presencia en Latinoamérica y el Caribe sirvió también para que las líderes viajaran al exterior a recibir talleres y reproducir lo aprendido. Sánchez viajó a Ecuador y Torres pasó una semana de entrenamiento en Argentina.

“Fue todo un reto”, dice Sánchez. “Aprendí a hablar en público y a abordar estos temas sin miedo a la censura”, agrega.

¡Somos libres!
Flor Pérez no tuvo esta vez la necesidad de ocupar el machete “cola de gallo”. Su tormento no llegó a la hora acostumbrada.  Sabe sí que la amenaza no ha desaparecido.  Por ahora, debe levantarse, tomar un baño más y asistir como lo ha venido haciendo en la última semana al taller de autoestima que Golondrinas imparte para “las novicias” de la organización.

“Aquel día estaba dispuesta a machetearlo si volvía a agredirme”, afirma Pérez ahora, pues dice que ya no es  la pobre muchacha de Samulalí. “No, eso ya no más”,  afirma. ¿Lo dice usted porque se defenderá con el machete “cola de gallo”? --le inquirimos—“No, ahora tengo dos armas efectivas”, responde.  “Tengo vos y tengo alas, ahora soy Golondrina”.

 

El enlace Managua

Contrario a lo que ocurre en los países grandes, la capital de Nicaragua no concentra la mayor cantidad de trabajadoras sexuales. Según las organizaciones, Chinandega, Matagalpa y las zonas fronterizas son las primeras en números.
A Imogenes Omier no solo el nombre la delata como una auténtica caribeña.  Ella es desde hace unos meses el enlace de Girasoles en Managua. Ella dice que entre mil y mil 200 mujeres en la capital se dedican al comercio sexual. “Bueno es una ciudad muy grande, es difícil un número”, se justifica.

Con Omier recorrrimos algunos puntos de Managua donde se concentran trabajadoras sexuales, los mismo lugares que ella frecuenta como promotora.  Dice que desde que se estableció como enlace de la organización, unas 50 muchachas han ingresado oficialmente.

Sobre la discriminación contra ellas, Omier dice que se ha avanzado y mucho. “Aquí cada vez es menos”, señala. “Las jóvenes son más difíciles de convencer, pero tengo el presentimiento que hoy será un buen día”, nos dijo al despedirse.