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José María Moncada (San Rafael del Sur, 8 de diciembre, 1871/ Managua, 23 de febrero, 1945) es una de las personalidades históricas más controvertidas de Nicaragua. Periodista y escritor, político y militar, tuvo una intensa vida pública que alcanzó su momento culminante al ser elegido presidente, el 5 de noviembre de 1928, en los comicios supervigilados por los marines norteamericanos.

Cuatro años duró su gobierno (del 1° de enero de 1929 al 1° de enero de 1933), pero aún no ha recibido la atención que merece de los historiadores, excepto una panegírica monografía sobre su administración elaborada por Gustavo Mercado Sánchez. Y tampoco su compleja psicología ha sido desentrañada por el biógrafo o el novelista. Solo el doctor Carlos Cuadra Pasos le dedicó estas líneas objetivas: “El general Moncada, con sus cualidades, algunas de ellas inminentes, y con sus defectos, algunos de ellos graves, fue un verdadero nicaragüense. En su espíritu y en su carne libró y sufrió las luchas interiores y exteriores del alma nicaragüense.”

Actor relevante, tanto político como intelectual
No es objeto de este reportaje discutir esa afirmación, sino reconocer en José María Moncada un actor relevante en el escenario político e intelectual del país. Además de mandatario, fue uno de los generales victoriosos de la llamada “Revolución de la Costa”, contra el régimen de J. Santos Zelaya y de su heredero: el gobierno del doctor José Madriz (diciembre, 1909-agosto, 1910). Se desempeñó como Ministro de Gobernación de Juan J. Estrada y fue exiliado con él por los conservadores; pero su mayor acción correspondió al liderazgo militar que desempeñó en la Revolución Constitucionalista” (1926-27).

Fundador de periódicos
En dos épocas dirigió un órgano de opinión personal: El Centinela, periódico de combate fundado por él en Granada (1893-94), y que trasladó a Managua el último año, reapareciendo aquí en 1910-11. También fundó otros cuatro periódicos: Patria (1899), en Tegucigalpa; el Heraldo Americano (1911), en Nueva York, propagandista del canal por Nicaragua; El Nacionalista (1914) y El Liberal (1936), ambos en Managua.

De 1911 datan dos ensayos suyos sobre la influencia política de los Estados Unidos en el continente. Traducidos al inglés ese mismo año por Aleysius C. Gaham, en ellos se declara partidario de la doctrina Monroe, y aboga para que la acepten sin condiciones las otras repúblicas americanas.

Asimismo, en 1912 difunde una carta al presidente Woodrow Wilson (International letter), un relato apócrifo de la tragedia del Titanic (The Titanic tragedy as told by Oscar one of the survivors), y otras dos obras de pensamiento (The social world y La Escuela de lo Porvenir). Tarea que había iniciado con Lo Porvenir (1900) y El Gran Ideal (1901), editado hasta en 1929.

Tres folletos sobre historia política hondureña, un método de enseñanza integral (Educación, trabajo y ciencia), un texto cívico (El ideal ciudadano), publicado en San José, Costa Rica, en 1921; y una novela indigenista (Anacaoma), que nunca publicó, se registran entre su producción anterior al año clave de su vida: 1927.

A esos títulos, hay que añadir el libro de memorias Cosas de Centroamérica (Madrid, 1908), un ensayo literario premiado en Guatemala por la revista “Electra”, sobre el poeta José Batres Montúfar (1809-1844), más las dos obras de su madurez: El Hemisferio de la Libertad (1941) y Estados Unidos en Nicaragua (1942).

Vago, vacío y caduco
Respecto al pensamiento de Moncada, aún no se conoce con amplitud, pese a las numerosas publicaciones en que lo dejó plasmado, especialmente en los editoriales de El Centinela (1892-94 y 1910-11). En Lo Porvenir (Managua, Imprenta Nacional, 1900) declaró en su prólogo: “La política y la persecución trajéronme al cerebro estas ideas. Es el primer libro que publico, el primero de una serie que aspira a realizar una verdadera revolución”. Concibió, pues, un programa intelectual. Sin embargo, en esa obra --y en algunas posteriores de índole cívica-- no se advierte nada que confirme tal afirmación, e incluso el “saber doctrinario” y enciclopédico desplegado ahí hoy resulta vago, vacuo y caduco.

En su Historia de las ideas en Centroamérica (1960), Rafael Heliodoro Vale consigna la influencia de Moncada en Honduras como pensador político. Y, al respecto, transcribe dos citas del periodista nicaragüense sobre aspectos educativos, los cuales le motivaron muchas páginas. La primera cita es tomada de Cosas de Centroamérica (1908): “No puede existir libertad para los pueblos que no saben usar de ella. Es preciso educarlos, forjarlos, haciendo que primero penetre en la conciencia nacional la idea de que la libertad no es más que el respeto profundo a los derechos de cada cual; de que la libertad es antes bien un deber que no un derecho”. La otra cita pertenece al libro El ideal ciudadano (1929), y refleja una actitud tradicional en cuanto a la educación de la mujer: “El Estado que no sabe preparar a la mujer para la tarea educadora del hogar, no es civilizado. Carece de ideal, no tiene conciencia de su destino como nación y falta en todo concepto a sus deberes”.

Tres convicciones
Pero esta elemental observación se inserta dentro del principio general en que sustentaba Moncada el idealismo utópico desplegado en ese libro: el amor a la Verdad, “pedestal de la justicia y el derecho, el alma de la libertad y el derrotero de la igualdad”. Y especificaba tres de sus convicciones.

“Creo también firmemente que el verdadero enemigo de la paz universal y de la confederación soñada por los filántropos es la profesión de la mentira, en el derecho y la diplomacia, en la paz y en la guerra, en el hogar y en la escuela; creo firmemente que la armonía universal no se alcanzará sino cuando en el hogar y en la escuela se enseñe a porfía el ideal de la verdad y la magnánima virtud de confesar nuestros errores, teniendo a orgullo el confesarlos, sean por los individuos, sean por los pueblos o naciones. Todas las grandes virtudes sociales no son sino corolarios del amor a la verdad. Sólo por ella resplandece el espíritu humano. Sólo ella perdura. El profesarla en todas partes, en la conciencia individual y en la conciencia universal debiera ser el gran ideal humano”.

Una diatriba gallera contra Zelaya
Otra cosa había sido de la dura observación o símil acertado que le aplicó a Zelaya en Cosas de Centroamérica, en gran parte una diatriba contra el autócrata nicaragüense: “Desde sus mocedades se dedicó con mucho ardor a las peleas de gallos y llegó a conseguir fama de inteligente en este género de juegos. Pues bien, es admirable el parecido del desarrollo intelectual de Zelaya con el desarrollo astuto y muchas veces traidor de los gallos amaestrados para el pleito de la navaja. Entran algunos humildemente y picando el suelo, dan vueltas con muchos disimulos alrededor del contrario, y en el primer descuido se le tiran a fondo y lo matan…”

 “Un liberal chapado a la antigua”
Según su admirador y correligionario Luis Mena Solórzano, Moncada era “un liberal chapado a la antigua, del precioso quilataje de Máximo Jerez”; antioligárquico, reivindicaba a la clase media como motor de la sociedad. Otros afirman que su naturaleza antipedagógica obedecía a su orgullo narcisista. Verdadero autodidacta, despreciaba a los médicos, a los abogados y a los sacerdotes. “Son tres palabras de la humanidad” —dicen que escribió.

El mismo Mena Solórzano —granadino de origen, pero costeño de formación y liberal de convicción— refiere que Moncada estaba consciente del costo político de pertenecer a la región oriental de país, adversada por la occidental. “Tú no conoces a nuestros correligionarios del Pacífico —le comunicó a otro costeño, Alfredo Hooker, quien le animaba a lanzar su candidatura presidencial—. Ustedes, en el Atlántico, son amabilísimos en su generosidad y en su comprensión. Para ustedes, el liberalismo abarca todas las provincias de la República; mas no acontece lo mismo por estas latitudes, donde prevalecen los intereses de familias, distanciadas por las rivalidades del localismo. Mi sola condición de oriental sería desagradable a los leoneses, que tienen decidida fuerza numérica. Por muy buenos y halagadores que sean los rubios auspicios [aludía al apoyo del Ministro de los Estados Unidos en Nicaragua], creo que andamos muy mal con lo del mestizaje, y te confieso que animado no estoy a imitar a Don Quijote, pues que a distancia no veo molinos de viento, pero sí muchos molinos de hombres, que son más peligrosos porque tienen hachitas de afilar”.

Otro fragmento digno de transcribirse es el que Moncada expuso en su libro El Hemisferio de la Libertad (1941), aludiendo sutilmente —no sin maniqueísmo— a la resistencia de Sandino en Las Segovias, a raíz del Pacto del Espino Negro: “Cuando en 1927, el Gobierno de Estados Unidos consideró necesaria la intervención armada para establecer la paz e intimó al desarme de los bandos en lucha, hubo una fracción que no quiso rendir las armas y se fue a la montaña. Los americanos, continuando con sus ideas humanitarias, quitaron las armas a los buenos, y como los malos quedaron en posesión de sus armas, la guerra se prolongó cuatro años más. En las relaciones internacionales, ocurre como en las relaciones privadas: cuando se desarman los buenos, los malos aprovechan”. Este razonamiento tuvo de escenario las Conferencia de Buenos Aires en diciembre de 1936.

Autorretrato mental
De acuerdo con su autorretrato mental, publicado en La Noticia, consideraba la voluntad —la tenaz voluntad que siempre le acompañó— su principal virtud, y el honor la cualidad más estimable del hombre. En la mujer apreciaba, ante todo, la sencillez. Su ocupación favorita era pensar, su concepto de la felicidad, del verdadero amor y el de la desdicha: no poder llevar las penas de la existencia.

Preferiría vivir en las cercanías del mar o del agua —en sus últimos años construyó una quinta, Venecia, junto a la Laguna de Masaya— y su libro de cabecera era El Quijote. Cicerón, el prosista que más le admiraba, Byron —un romántico, como lo fue Moncada en el fondo, equilibrado por su carácter— su poeta afín; su héroe el que sabe sobreponerse al dolor, y Rafaela Herrera su heroína. Adversaba, particularmente, la mentira, y, como positivista de formación, tenía fe en el progreso y en sus adelantos científicos e industriales. Por su fin, su lema fue: “Perseverar en toda obra emprendida”.

Independencia de carácter

Manolo Cuadra, en su “Memorándumo básico del General Moncada”, reconoció en este un gran rasgo: la independencia de carácter. “No lo hipotecó la amistad ni lo rindió el soborno ni lo amordazó el cohecho. Desconocía la dulzura del corazón, porque le parecía, acaso, la forma matemática de relajar su autonomía personal.

Por eso no deja amigos. Solo partidarios y admiradores. Es decir, hombres ligados a él por condescendencia inferior”. Y agrega: “Nada en él era a medias. Sobre un fondo de agua fuerte, hacía resaltar con acabada seguridad su perfil duro, volteriano, cesáreo. En su retrato nada tenía que hacer la femenina gracia de las acuarelas ni el abandono relajado de los medios tonos. Por eso le odiaron entrañablemente los hermafroditas del carácter, los hombres-orquídeas, los que no saben maldecir a Dios ni entonar loas a nuestro padre Satanás. Se resumía en él violentamente el individualismo liberal, y en su pecho hacía crisis la pasión del yo. El egoísmo disecaba sus verdaderas cualidades”.

El pragmatismo materialista
Finalmente, una idea cohesiona sus múltiples escritos: la del pragmatismo materialista. Así escribió que uno de los grandes periodistas nicaragüenses del siglo XIX, Enrique Guzmán (1843-1911), “censuraba a unos y a otros, y así tropezaban, a palos y a balazos, por esta comedia de la vida, tan llena de miserias y de intereses personales. El mundo, siempre ahogado y maltrecho por la moneda ruin y miserable, los intereses económicos personales siempre triunfantes, aunque la Patria se precipite en el despeñadero. Este ambiente nos ahoga, no solamente en Nicaragua, sino en todo el mundo habitado. Primero es la vida, el comer, dicen los individuos; después la idea”.