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A Arturo Cruz  Porras.  
Viejo, incorregible  soñador.

Ya en Managua, Carlos en 1965 se une al círculo literario Nuevos Horizontes, al que  concurren poetas y escritores, y que fue fundado y dirigido por María Teresa Sánchez  y Pablo Steiner.  Lo llevó  su amigo Manolo Cuadra.

Colabora con Orientación  Popular, órgano del Partido Socialista.

En 1956 se matricula en la Facultad de Derecho de la UNAN, León, y dirige El Universitario, órgano del Centro Universitario. Se relaciona con Denis Martínez Cabezas,  Manolo Morales, Joaquín  Solís, Alejandro Serrano, Fernando Gordillo, Humberto Obregón y otros.

En septiembre cae preso por la muerte de Somoza y viaja a Costa Rica. Manolo Cuadra lo insta a viajar a Moscú con invitación del Partido Socialista Nicaragüense. A su regreso publica  “Un nicaragüense en Moscú”, que lo da a conocer a nivel nacional.

En 1958 vuelve al segundo año  de Derecho y se encuentra con Alejandro Serrano Caldera, Manolo Morales y Fernando Gordillo, con quienes participa en los concursos de oratoria  que se efectuaban  en el Paraninfo.  Alejandro ganó tres concursos, para representar a Nicaragua en El Salvador,  Guatemala y México. Gordillo ganó otros tres.

“Cuando yo gané, Carlos se acercó a felicitarme y para decirme que yo  tenía el don de la oratoria, y que esa cualidad debía usarla para defender a los pobres, a los oprimidos” --nos dice el doctor Serrano--. “Compartimos muchas veces con Carlos en el aula, y solíamos caminar junto a otros compañeros  cuando terminaba la clase.  Me quedó un recuerdo grato de Fonseca Amador, afirma el laureado filósofo.

El novelista Sergio Ramírez ha declarado que a principios de los 60 se reunió con varios  compañeros, entre ellos Carlos Fonseca, en casa del doctor Octavio Martínez Ordóñez, en León.

Vida de poetas
La  relación  de Carlos Fonseca con Fernando Gordillo fue sólida y fructífera.  Había  entre  ellos  una  total comunidad  de ideales.  Se reúnen en la casa del poeta, en las inmediaciones del Cine Cabrera, a estos encuentros  asistía  también la poeta Michelle Najlis.

Visita en La Prensa, como lo hacíamos los jóvenes inquietos de Nicaragua, a Pablo Antonio Cuadra, quien lo llega a admirar mucho, al extremo que en 1970 declaró al Semanario Extra, de Rolando Avendaña Sandino y Manuel Espinoza, que Carlos era más  grande que Emiliano y que Sandino, pues ninguno se enfrentó a la moderna técnica militar de la GN, como lo hacía Carlos.  (Extra, imprenta La Noticia, 1970)

A Coronel Urtecho lo mira como el líder de la Vanguardia  literaria que rompió con la rima y la métrica darianas. El que bajó a Rubén del pedestal, lo despojó de su túnica,  desmitificándolo, desacralizándolo, en su Oda a Rubén Darío, que él y Chico Buitrago nos leyeron tantas veces en el instituto (Fragmentos con acompañamiento de papel de lija.)

“Burle tu león de cemento  al  cabo /  Soy el asesino de tus retratos
Por primera vez comimos naranjas. / He tenido una reyerta
con el ladrón de tus corbatas / El cual me ha roto tus ritmos
a puñetazos en las orejas / Después descubrimos que la luna

era una bicicleta / En fin Rubén /Paisano inevitable, te saludo con mi bombín / Que se comieron los ratones en / Mil novecientos  veinte y cinco. Amén.

Encuentro con Edelberto
De tránsito para Cuba conoce en  México a Edelberto Torres. Presumo que los presentó  el Dr. Ramón Romero. Ambos vivían exiliados en la capital azteca, y en 1962, cuando me encontré con Carlos en México,  con rumbo a Cuba, los encargados de atendernos fueron el Dr. Romero y Edelberto.

Nace entre ellos una relación de padre a hijo.  Carlos decía que Torres era un santo laico y Edelberto afirmaba que no creía  en ningún político, solo en  Fonseca.

Carlos, el antidariano, se encuentra con Edelberto, el dariano por antonomasia, autor de la mejor biografía sobre Rubén. Carlos confiesa que Torres le mostró a otro  Darío.

“Por años, Darío fue dado a conocer como un poeta grandilocuente, apolítico y cursi, y los Somoza se dedicaban a aplaudir a ese  Rubén, el de los claros clarines,  los cisnes y las princesas. Don Edelberto me hizo conocer  a un Darío diferente, el de la Oda a Roosevelt”, declararía Fonseca en 1965 al llegar a San José, Costa Rica.

A  partir de ese momento Carlos  comienza a colaborar  con el profesor Torres,  que escribe su magna obra: “La dramática vida de Rubén Darío”. A este respecto, Edelberto hace un reconocimiento a Carlos en el prólogo de su libro:

“Al estudiante nicaragüense Carlos Fonseca Amador (que contribuyó con)  el anagrama de Delfina Icaza“. (Edit.  Nueva Nicaragua, 1982, p. 9).  El profesor Torres  agradeció las investigaciones  sobre Darío de Carlos en las bibliotecas de San José, Costa Rica, Managua y La Habana.

La tragedia de Gordillo
Hacia 1962, Gordillo enferma gravemente, pero forma con Carlos una célula sandinista a la que también pertenecen Michelle Najlis y Orlando Pineda.

“Gordillo era militante del Frente --nos informa Michelle--, Carlos era muy estudioso y bien informado de la situación mundial.

Hablaban de las diferentes teorías políticas en el mundo”--, afirma la destacada intelectual. En 1964, prisionero en la Aviación, Carlos escribe “Desde la cárcel yo acuso a la dictadura”. En 1965, expulsado del país, se casa en México con María Haydée Terán.

Fueron sus padrinos de boda Edelberto Torres y Lisandro Chávez, laureado en Casa de las Américas  por su libro Los Monos de San Telmo.

Regresa clandestinamente a Managua, y observa con tristeza como se apaga la vida de Gordillo, quien a su vez ve cómo van muriendo sus amigos: Chico Buitrago, Jorge Navarro y Danilo Rosales. Teme un final igual para Carlos. A ellos les dedica su extraordinario poema, del que leemos un fragmento:

“Canto el valor de los que sueñan - con los pies metidos en el fango -
canto el silencio del que medita el grito - y lo lanza en medio del desierto.
Canto el nombre de los que escriben la historia - y la historia no cantará jamás sus nombres -
en sus desnudos hombros, descansa la esperanza“.

¡Por fin, Coronel Urtecho!
Yo conocí muy bien a José Coronel. Fue un padre espiritual para mí, en mis momentos más difíciles. Lo visitaba casi a diario en la casa de su hijo Ricardo. En ocasiones me acompañaba su sobrino Carlos Chamorro Coronel.

Una tarde de los años 80, surgió  el tema eternamente postergado: Carlos Fonseca. José me miró largamente y habló como en éxtasis:

“Estaba yo dando una clase en la UCA. Una joven me dijo que Carlos Fonseca estaba interesado en verme. Le  dije que no tenía inconveniente, aunque con alguna preocupación. Se escogió la casa de Napoleón Chow, quien  me recogió en su carro. “¡No, no me vendaron!” Cuando le pregunto se pone a reír.

“En casa de Napoleón estaban sus padres, que se paseaban nerviosos. Se oyó el ruido de un carro e irrumpieron rápidamente en la sala tres hombres, e inmediatamente quede  mirando al alto, que tenía aspecto de Quijote o de Sancho, o de ambos juntos.  Eran unos ojos en los que se notaba la miopía, pero era mejor que si vieran perfectamente. Los dos hombres que acompañaban a Carlos  mostraban unos envoltorios que seguramente eran armas.  Cuando  Carlos comienza a hablar desaparece todo, inclusive yo. Hablaba poseído de una idea, en la labor que él mismo se había encomendado. Sin embargo no había nada en él de prepotencia”.

--“Usted sabe  que después de Somoza, el mayor culpable de la situación de Nicaragua es usted”, me expresó. “Pero a pesar de la tremenda acusación, no hay en la cara de Carlos ningún gesto amenazante,  no había nada de ferocidad en su expresión.

Simplemente, ponía las cosas en su lugar.   Luego pasó a temas más apreciados por ambos, como los movimientos literarios, su interés por la poesía. Se le fueron sin sentirlo dos horas. Le dije que tenía que volver a la UCA, pero no me dejaba ir”.

--“Esa gente puede esperar”, afirmó. “Además, no tiene eso mucha importancia”, recalcó.

“Él había leído cosas mías.  Había en él un interés literario y quería conocerme personalmente. Me habló de Ernesto Cardenal con mucho cariño. No sé por qué Ernesto no se va conmigo a la montaña”, expresó.

“Pero es que Ernesto puede hacer mejor papel  en la poesía,  ayudar en otras formas”, le contesté tímidamente.

--“Quién sabe, un dirigente de esa clase puede ayudar mucho”, reafirmó. ¡Yo creo que  Fonseca me influenció mucho! Ejercía  una influencia determinante en los que lo conocían. Fue un vanguardista en literatura, en poesía. ¡Tuvo una actitud de vanguardia en todo!, terminó diciendo José Coronel (fragmentos de entrevista que le hice, y fue publicada en el n.º 1 de Segovia, 2da Época.

Órgano oficial del Ejército Sandinista. Dirección Política del EPS, que yo dirigía en 1985).

A principio de 1976, otro gran intelectual nicaragüense, el doctor Vicente Baca Lagos, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, se reúne con Carlos Fonseca en casa del doctor Mario Flores Ortiz. Vicente le pregunta si siempre se dedica a la labor dariana, y Carlos le informa que está escribiendo un trabajo sobre la obra de Darío y del escritor ruso Máximo Gorki.

Le pide a Vicente que hable con el doctor Mariano Fiallos  Oyanguren y le solicite las estadísticas del Banco Central, porque las quería estudiar.

Carlos murió escribiendo. Eran trabajos sobre la situación  política  de Nicaragua.

Carlos ha muerto. Otro poeta, esta vez Julio Valle Castillo, se encargó  de escribirle un  réquiem coroneliano  como despedida.

Nicaragüense
paisano inevitable
quien quiera que seas
buscá esos lentes
Metete en los ojos de Carlos Fonseca
todavía hay tiempo
Recordá que el hombre
nunca se permitió
cerrar los ojos
ni siquiera ya muerto.