•  |
  •  |

Era inicios de 1983. El país estaba en guerra, y a los alumnos de cuarto año de Medicina de la UNAN-León les preocupaba que por aquel tiempo el ascensor del hospital estuviese dañado. Estaban iniciando su rotación en el Departamento de Medicina Interna, y su maestro, aquel del que todo el mundo hablaba, no podía llegar al hospital.

El maestro tenía sobrepeso y no podía subir hasta el tercer piso, donde quedaba Medicina Interna. Pasó el primer día, el segundo, el tercero, el cuarto… y el maestro no llegaba. El ascensor continuaba dañado. Adrián Zelaya, hoy médico internista, estudiante ese año, recuerda que un cubano de apellido Mastrapa, excelente médico y docente, sustituyó al maestro mientras reparaban el ascensor.

Un día, de repente, el ascensor estuvo compuesto y el maestro apareció. Con sus 100 libras de más, ojos pícaros, sonriente, bajo, apareció Denis Saavedra, “El Maestro”. “Allí conocimos al hombre, al médico, al ser humano, al maestro. Él era conocimiento, humildad, aptitud, paciencia. Aprendimos no solo de medicina, también --y quizá lo más importante--, cómo se debe practicar”, recuerda Adrián Zelaya.

3:00 p.m., la cita
Un poco cansado por la artrosis que le aqueja desde hace más de un año, y que le impide movilizarse con la libertad que le gustaría, Denis Saavedra espera cada tarde que lleguen pacientes a la clínica donde da consulta.
El doctor parece ser de pocas palabras. O es desconfiado, o no sabe qué decir. Quizá sea que no le atraen los flashes, que no le gusta el figureo. Al principio habla poco y con ese aspecto bonachón, de abuelo pícaro, mira a los ojos y solicita la primera pregunta.

¿Hay algo que le falte por hacer?
Tal vez… viajar, viajar mucho. Siempre teníamos el sueño con la doña de conocer Europa, inclusive de conocer mejor Nicaragua.

¿No le hace falta el hospital?
Sí hace falta, pero yo me fui mentalizando antes de mi jubilación para no deprimirme, porque esa es una de las cosas que ocurre frecuentemente.

El médico
Denis Saavedra nació en La Paz Centro hace 72 años. Disciplinado, solidario y desprendido, son tres palabras que bien lo describen. Estudió su carrera porque le gustaba la medicina.

En aquella época, cuando los aspirantes a médicos estudiaban ocho años, Saavedra, de saco y corbata, como lo exigían en la universidad, se destacaba entre los demás por esas virtudes que sus estudiantes describen en él. Y también por inteligente.

“Me bachilleré en el 54, y cuando estudié medicina la carrera duraba ocho años: siete de estudios y uno de internado. Me gustaba mucho la disciplina. Me gustaba mucho lo que nosotros llamábamos en ese entonces compañerismo, solidaridad. Todos mis estudios fueron becados. En la secundaria estuve interno y eso me abrió a la disciplina, a la camaradería”, cuenta el doctor.

Saavedra recuerda que cuando él estudió los libros estaban en francés, lo que obligaba a los estudiantes a aprender a leer, al menos, ese idioma. “Casi no había libros, y los que existían estaban en otro idioma, en francés, porque los profesores venían de Europa, de La Sorbona de París. Eso fue en la primera fase, en la segunda fase de la carrera venían profesores estadounidenses”.

“Nos programábamos para estudiar porque no había muchos libros. De 8 a 10 estudiaba uno, de 10 a 12 otro, y así. El último llevaba el libro al hospital”, cuenta.

En 1969 se fue a estudiar la especialidad de medicina interna a Estados Unidos. Si no fue el primer egresado de la UNAN-León en especializarse en ese país, “por allí anduve”, dice él.

Uno de sus maestros, el doctor Uriel Guevara, le consiguió una posición en el Hospital Touro  Infirmary, de New Orleáns. La beca consistía en trabajarle al hospital por una remuneración. Fue un estudiante distinguido.

Más suelto
El doctor ha entrado en confianza. Sonríe más. Casi bromea, pero continúa hablando poco de él. Esta tarde, dice, no han venido pacientes. Según él, ya casi no vienen. Pese a ser una eminencia en esta ciudad, no vive en abundancia, pues cobra una tarifa diferenciada que está en dependencia del paciente. No mete la mano en el bolsillo de todos los pacientes, me cuenta. “Le cobro al que me puede pagar sin que vaya a perjudicarse en nada”.
Una mosca está molestando. El doctor hace una pausa, busca su alcohol gel, se lo unta en las manos y prosigue. Ha vivido la mitad de su vida en el Hospital Escuela “Óscar Danilo Rosales Argüello”, Heodra, y en el antiguo Hospital San Vicente, y también educando en la UNAN-León, adonde vio crecer profesionalmente a varias generaciones de médicos.

Según él, no recuerda haber atendido a nadie importante. La razón: no le gusta la gente importante. En el hospital aprendió a no hacer esas diferencias. Todos sus pacientes han sido personas importantes mientras fueron tratados por él.

En 2005 tuvo que jubilarse. Desde entonces se queda todas las mañanas en su casa, lee, y se ocupa de cuestiones personales.

Ahora está leyendo “Aurora del ocaso” y un Manual de Medicina. Por la tarde se va a la clínica, ve los pocos pacientes que dice tener, conversa con sus amigos médicos e intercambia ideas con los visitadores que llegan.

¿Hay un maestro a quien admire y recuerde?
El doctor Luis Alberto Martínez y el doctor Uriel Guevara.

¿Por qué no continuó especializándose?
Ese es el problema que le meten a uno cuando es pequeño: cumplir. Yo tenía un compromiso moral con la Escuela de Medicina para venir a trabajar en la Facultad. Yo me fui en 69 y volví en 72. Comencé en la UNAN antes de irme a Estados Unidos como alumno ayudante en medicina y patología. Ya estaba casado entonces.

Desde el 73 estoy dando clases. No me arrepiento de haber perdido oportunidades. A estas alturas podría estar muerto allá.

¿Qué diferencia hay con esos estudiantes que formó en los 70 y los que terminó de formar en 2005?
Todos son listos. Obviamente, los recientes tenían más facilidades, más acceso a libros, había una mejor biblioteca, computadora, internet, hay lugares adónde ir a buscar estos servicios si uno no los tiene a mano.

¿Recuerda a algún estudiante en especial porque lo haya marcado o porque le tenga afecto?
Difícil. No quiero olvidar a alguno y molestarlo. Había buenos y medio buenos. Solo te voy a transmitir esta anécdota. Yo te mencioné al doctor Luis Alberto Martínez, él era de La Soborna. Un día alguien que no era compañero mío, mientras estábamos departiendo, le preguntó: “Maestro, ¿usted se acuerda de todos sus alumnos?” No, no me acuerdo de todos, me acuerdo de algunos, le contestó. “¿Y usted se acuerda de mí?”, volvió a preguntarle. Dispensame, pero de vos no me acuerdo, solo me acuerdo de los mejores alumnos, le respondió.  No quiero pecar en ese sentido. Había buena gente, hay buena gente.

“El Maestro”
Al nefrólogo Mauricio Jarquín le corresponde hacer una semblanza del doctor Saavedra en el homenaje que la Asociación Nacional de Médicos Internistas le está organizando. Jarquín, igual que un gran porcentaje de los miembros de esta Asociación, es uno de los discípulos del doctor y le ha tocado la tarea más difícil: describir a un grande.

Egresado en 1975, Jarquín resalta el trato paternal de Saavedra y las lecciones de vida que les enseñó. “Él nos decía: hay dinero que uno no se debe ganar. Si es una persona pobre y vos lo sabés, tenés que cumplir tu juramento hipocrático, darle salud al enfermo. Que esos riales los ocupe para comprar los medicamentos. Esas son lecciones de vida que se transmiten de generación en generación”, comenta.  En el manejo del paciente Saavedra es un sabio, dicen quienes fueron sus estudiantes y ahora son sus colegas.

“Él decía: cada paciente tiene su tiempo. Los diagnósticos a veces son fáciles en algunos pacientes. Los diagnósticos necesitan más tiempo en otros pacientes. Y a veces no llegás al diagnóstico vos solo, tenés que auxiliarte con tus otros compañeros. Uno debe tener la suficiente humildad para saber hasta dónde llegan tus límites, de esa manera los errores que vas a cometer son menores. Cuando no sepás, preguntá, consultá y llamá a otro que tal vez resuelve el problema. Nos enseñó que uno no se las sabe todas, y que debés auxiliarte de los libros y de los demás”, continúa Jarquín.

El doctor Fernando Gutiérrez egresó de la carrera un año después que Jarquín. Para su generación, Saavedra era “El Mono Sabio”.
“Le llamábamos ‘El Mono Sabio’. Eso era todo lo que él significaba para nosotros. La sabiduría que demostraba en sus lecciones no era comparada con ningún otro maestro”, recuerda Gutiérrez.

El galeno hace hincapié en una característica en Saavedra: su dedicación. “Él tenía una característica muy importante en su relación con el paciente: le daba el lugar más importante. Era el único ser vivo que en ese momento existía. Por eso los pacientes lo querían y nosotros también”.  El doctor Jesús Marín prefiere identificarlo como  “El Padre de la Medicina Interna” en la UNAN-León.

“Es el que ha formado a las internistas de León”, dice Marín, Presidente de la Asociación Nicaragüense de Medicina Interna, quien agrega que le dedicarán el XIX Congreso porque “es una gloria para la medicina en Nicaragua”.

“El Congreso se lo dedicamos a un médico que haya sido gloria para la medicina en Nicaragua, que haya sido profesor de generaciones, que haya hecho alguna diferencia en la medicina de Nicaragua”, apunta Marín.

El paciente
El doctor no se quiere operar. Le duelen sus rodillas, pero se rehúsa a ponerse una prótesis, pues dice que no le gusta la rehabilitación después de ese tipo de cirugías. Tampoco le gustan los quirófanos. Tiene un hijo, también internista, que lo lleva y lo trae cuando él lo requiere.

“La artrosis de la rodilla me limita enormemente, y eso me hace sentir mal. No puedo hacer todo lo que yo quisiera”, se lamenta.
Más de tres décadas en las aulas y en el hospital le dejaron varias lecciones de vida: “Aprender a conocer a los compañeros de trabajo, a los pacientes. Aprender a ser más humano. A tratar de hacer el mejor en servicio y hacer las cosas mejor cada día”.
Sostiene la mirada y calla. El doctor termina la entrevista. Quizás algún paciente está esperándolo afuera. Solo una última pregunta.

¿Ya se puede morir tranquilo?
No me gusta morirme.

 

Ejercicios y alimentación sana

Denis Saavedra no padece ninguna de las enfermedades que ha tratado durante toda su vida. Su gordura solo ha agravado la artrosis que le aqueja. Sentado tras su escritorio, repitió esta vez todas las recomendaciones que ha dado a la mayoría de pacientes que ha tratado: los diabéticos.

“Los diabéticos deben aprender a comer. A comer sano. Unos no lo hacen porque no quieren y otros porque no pueden. O el médico no los ha instruido o ellos no siguen sus instrucciones. Si no se necesita mucho dinero para comer sano, a lo mejor terminás ahorrando porque podés comer cocido. Los diabéticos no comen bien porque no comen sano, y por eso necesitan la ayuda de las medicinas desde más temprano. El otro punto es el ejercicio. Nosotros no somos muy dados a la actividad física.