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“Lo que hacemos para vivir, ni es un trabajo fácil, ni es parte de una vida alegre”. Las palabras truenan  en un auditorio de una escuela de Matagalpa.  Quien las dice, se dirige a unas 600 mujeres venidas de varias localidades del norte del país para un encuentro en las vísperas de la celebración del Día de la Mujer, el Primero de Marzo último.

“La gente debe saber eso y ustedes saber explicarlo”, agrega la voz femenina, que se ahoga al instante con los aplausos y los vivas eufóricos de las presentes.  Si no se contara aquí, nadie creería dos cosas de ese día: la primera es que la interlocutora y su audiencia son trabajadoras sexuales, y, la segunda, es que el encuentro se dio en una escuela religiosa de la ciudad.

“Eso solo te da la idea de que hemos logrado avances contra  la discriminación”, explica Fanny Torres, representante de Golondrinas. Para ningún matagalpino es noticia nueva saber que en su ciudad existe una organización de trabajadoras sexuales. “Sí, lo sabemos, y bueno, todo el mundo tiene derecho a organizarse y a defender lo que más le parezca”, dice Arsenio Ortega, un comerciante local.

En Estelí, también saben de Girasoles. “Bueno, si nadie las defiende, es bueno que ellas mismas lo hagan organizadas”, opina Eliza Castro, quien se gana la vida vendiendo ropa de segunda en el mercado de Estelí.  “Dicen que la unión hace a fuerza”, agrega. Pero estamos claros de que es una organización, digamos diferente, ¿o no? --inquirimos--. “Pero es que hay mucha hipocresía, señor, todos saben que ese oficio existe, muchos lo ven mal, pero ahí está y no es delito”, responde Castro.  

En Managua, Orlando Mercado, jefe de afiliación del Sindicato de Trabajadores por Cuenta Propia, afiliado al Frente Nacional de Trabajadores, FNT, considera que no se puede discriminar a nadie por su ejercicio laboral. “Esas mujeres merecen respeto y consideración”, señala.

 

Los prejuicios y la demanda del oficio
Golondrinas y Girasoles, además de tener sus sedes en Matagalpa y en Estelí, se han extendido a Jinotega, Río Blanco, Mulukukú, San Pedro de Lóvago, Ocotal, Chinandega, Managua y Masaya.

Según María Elena Dávila, de la agrupación Girasoles, el trabajo no ha sido fácil. “Venimos como hormigas, pero podemos decir que hoy contamos con un buen tendido”, agrega.

Para Fanny Torres, representante de Golondrinas, lo más difícil ha sido vencer el pesimismo.

“El mayor problema a veces es que las mujeres se reconozcan como trabajadoras sexuales. Saben que el estigma social es muy fuerte, nadie quiere ser visto de menos”, explica.

Señala que muchas creen que por lo que hacen deben vivir escondidas, encerradas o avergonzadas. “Las que estamos aquí sabemos que no debe ser así”, agrega Dávila.

Para la procuradora de la Diversidad Sexual, Samira Montiel, “hay mucha doble moral allá afuera”. “Hay un comercio, porque hay una demanda. Si no hubiera consumidores, pues no habría producto, solo que a la gente de esta sociedad le cuesta admitirlo”, dice la funcionaria.           

Aunque no hay estudios locales, a la luz de cifras internacionales Montiel señala lo correcto.

Un informe de Naciones Unidas en 2009 da a conocer que en el planeta el trabajo sexual legal  llegó a mover unos 108 millones de dólares. Esa cifra sería poco más del cinco por ciento de nuestras exportaciones al cierre de 2010.

En países como España, el comercio sexual tanto legal como ilícito, mueve unos 25 millones de dólares anuales y unos 10 millones en Argentina, que es la sede principal de la Red de Trabajadoras Sexuales de América Latina y el Caribe, Retrasex.

Sobre la región, y principalmente en Nicaragua, no hay datos. Las líderes de las organizaciones dicen que esa es una tarea pendiente. “Son estudios que vamos a hacer en el futuro”, promete Dávila.

Los únicos números disponibles en varios informes de organismos que trabajan con la mujer solo hablan de las tarifas del servicio sexual. Como era de esperarse, Nicaragua aparece en el sótano, y Costa Rica, ocupando los primeros indicadores. En este último país,  una trabajadora sexual cobra por servicio entre 25 y 50 dólares. En el nuestro, el mínimo es de cinco y el máximo de 30 dólares, aunque hay zonas específicas donde el máximo puede ser superado.

 

La defensa del oficio
Margarita cumplió el mes pasado 21 años. Sus estudios se fueron al traste antes de que llegara a tercer año de secundaria, cuando en casa le dijeron que “no había más plata para invertir en aspiraciones”.  Intentó salir adelante en una tienda de ropa del Mercado “Roberto Huembes”, pero la propietaria cerró por falta de ventas.

Hace año y dos meses que Margarita ofrece servicios sexuales en las cercanías al Hospital Militar. Su tarifa  no llega ni a equivaler 10 dólares. “La idea es sacar algo en el día”, nos dice. “Serían 140 córdobas, más el cuarto, que el cliente lo paga aparte”, explica.  ¿Has oído hablar de Golondrinas y Girasoles? --le preguntamos--.

“Sí, aquí viene una señora. Habla con nosotras y nos da condones. Siempre nos recomienda su uso, y sabemos su número para cualquier emergencia”, responde.  Esto que vos hacés, ¿es para vos un trabajo? --le consultamos--. “Sí, claro, comida y otros gastos”, responde sin demora.

Torres señala que quienes rechazan a una trabajadora sexual, no piensan en que muchas de estas mujeres hasta son jefas de familia. “Lo son y de ellas dependen muchas bocas, niños que estudian, que se visten”, agrega.  ¿Lo que ustedes hacen aporta algo a la sociedad? --le preguntamos--.  “Por más que queramos, la sociedad no lo va a reconocer, no lo ha hecho por años, nosotras creemos que sí, que tiene su valía. Mire, es de este trabajo que familias enteras salen adelante. Madres solteras que crían a sus hijos, mujeres que solas construyen su casa, llevan alimento y hasta pagamos impuestos”, responde Torres.

Ni Torres ni Dávila admiten pensar que lo que hacen reproduce patrones de conductas impropias. “Hemos dicho que es un trabajo”, reiteran. Esther Sánchez, segunda líder de Golondrinas, agrega que hijos de trabajadoras sexuales han llegado a ser ingenieros, maestros y  abogados. “No aportamos a hacer más pobres, todo lo contrario, con oportunidades cortamos ese hilo”, sentencia.

Uno se pregunta si estas mujeres eligen esta actividad o las circunstancias sociales las arrinconan hasta ahí. Torres tiene su propia respuesta. “Ser trabajadora sexual es una elección, una decisión. Uno podría hacer otra cosa;  lavar, planchar, pero el trabajo sexual es más remunerado. Hay más posibilidades de darle una mejor vida a los nuestros, que con otros oficios”, responde.

Las organizaciones dicen que un salario promedio de una trabajadora sexual puede rondar los 3 mil córdobas hasta 4 mil en un mes, dependiendo de la zona donde laboren. En Nicaragua, el Ministerio del Trabajo, Mitrab, manda que una empleada doméstica sea remunerada con un salario de 2 mil 701 córdobas y 81 centavos, y una empleada de zona franca, tenga una paga mínima de 2 mil 591 córdobas con 48 centavos. “Es que son salarios muy bajos, y una doméstica llega a estar demasiadas horas laborando. ¿Quién cuida a sus niños?”, se pregunta Sánchez.

 

Los mitos
Las organizaciones rechazan mitos que durante varios años les han acuñado para supuestamente defender lo que hacen. No admiten, por ejemplo, que se piense que su existencia tiene incidencia en bajar los números de abuso sexual. “No, no, no lo admitimos. 

El abusador es un enfermo, y puede estar con una docena de mujeres y siempre tendrá su fijación dañina”, explica Torres.

Dávila añade que hay quienes ven a las trabajadoras sexuales como las indicadas para experimentar primeros contactos sexuales. Los tutores de adolescentes son los primeros en  promover la práctica y hasta la justifican.  “Eso se llama machismo puro”, dice Dávila. “Los padres deben dejar que los hijos decidan con quién estar.  Uno debe elegir cuándo y con quién vivir esta parte de nuestras vidas”, defiende.

Sánchez dice que otra cosa equivocada es que se crea que son mujeres sin Dios y sin ley. “Nada más falso. Aquí hay gente muy religiosa, mujeres que vamos a misa, a los cultos, si se profesa otra religión”, explica. En cuanto a ese tema, Torres agrega, que ese ha sido otro gran logro. “Antes era impensable ir a misa, ahora no, vas y no es la persecución de antaño”, comenta.

Paola Díaz tiene un cargo en la mesa directiva de Golondrinas. Ella comparte que está visitando una iglesia protestante desde hace un par de meses y que nunca le han hecho una sola crítica por ser quien es. “Los hermanos me tratan bien”, señala. Las líderes de las organizaciones tampoco han conocido de ataques desde los púlpitos católicos en los lugares donde tienen presencia. “Hay mucho respeto, y ese es un gran logro”, destaca al respecto la procuradora Montiel.