•  |
  •  |

A Arturo Cruz Porras.
Viejo, incorregible soñador


Es ampliamente conocido el hecho de que Carlos Fonseca tenía un coeficiente intelectual muy superior. También sabemos de su calidad como estudiante, graduado  con los más altos honores.

Pero no se conocen suficientemente las fraternas y estrechas relaciones que mantuvo  con los más grandes intelectuales nicaragüenses de su época.

Carlos, por donde se le mire, era un joven genio. Siendo todavía un adolescente, desdeña  los juegos y las diversiones propias de su edad para estudiar la poesía de Pablo Antonio  Cuadra, José Coronel, Mejía Sánchez  y otros  exponentes de la literatura nicaragüense.

En 1954, con solo 17 años de edad, mientras nosotros nos bañábamos en los ríos, armábamos pleitos en los cines o aprendíamos a bailar con la Sonora, funda el Centro Cultural del Instituto Nacional del Norte (CCINN) con fines puramente culturales y nuclea a su alrededor a las mentes más  brillantes del  colegio. Carlos era el Presidente; lo acompañan Ramón Gutiérrez, Raúl Leclaire, Cipriano Orúe, Marcos Altamirano, Gilberto Rodríguez Francisco Buitrago Castillo, el más puro, el más leal, quien lo acompañó hasta su muerte.

Inmediatamente entra en contacto con prominentes intelectuales matagalpinos, como  el doctor Carlos Arroyo Buitrago,  doctor José M. Espinoza y la pintora Nieve Andina Arnesto, a  quienes  convierte en colaboradores de la Revista Segovia, órgano del CCINN.

En 1955 (Segovia No 6-7) Fernando Rivas L. hace la presentación oficial de Carlos como poeta y dice, entre otras cosas: “Me toca presentar hoy a Carlos Fonseca y a Mercedes Prado, catalogados ya por juiciosos críticos, junto a Raúl Leclaire, como poseedores de un genuino  caudal  poético… Son los verdaderos representantes de la poesía vanguardista, incipiente en el norte, espléndidamente germinal”.

“Por  ahora nos  circunscribimos a presentar “16 versos  del  molendero” (de Carlos), calificado como el más influenciado por las nuevas escuelas, es decir, como el más  puro y  genuino”.

Carlos escribía la mayor parte de Segovia. Todos los artículos  que no tienen firma son de su autoría. Publicó algunas secciones de sátira y humor bajo pseudónimos como CAFATERIAS  Y  CARFONA, un juego con sus siglas.

Comienza a analizar, con una madurez increíble para su edad, la obra de los más grandes poetas  nicaragüenses.

Sobre Pablo Antonio Cuadra (Segovia No. 8, junio 1955) Carlos escribe: “Es un poeta vacuno por su amor a las vacas, Alto y espigado hasta el cielo y con una cara que no se parece a él, a su fama. Escribió su primer libro de versos, (Poemas Nicaragüenses) a los 21 años, Es el primer libro  de poesía  moderna  publicado  en C.A”.

“José Coronel dijo de él  que era la ternura del ternero, dada su inquietante  canción a las ubres,  al  mugido, la leche. Dice ( Ernesto ) Cardenal  que fue medio niño y  medio ternero en su infancia. Ha sido calificado por los grandes estudiosos del continente y España como el mejor poeta de Nicaragua, uno de los pocos representantes de la poesía   hispana”.

También Carlos aborda la poesía de Coronel Urtecho (Segovia No. 6-7, enero y febrero 1955) en la siguiente forma: “Con sus vastos conocimientos adquiridos y su talento creador, pudo orientar a la generación granadina que poco tiempo después se llamó Movimiento de Vanguardia, donde florecieron Pablo Antonio, Joaquín Pasos y otros. En su  libro Rápido Tránsito, ha expuesto de manera genial la vida y obras de la gente de los Estados Unidos, en el tiempo en que le tocò educarse. A través de ese libro se conoce San Francisco de California, las aguas del Missisipi  y un poco de la historia del Río San Juan.

Ha cultivado todas las fases  de la poesía. Entre sus obras poéticas populares  está su  Pequeña Oda a Tío Coyote que tanto ha gustado por su sabor a cuna, a leche de pecho, a nodriza”.

Sobre otro gran poeta,  Ernesto Mejía Sánchez (Segovia N0 8 dic. 55), Fonseca escribe: “La calidad  de la obra poética de Mejía Sánchez ha sido altamente apreciada por los  círculos intelectuales de España.

La poesía de Mejía Sánchez es palabroica e hilàmbrica, se diferencia de los demás poetas en que calla cuando quiere decir algo. Toda poesía  está hecha de palabras pero en esta de Mejía Sánchez la palabra es el tema de la poesía. Palabra es la palabra más usada en sus poemas (como también la variante aritmética de número) sus  palabras y números siempre tienen algo de ciencias ocultas, de magia, algo diabólico”.

“Es el consecuente del engaño de la palabra (parábola) y con frecuencias se le nota, su deseo de realizarla, de hacerla real, de encarnarla en algo”. Carlos cita como fuente de información y orientación “Nueva Poesía Nicaragüense”, de venta en librería Nuevos Tiempos.

Busca nuevos horizontes
En su incesante deseo de encontrar a nuevos exponentes de la literatura, Carlos visita en Managua al Director de la Biblioteca Nacional, Doctor Ramón Romero, de quien se  hace fraterno amigo. Había vivido en Matagalpa y allí escribió su libro “La Vida Trágica”   de Choiseul  Praslin

Académico de la  lengua, el Dr.  Romero  estudió en Chile  la  carrera de abogacía y uno de sus libros de derecho era texto oficial en la Universidad de Venezuela. Fue despedido  de la Biblioteca Nacional por sus ideas progresistas y, en esa oportunidad, Carlos le dedicó  la portada de Segovia.

Carlos sigue viajando a Managua y conoce a Manolo Cuadra, Emilio Quintana, Toño López, Chepe Chico Borgen y otros intelectuales que se convierten en colaboradores  de su revista. También se vincula de manera fraterna con los poetas y periodistas Manuel Díaz y Sotelo y Adán Selva.  Mario Flores Ortiz y Enrique Espinoza Sotomayor,  tendrían gran influencia en él.

Acerca de Manolo Cuadra, el íntimo amigo y discípulo de Carlos, Co-director de Segovia, Cipriano Orùe, quien con el tiempo se convertiría en gran pintor y caricaturista, escribía así: “Me arrastraban hacia él su prosa y poemas. Quería conocer  al crucificado  de la imaginaciones malintencionadas, a Manolo Cuadra, poeta de poetas. Me habló de literatura, García Lorca no podía faltar, Alfonso Cortez  fue tema principal y Neruda ocupo gran parte de la conversación. Va arrastrando un mundo dijo del chileno”.

El mentor de Fonseca y asesor de Segovia, José Ramón Gutiérrez Castro ,se ocupa de otro gran poeta nicaragüense, Azarías H. Pallais, en su artículo “Manoseando al Padre Pallais (Segovia No. 4, 1955). “Era un padre largo, caprichoso, como un garabato, como un muro mal hecho. De noche   se envolvía  con sus grandes brazos  para quitarse el frío y meditar sin astas, como un poste en la oscuridad, parado, solo, recortado al viento. Fue un poco loco como las músicas de sus versos y la mímica desordenada de sus brazos, todo su lenguaje era extraño y recóndito. Toquemos al padre Pallais con las manos sucias, porque no fue santo. Con la boca sucia leamos sus poemas de colorete y siempre sentiremos el olor  de sus pensamientos anacrónicos metidos en la forma extravagante de las nuevas escuelas”

Como ustedes ven, era el de ellos un estilo fresco e irreverente que  rompía con Rubén y el  Modernismo.

En sus once números  Segovia publicó poemas de Manolo Cuadra, del peruano César  Vallejo, Carlos Arroyo Buitrago, Fernando  Silva, Roberto Sánchez  y otros .

Encuentro con Rostchuh
“Fue en 1955; Carlos traía como credencial una valijita de madera, una revista literaria   editada por él y un rollo de poemas que la dura realidad le había  inspirado,  recuerda el poeta Guillermo Rostchuh Tablada. Llevaba en su mano la Estrella de Oro, ganada como el mejor  estudiante  del instituto”.

-“Soy poeta”  - dijo  por toda presentación.

“¡-Vuélese uno!”- le contesto Rostchuh y Carlos le declamó el ya  célebre 16 versos  del molendero.   

-“Desde entonces siempre me llamó poetilla -afirma el profesor de generaciones. En el  Ramírez Goyena sus tareas fundamentales fueron: organizar la biblioteca, que aún no existía. Organizó un fichero, varios ficheros sistematizando, catalogando hasta los más pequeños detalles, pues las decisiones de Carlos eran lentas, prolongadas,  pero seguras” afirma el eximio poeta. Carlos, en esencia, fue un notable estudioso, un incansable lector, un devorador de libros, fichador de secretos, polilla de testimonios, ratón de biblioteca”.

“Poco a poco lo conocí mejor ¡Era fantástico!” -me confiesa Guillermo, sin disimular su  admiración. -“A veces a las once de la noche caminábamos  buscando el cine Trébol, una señora vendía un vaho y un cacao con leche, riquísimos. La señora me atendía a mi primero y Carlos protestaba  por lo bajo”.

-¡Claro como usted viene de  corbata!” –decía. “Se comía dos raciones, una para él y otra para la solitaria. (afirmaba que padecía de parásitos)”.

-“En tu libro vos publicaste una foto donde está conmigo, inaugurando la biblioteca” -me señala el poeta. “Era obsesivo  con las  estadísticas, tenia los datos más completos  sobre la anemia y el paludismo que se padecía en Nicaragua. Era un  gran acarreador  de gente.

En 1955, me acompañó a conocer  el terreno donde al año siguiente (1956) inauguramos el monumento a Andrés Castro, que hizo Edith Girón”.

“Carlos era un santo laico. Nunca pronunció la palabra puta porque era un insulto a las mujeres. Mujer era mi madre”, decía.

“Yo no lo hice marxista, ya estaba hecho, llegó a Juigalpa con Moncho Gutiérrez y Carlos Molina del campo. Otra vez con Chico Buitrago y Jorge Navarro.   A la cárcel le mandaba dinero y libros. Una vez le llevé una colaboración económica con Cipriano Orúe al parque San Antonio, donde estaba disfrazado de campesino”. -medita como en sueños el poeta chontaleño.

Rostchuh y Carlos quedaron indisolublemente unidos en el poema que el viejo poeta le escribiera al poeta joven.

Todos más uno
Si en el centro de la Plaza Pública  
le hacen un monumento a Carlos
ni metales ni mármoles pongan
Cinco millones de pies póngale
                                       encima
y ya verán cómo se levanta y anda.