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Los días y años han pasado, también las décadas, pero los recuerdos aún calan profundo en Ernesto Inocente López Uriarte, mejor conocido como ‘El Tiburón Mayor’ en el argot del béisbol… A ratos los pensamientos del máximo jonronero con 319 en la historia del deporte rey nicaragüense, abren sus alas y se internan en lo profundo de su imaginación.

Con sus ojos cerrados escarba y saca aquellas experiencias guardadas con sumo cuidado para volver a vivir, a gozar en silencio de una época de gloria, donde el aficionado vitoreaba el mote de ‘Tiburón, Tiburón’ que con genialidad le inventó el colega Edgar Tijerino a finales de los años setenta y que con facilidad hacía estremecer los cimientos del estadio de la Gran Sultana.

Ernesto es originario de Granada, nació un 28 de diciembre de 1953, su padre es Francisco José López Mena, quien tuvo 45 hijos de diferentes matrimonios. Su mamá Mariana del Socorro Ugarte, quien falleció cuando él tenía 11 años.

‘El Tiburón Mayor’ tiene siete hijos: Ernesto José (40 años), Mariana del Socorro (38) y Gloria Gisella López Bolaños (37) de su primera relación; María Auxiliadora (34) y Luis Ernesto López Lacayo (29) de su actual esposa Mirna Martina Lacayo Orozco. Y finalmente, Gladys del Socorro (28) y Elliott López Balladares (17), este último es el único que sigue los pasos de su padre como deportista.

El adiós de su madre y su sobrevivencia
Cuando su mamá dejó de existir apenas tenía 11 años, era un niño inquieto pero obediente, no obstante, junto a sus dos hermanos empezaron a pelear en la vida.

Ernesto se fue a vivir con su tía por parte de padre de nombre Socorro Morales. Bajo su tutela se forjó como un jovencito responsable, siguió con sus estudios, jugaba béisbol y trabajaba en una ferretería cobrando en una bicicleta los días sábados.

“Mi madre me inculcó buenas costumbres, que tenía que estudiar para ser alguien en la vida, dedicarte a jugar béisbol no era una alternativa porque antes la creencia de los padres era que eso es vagancia. Sin embargo, seguí adelante y logré culminar la primaria, secundaria y hasta me gradué de contador público”, expresa.

Según Ernesto, fueron días duros, la ausencia de su progenitora fue uno de los golpes más fuertes que ha recibido en su vida, pero muy adentro prevalecieron los consejos que durante su niñez recibió de ella.

“No fue lo mismo, muchas veces quería un abrazo, un beso y el cuidado que una madre puede darte, pero ya no la tenía a mi lado, se había ido y debía convivir con eso. Me costó recuperarme, pero agradezco mucho a mi tía, quien ya murió, todas sus atenciones”, relata.

Así nace su amor por el béisbol
Su pasión por la pelota data desde los 9 años, en aquellos predios baldíos de la ciudad de Granada. Con bolas de calcetín y bates de madera vieja, se empezó a tejer lo que después sería uno de los bateadores más feroces de nuestra historia.

“Con esos pedazos de madera conecté mis primeros batazos largos, las bolas las hacíamos con calcetines viejos o rotos, era una necesidad de la chavalada de jugar béisbol pero muy linda, fueron tiempos sanos y agradables”, dijo Ernesto, con quien compartí en su acogedor hogar en el barrio Sandino.

Su calidad como jugador se palpó en las diferentes categorías hasta que las puertas del equipo Granada de Primera División se abrieron en 1969.

“Los entrenadores vieron que tenía talento, aunque era un jovencito de 130 libras, era bien rápido, con buen brazo y cobertura, además de gran tacto. El poder lo fui adquiriendo con el tiempo, pero a punta de frijolitos y pinolillo, nada de esteroides”, declara el máximo jonronero con 42 para un Campeonato Nacional establecido en la temporada de 1978.

La grandeza de este señor que ahora ostenta 58 años y que es abuelo con varios nietos, tomó fuerza precisamente en el año 77 al disparar 41 vuelacercas, aunque un año después borró esa marca e instauró otra con 42. Todo con bate aluminio, porque fue en 1976 que la madera fue sustituida.

“Para mí fueron años impresionantes, aunque ya empezaba a dar muestra de mi facilidad para sacar bolas del campo, lo que hice en esas dos campañas fue increíble. Yo recuerdo que en 1972 pegué 13 cuadrangulares y 14 en el 74 con bate de madera, pero en el 77 y 78 quemé la liga, al extremo que nadie ha podido igualarlo”, comenta.

Un apodo que se hizo referencia
Todavía hoy, después de muchos años de su grandeza que no tuve el placer de ver, puedo asegurar que la gran mayoría en Granada no asocian el nombre de Ernesto Inocente López Uriarte con ese destructor bateador de los años setenta y ochenta.

Aunque fueron tantas las ocasiones que lo mencionaron en radio y televisión, y cientos las veces que se escribió en los periódicos, aún es más conocido por su mote de ‘El Tiburón Mayor’ que por su nombre.

Yo lo viví en mi interés de encontrar su casa. Pregunté en varias oportunidades a habitantes de la zona por Ernesto López, la respuesta fue de desconocimiento y asombro.

“No sé quién es, qué dirección te dieron”, eran algunas de sus frases. Pero cuando les dije que buscaba a ‘El Tiburón Mayor’, entonces decían: ahhh… eso hubieras dicho antes, vive de donde es la venta de ‘Chico Tripas’ una cuadra al lago y 200 metros al norte”.

“Fue Edgar Tijerino, quien me puso así, en los años que yo estaba pegando jonrones y a la vez me conocen más por ‘El Tiburón Mayor’ que por mi mismo nombre. Creo que fue un apodo que calzó a la perfección conmigo, que vino de un gran cronista deportivo”, relata Ernesto.

Sus grandes batazos, sus grandes momentos
En la carrera de Ernesto las experiencias llenas de emoción fueron muchas, quizá se volvería discutible cuál de ellas ganaría la competencia, sin embargo, para el toletero sultaneco existe uno en particular que le eriza los pelos y provoca un nudo en la garganta. Aunque reconoce que hay otros muy bonitos.

“Yo sé que fueron varios, pero me quedo con los cuatro jonrones en un mismo partido que pegué contra Colombia en el Centroamericano y del Caribe de Medellín en 1978. No sé si fue Dios quien puso un poder divino en ese momento, pero yo sentía que cada swing que hacía era para mandar lejos la pelota. Me lanzaron cinco veces y en cuatro la bola salió del parque, porque la única vez que fallé la agarraron contra la barda”, cuenta el ahora manager del equipo de sus amores, Granada.

¿Y los 41 y 42 jonrones en campaña seguidas, dónde los dejas?
“También fueron maravillosos porque fueron tiempos inolvidables, llenos de felicidad y orgullo para mí y para toda mi familia, pero también recuerdo que en un partido metí tres jonrones contra León por cada banda: right, center y leftfielder, eso fue algo que me alegró mucho”.

¿Y qué comían antes para sacar tanta fuerza?
“Tiburón, jajaja…” sonríe un poco para contestar. “Pues fijate que era puro arrocito, frijoles, tortilla, leche, cremita, cuajada, vigorón, chicha, alimentos sabrosos y saludables, ni comparado con el poco de químicos que más bien te producen enfermedades”, asegura.

¿Qué opinas de las sustancias prohibidas para mejorar el rendimiento que ahora usan muchos peloteros?
“Me da tristeza escuchar a los chavalos de ahora que se ponen el caballín, cabrín. Van a salir rebuznando un día de estos esos jodidos con tantas chochadas que se meten para mejorar su rendimiento. Son cositas que se ponen, pero como aquí en Nicaragua no hay tanto control lo hacen. El problema es que después van a sufrir porque se vuelven adictos a esas sustancias. Antes sinceramente no había nada de eso, era pura habilidad y fuerza natural”, afirma.

Un aparatoso accidente
Era 1981, Ernesto cuenta que estaba castigado porque supuestamente había firmado con los Amigos de Miami, un equipo profesional con quien solo entrenó, pero no jugó partidos oficiales. Pero, la dirigencia de Feniba lo castigó y se tuvo que ir a ganar dinero a los torneos de Guatemala.

Fue en uno de sus regresos a Nicaragua para pasar vacaciones con su familia que su papá lo invita a acompañarlo en un viaje que haría a Costa Rica en uno de sus camiones.

“Vamos hijo para que me ayudes a manejar de regreso”, me dijo mi padre.

Según el ‘El Tiburón Mayor’ su esposa le había entregado el anillo de casamiento que había sido dado a pulir y quiso llevárselo puesto a pesar de la negativa de su cónyuge.

“No, para qué te lo vas a llevar, me dijo ella, dámelo que deseo ponérmelo; yo fui quien insistió”, menciona. El viaje se hizo con normalidad a la ida y al regreso todo marchaba estupendo. Llegaron a un lugar de nombre La Cruz, cerca de la frontera con Peñas Blancas, ahí se quedaron a dormir porque era noche para después seguir con su destino por la mañana.

Ernesto decidió quedarse a dormir encima del camión sobre varias lonas y con frazadas para espantar el frío de la zona. Al salir el sol su papá le llamó para que se bajara del camión; él asegura que la pensó dos veces para hacerlo, pero al fin se decidió.

“Primero pensé irme hasta la frontera, pero después dije mejor me bajo qué voy a estar haciendo aquí”, en una clara señal que algo presentía que iba a pasar.

“Empecé a bajar por la parte trasera del camión y cuando llegué al último tramo me guindé de la baranda y me tiré, pero el anillo se engarzó del tubo y me desgarró toda la piel del dedo nupcial de la mano derecha. Fue algo rápido y no sentí dolor alguno. Recogí la piel que quedó como una bolsita de calcetín y el anillo, mi papá me llevó a una clínica donde solo me limpiaron y nos tuvimos que regresar a Liberia para ser atendido por un especialista en hueso, me chequeó y me dijo que podía hacerme un injerto, pero era peligrosa una gangrena del dedo, la mano y el brazo, así que decidí que lo cortaran”, afirma Ernesto.

¿Qué pensaste después? ¿Creiste que se terminaba el béisbol?

“Me frustré un poco, pero a la vez tenía curiosidad de ver cómo iba a jugar sin un dedo de mi mano derecha. Al inicio me costaba agarrar la pelota, pero con la práctica logré superar esa desventaja”. Después de ese accidente y sin un miembro Ernesto pegó 176 jonrones más, para certificar su poder.

Zona de strike

Para cerrar esta conversación con Ernesto ‘El Tiburón Mayor’ López, decidí llevarlo a una zona de bateo imaginaria pero ahora con preguntas y respuestas rápidas, para ver si podía abanicarlo o hacer viajar mis pitcheos al otro lado de la cerca.

¿Quién tenía más poder vos o Pedro Selva?
“Yo, no hay duda. Las estadísticas están ahí y lo certifican”.

¿Te ayudó el aluminio?
“A todos nos ayudó, pero aún nadie ha pegado 42”.

¿Si se pudiera regresar el tiempo volverías a ser pelotero?

“Sí, pero también me hubiese gustado ser médico para ayudar a las personas”.

¿Mujeriego, pícaro?
“No, pero si tuve mis aventuras de chavalo loco”.

¿Sueño sin realizar?
“Ser manager campeón, pero tengo chance este año con mi Granada”.

Jonrón más largo?
“Mmmm… No sé, fueron varios”. Ok, te ponché.