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Toda una excepcional proeza histórica resultó la expedición que tres brasileños emprendieron desde Río de Janeiro hasta Washington D.C. durante diez años —de 1928 a 1938—, cuando recorrieron más de 27 mil kilómetros en dos automóviles “Ford modelo T”. Su objetivo era abrir la ruta de la Carretera Panamericana que, décadas más tarde, uniría las tres Américas.

Hazaña del automovilismo mundial

Esta hazaña del automovilismo mundial era desconocida hasta que José Roberto Faraco Braga (Bauro, departamento de Sao Paulo, 1955) la dio a conocer en su libro, aparecido este año y titulado precisamente El Brasil a través de las tres Américas / Brazil Across the Three Americas. Braga, quien también recorre con su familia la ruta de sus tres intrépidos coterráneos, visitó el martes 5 de julio la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, donde tuvo la gentileza de donarnos un ejemplar. El presidente de la AGHN, Jaime Íncer Barquero, lo introdujo ante nosotros para exponernos no solo su contenido, sino el fin último de su misión: contribuir a gestionar la construcción de un monumento, en un punto de la Carretera Panamericana de Nicaragua, que reconozca y perpetúe la memoria de los audaces pioneros de la ruta intercontinental.

Hablo del entonces teniente Leónidas Borges de Oliveira (25 de abril, 1903-31 de marzo, 1965), jefe de la expedición; del oficial de aeronáutica e ingeniero de afición Francisco Lopes da Cruz, observador; y del mecánico Mario Fava (24 de enero, 1907-10 de enero, 2000). Ellos partieron de Río de Janeiro el 16 de abril de 1928 en el “Ford Modelo T”, bautizado “Brasil”, el cual había sido donado por un diario: el Jornal O Globo; al llegar a Sao Paulo, el Jornal de Comercio donaría a los expedicionarios el otro automóvil: el “Sao Paulo”.

“Gobernar es abrir carreteras”

Gobernaba entonces Brasil Washington Luiz Pereira de Souza (1864-1957), décimo tercer presidente de su país, quien recibió a los expedicionarios en Petrópolis. Luiz era aficionado a lo autos, y su Administración cumpliría con el lema: “Gobernar es abrir carreteras”. Una de ellas fue la de Río-Petrópolis, inaugurada en 1928, y que, posteriormente, recibiría su nombre. También concluyó la carretera Sao Paulo-Río.

El 2 de febrero de 1929, la expedición alcanzó Ponta Para, en la frontera con Paraguay, habiendo recorrido 2,652 kilómetros desde Río. 992 de esos kilómetros correspondieron a entradas construidas, y los otros 1,600 a caminos carreteables y senderos.

En Paraguay, con paludismo e infecciones
Paraguay fue recorrido del 2 de febrero al 10 de junio de 1929. Borges de Oliveira iba registrando en un diario las peripecias del viaje. “Se aventuraban por la selva casi impenetrable del nordeste del Paraguay, abriendo camino con hacha y machete, siendo asediados por fieras y salvajes indios guaraníes” —consignó en su libro Beto Braga. Así, bronceados por el sol, con las barbas crecidas, improvisando puentes, sufriendo paludismo e infecciones intestinales, los expedicionarios llegaron el 22 de abril de 1929 a Villa Rica. Ocho días más tarde eran recibidos en Asunción por el Presidente del Paraguay, José P.

Gugiari, quien los declaró “Huéspedes de Honor”, y dio votos por el buen término de su temeraria empresa.

Argentina la recorrieron del 20 de junio al 16 de septiembre del mismo año 1929. Disfrutaba entonces esa república una expansiva bonanza económica, y poseía una óptima red de carreteras; de manera que la travesía por ellas les proporcionó tres meses de tranquilidad a lo largo de 3,224 kilómetros. En esta ocasión, Borges de Oliveira, Lopes da Cruz y Fava fueron declarados “Huéspedes Oficiales” y, por primera vez, desafiaron la temible Cordillera de los Andes para traspasarla y acceder a Bolivia.

A 4 mil metros de altitud en Bolivia
Bolivia la recorrieron desde el 16 de septiembre hasta el 13 de octubre de 1929. Allí fueron aturdidos por una altitud de 4 mil metros y admiraron al cóndor, la llama, la vicuña y la alpaca, fauna que desconocían.

Tuvieron problemas con el combustible, pero fue resuelto por los indios, que aportaron una especie de alcohol producido por el maíz y que se utilizaba para beber. Los brasileños se alimentaron de las papas nativas y de conejos, que cazaban con la ayuda de perros que traían con ellos, además de ingerir una chicha similar a la cususa nicaragüense.

Si el trayecto por Bolivia fue de 1,035 kilómetros, el del Perú —entre el 13 de octubre de 1929 y el 7 de agosto de 1930— sumó 3,446 kilómetros. Accidentes, enfermedades y dificultades marcaron los diez meses en territorio peruano. En Lima, como era de rigor, los recibió el presidente Augusto B. Leguía; Ecuador, por su parte, vivía la euforia de la construcción de carreteras. Su ejército esperaba ansioso a los expedicionarios para asumir la apertura de trechos que se debían construir. El 1° de diciembre de 1930 ya estaban en Quito, y el 16 de febrero de 1931 abandonaban el país.

“Gloria para Brasil y para el continente”
En Colombia los cruzados del ideal panamericano de una carretera intercontinental fueron, en casa, pueblo y ciudad, cada vez más aplaudidos, no sin antes permanecer cuatro meses dentro de la selva amazónica abriendo trochas con hachas y dinamita. Al fin llegaron a Popayán, donde el poeta Guillermo Valencia los acogió en su hacienda “Belalcázar”, y dedicó elogiosas palabras. “Hago sinceros votos por el feliz coronamiento de su hazaña. Gloria para ellos, gloria para Brasil, gloria y utilidad para el continente. La historia registrará tan generoso esfuerzo”.

Cerca de Cali, el auto “Brasil” se volcó. No era la primera vez que esto sucedía. “Eso fue debido” —apunta Beto Braga— “a que durante la travesía por la Cordillera de los Andes, los caminos de piedra inutilizaron las llantas, siendo rellenadas con hierbas, lo que dificultaba la estabilidad del auto”. Cada “Ford Modelo T” constaba de un motor de cuatro cilindros, con 20 caballos de fuerza, y se encendía con una manivela. Era un auto de gran resistencia que había dejado de fabricarse en 1928.

Desarmando los automóviles para cruzar el Atrato
Del 12 de mayo de 1932 al 2 de enero de 1933, Borges de Oliveira, Lopes da Cruz y Fava —todos de entre 29 y 25 años— recorrieron Panamá. Sin embargo, para cruzar la cenagosa región del Atrato tuvieron que desarmar los automóviles y transportar sus piezas en lomo de mula y de cargadores que los auxiliaron.

Tardaron casi un mes en rearmarlos. En la principal ciudad del trayecto, Colón, se encontraron con la Delegación Brasileña a las Olimpíadas de Los Ángeles, integrada, entre otros, por el “Diamante Negro” del fútbol y una sola mujer: la nadadora María Lenk, de 17 años.

El 1° de junio de 1932 arribaron a la capital panameña, y el 10 del mismo mes los recibía el Presidente de la República, Ricardo Joaquín Alfaro. El 14 de agosto se hallaban en Chiriquí, y el 2 de enero alcanzaban la frontera con Costa Rica. Habían recorrido 970 kilómetros durante siete meses, buscando la mejor topografía para la futura carretera.

A Cartago llegaron por caminos carreteables, y de allí a San José por carretera pavimentada. Los expedicionarios recibieron también atenciones y apoyo por las autoridades, incluyendo el pecuniario decretado por el Congreso. 560 kilómetros fue el total recorrido a lo largo del territorio costarricense.

En Nicaragua: con Somoza, Moncada, Sandino y Sacasa
El 9 de diciembre de 1933, los jóvenes expedicionarios accedieron a Nicaragua, orillando el Pacífico por El Ostional y San Juan del Sur; siguiendo la línea telegráfica, llegaron a Rivas. Allí fueron recibidos y hospedados en el Cuartel de la Guardia Nacional. Continuando al norte, atravesaron el río Ochomogo, las quebradas Mojón, El Iguanero, San Roque y Cabezas hasta llegar a Nandaime, y luego a Granada, donde fueron declarados “Huéspedes de Honor”, y el general Anastasio Somoza los esperaba con los brazos abiertos y con una buena suma de dinero.

Luego pasaron a Masaya, Nindirí, Los Altos, Tipitapa (se bañaron en sus aguas termales) y, finalmente, a Managua. El 26 de diciembre de 1933 almorzaban con el expresidente José María Moncada. Un comité Oficial de Recepción los había conducido al Hotel Anglo-Americano. El lunes 19 de febrero de 1934 alternaba con ellos en la capital el general Augusto C. Sandino, recién llegado de Las Segovias (una fotografía, hasta ahora desconocida, registra el encuentro). Sandino les autografió estas palabras: “Nada hay por el acaso, y esta comisión anda llevando una misión que muy pocos hombres la entienden, y quizá ni ellos mismos comprendan lo suficiente: la grandiosa misión que sus espíritus andan llevando en provecho del globo terrestre”. Sin duda, fueron las últimas que escribió.

La noche del miércoles 21 de febrero, los brasileños se enteraron, en la Embajada de los Estados Unidos, que Sandino iba a ser asesinado, y corrieron a avisarle a la casa de don Sofonías Salvatierra, donde se hospedaba. Pero llegaron tarde, mejor dicho, en el momento en que Sócrates Sandino caía acribillado por las balas, tras resistir con un par de revólveres.

Ocho días después, restaurada la tranquilidad en Managua, los expedicionarios cenaron en Casa Presidencial con el mandatario Sacasa, quien les otorgó franquicias de correos, telégrafos y teléfonos. Además, se retrataron con el presidente del Congreso, doctor Onofre Sandoval.

 

Gratos recuerdos de México

La expedición prosiguió hacia Honduras, El Salvador y Guatemala. En México permaneció del 26 de septiembre de 1934 al 13 de octubre de 1936, y en Estados Unidos desde la última fecha hasta el 5 de mayo de 1938. Imposible, por falta de espacio, resulta detallar todos los honores allí recibidos de grandes personalidades (entre ellas Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas en México, Cordel Hull y Franklin D. Roosevelt en EU). El recorrido a través de México —2,753 kilómetros— les proporcionó, como apuntaría

Borges de Oliveira en su diario, muchos recuerdos gratos e imborrables, tanto del país como de sus habitantes, “cuya exquisita sensibilidad, extremada cortesía y lealtad inquebrantable, se distinguieron en ocasión de nuestra visita, engendrando en nuestros corazones afectos que no es extinguirán jamás”.

En Washington con Henry Ford
A Estados Unidos entraron por Laredo, Texas, y fueron recibidos como paladines del desarrollo y nuevos héroes de las Américas por las alcaldías, cámaras de comercio, industrias, universidades y gobernantes. Entre los múltiples homenajes, cabe señalar el paseo en el dirigible que les ofreció la Goodyear Tires & Rubber Co., el 22 de septiembre de 1937.

Por su lado, el magnate Henry Ford reconoció esta hazaña, considerada hasta entonces la más grande del automovilismo mundial. Aún más: ofreció a sus protagonistas una alta suma de dinero por los automóviles “Ford Modelo T”; pero ellos rechazaron la oferta.
Embarcados con los brasileños, los autos retornaron al Brasil. Hoy, el Ford “Brasil” —reformado en México— se exhibe en el Museo de los Transportes de la capital paulina. Pero el “Sao Paulo” sucumbió, abandonado, en las inmediaciones de otro museo brasileño.