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  • EFE

No hay que confundir agricultura ecológica y agroecología. Mientras la primera se ciñe al cultivo de productos procedentes del campo sin el uso de tóxicos, que no solo contaminan el ambiente sino que carecen de las propiedades alimenticias que en su origen poseen esos alimentos, la agroecología es una forma de vida.

Para Juan Felipe Carrasco, responsable de Agricultura y Alimentación de Greenpeace “No solo produce alimentos, también bienes y servicios agrícolas que cambian completamente el paradigma del modelo de agricultura industrial que consume petróleo, plásticos, y que contamina y destruye”. Entre las bondades menciona la fertilización basada en equilibrios naturales, el bajo consumo energético proveniente de derivados del petróleo, “a diferencia de la agricultura industrial que se calcula que a nivel planetario produce la tercera parte de los gases de efecto invernadero”.

Pero la agroecología es un concepto que va mucho más allá de la actividad agrícola, y trata de involucrar al ser humano con la naturaleza, de tal manera que la producción agrícola forme parte intrínseca con el entorno social y cultural de los individuos.

Esta metodología está relacionada con el concepto de soberanía alimentaria acuñado por varias universidades y ambientalistas latinoamericanos. Se fundamenta en la idea de que el campo tiene que estar habitado por personas produciendo no solo alimentos, sino vivificando el paisaje, gestionando las relaciones sociales y culturales.

“La población rural tiene un rol mucho más sostenible en cuanto que vive apegada al territorio. Por eso es muy importante todo lo que tiene que ver con la propiedad de la tierra y es fundamental la devolución de la propiedad a quienes la trabajan, el reparto de la renta agraria y las subvenciones políticas a las personas que están produciendo no solamente alimentos sino bienes y servicios paisajísticos y ambientales que, por ejemplo, están devolviendo la riqueza a nuestros ríos”, como ya está sucediendo en algunas comunidades en América Latina, precisa Carrasco.

Estos modelos ecológicos están haciendo posible que resulte atractivo volver a vivir inmersos en el mundo rural, siempre y cuando en estas comunidades se establezcan los lazos culturales y colectivos necesarios. “Por eso, la agroecología tiene mucho que ver con la función del ser humano vinculado a la tierra que es, en definitiva, la soberanía agroalimentaria”, dice el especialista en Alimentación y Agricultura.

Y explica que “solo a través de comunidades dedicadas al desarrollo, de la protección que ejerzan esas personas como guardianas del planeta, conseguiremos algo. Si no, al final, lo que ocurrirá será que imperará la tecnología alimentada por el petróleo y controlada por las pocas multinacionales que revierten financieramente sobre pequeños grupos poderosos que producen alimentos para un conjunto de ciudadanos, pero que les importan muy poco lo que comen”.

“Por eso la agroecología es mucho más que agricultura ecológica. Es todo un movimiento político que tiene que ver con la soberanía alimentaria y con volver a tomar el poder sobre el territorio. Se puede decir que la solución al hambre del mundo no pasa ni por los transgénicos ni por la agricultura industrial, porque eso lo que hace es concentrar el poder es menos manos, expulsar a la gente de sus comunidades y convertir a las ciudades, como las grandes megalópolis latinoamericanas, en grandes infiernos. La solución al hambre pasa por devolver la soberanía de la producción a las personas”, explica Carrasco.

“En países como Argentina y Brasil se están produciendo soja y maíz a grandísima escala, destruyendo del orden de cien hectáreas cada hora para exportar estos granos hacia Europa, con los que se alimenta nuestra ganadería y nos posibilita comer carne, leche y huevos en grandes cantidades. Cada kilo de carne que se come son diez o quince kilos de cereal, por lo tanto se puede alimentar el planeta con un modelo agricológico y con una dieta muchísimo más lógica y cercana a la naturaleza”, concluye Juan Felipe Carrasco, portavoz de Greenpeace.