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A finales de julio de 1979, los comandantes sandinistas le encomendaron una misión a Fernando Cardenal Martínez: representar al país en Washington. Él se entristeció, pues aquello no era lo suyo. No acató la orden, y tres días más tarde le encomendaron otra tarea: organizar una gran cruzada de alfabetización. Pero el sacerdote jesuita nunca había enseñado a leer y solo había organizado actividades en su clase de Filosofía y Ética.

Cardenal estaba metido en un gran problema, pero se sentía feliz: “Esto va a ser dificilísimo, me dije. No sé cómo va a ser, pero esto es lo mío. Entonces empecé a buscar compañeros”.

“Llamé a Roberto Sáenz, jesuita que había alfabetizado en El Salvador y en Nicaragua. Después Roberto me dice que una amiga de sus amigos estaba llegando de Canadá con un título en Educación. Era Catalina Grigsby, con quien Roberto llevó la División Técnica. Luego me dice Roberto: ‘Mi hermana quiere venir a ayudar’. Ya éramos cuatro… hasta que llegamos a ser 100,000; 60,000 en las montañas y 40,000 en los pueblos y ciudades”.

El jesuita de 77 años se alegra siempre al recordar los inicios de la Cruzada Nacional de Alfabetización (del 23 de marzo al 23 de agosto de 1980). Narrar los detalles de una de sus principales satisfacciones le hace olvidar por un momento el terrible dolor de cabeza que le aqueja desde hace 30 años.

Sin un solo peso
Agosto de 1979. Fernando Cardenal había recibido la orden gigante de alfabetizar al país, pero no tenía un solo peso. “Era difícil llegar a una tienda de Managua y decir: ‘Quiero 120 mil bluyines, 120 mil camisas, 120 mil botas, 120 mil hamacas. Todos se escapaban de morir del susto. Y aunque lograr eso fue difícil, en comparación con las maravillas que hicieron los jóvenes, fue pequeño”.

“En un momento dado el Banco Central me estaba dando cheques sin fondo. Luego Arturo Cruz me dijo que no podía darme más cheques sin fondo. Recuerdo que llegué a mi casa, y Xabier Gorostiaga, que era compañero de la universidad --él es el hombre más brillante y lleno de iniciativas que he conocido-- llamó a Ginebra a un amigo del Consejo Nacional de Iglesias para que me mandara un mensaje que decía, ‘Fernando, gran entusiasmo por la Cruzada’. Le enseñé ese mensaje a Arturo Cruz y me permitió seguir sacando cheques sin fondo. Pero Gorostiaga me dijo que debía mandar gente a Europa. Mandé a tres personas capaces de levantar a un muerto. Gorostiaga salvó la Cruzada, si él no ha estado en mi casa ese día, yo no sé qué hacer”.

Pocos días antes de la Semana Santa de 1980, justo en la fecha prevista, los 100 mil jóvenes partieron a enseñar las primeras letras a medio millón de personas que en sus vidas jamás habían tocado un lápiz y un cuaderno. El padre Cardenal aún recuerda el nombre de la primera joven asesinada por la Contra: Martha Lorena Vargas, una muchacha de Altagracia, quien fue abatida en Yalí.

Fue la primera de nueve muertes violentas realizadas por los armados y el inicio de 50 bajas más por accidentes, ahogamiento, picaduras de animales, enfermedades…

“Después que mataron a Martha Lorena, me fui en uno de los cinco helicópteros de la Cruzada, y allí las 29 muchachas me recibieron con dos consignas. Frente al cadáver de Martha Lorena dijeron: ‘Ni a balazos ni a patadas nos sacan de la Cruzada’. Eso era valentía, coraje, fuerza, grandeza, era fantástico. La segunda era: ‘La Patria no está totalmente liberada hasta que no sea totalmente alfabetizada’. Después mataron a otro, nadie se movió. Mataron a uno más, a otro, a siete, ¡y nadie se movió de las montañas! No pudieron con la juventud”.

El sacerdote feliz
-- Hola padre, ¿cómo le va? --“Feliz. Estoy feliz. Estoy feliz trabajando”, dice esbozando una sonrisa.

Se ve feliz, aunque siempre le esté doliendo la cabeza. Cardenal tiene aspecto de abuelito bonachón; mirada dulce, hablar pausado y gesto consentidor. Alto, flaco, ojos verdes, pelo escaso y canoso, es cariñoso cuando conoce a su interlocutor.

En su oficina de Fe y Alegría, una organización no gubernamental dedicada a la educación infantil, están concentrados algunos de sus recuerdos más preciados. Allí una escultura hecha por su hermano, Ernesto, que le obsequiaron en la UCA; un cuadro con su foto y mensajes de amigos cercanos en un cumpleaños.

Detrás de él, un cuadro de Jesús, y también una foto poco atractiva de un rótulo en una carretera donde alguien escribió una frase suya: “Yo espero que los jóvenes vuelvan a las calles a hacer historia”.

Su pasión es leer. Su hermano Ernesto y su padre siempre estaban leyendo. Hace algún tiempo que él ya no puede hacerlo como querría porque los dolores de cabeza se intensifican con la lectura, con la computadora, con el trabajo. Por eso desde hace un mes está llevando un tratamiento novedoso creado en la Nasa para curar dolores crónicos. Aún no le hace efecto, pero él confía en que en los próximos 15 días lo hará.

“Con estos dolores de cabeza leí el último libro de Isabel Allende, pero tuve que hacerlo con analgésicos. Tenía que leerlo porque lo estoy recomendando, es sobre la tragedia de las drogas en los jóvenes. También acabo de leer un libro extraordinario de teología que se llama El reino de Dios, del gran teólogo español José María Castillo, pero no puedo estar así todo el tiempo”, cuenta.

Cómo hacer huir la jaqueca
Y como no puede leer, y a partir del mediodía debe dejar de trabajar, se va a escuchar radio a Villa Carmen, adonde convive con 11 jesuitas de la orden de San Ignacio de Loyola. Su radio de onda corta es el que le da la alegría que le ha quitado el continuo dolor de cabeza. “Voy variando la frecuencia. Pongo deportes, noticieros, si no hay nada especial sintonizo Radio Habana. Es una distracción que no me da dolor de cabeza”, dice.

Durante la entrevista tiene dolor de cabeza, pero no le presta atención, pues está entretenido hablando sobre su familia y de cuando pensaba ser comerciante, como su papá Rodolfo Cardenal.

“Yo soy el quinto de siete hermanos. Mi infancia fue feliz, de joven mi papá me respetaba y mi mamá (Esmeralda Martínez) era todo cariño. Él me sacó licencia a los 16 años, a los 15 años me permitió fumar. En la casa había un ambiente de cariño, de respeto, eso hizo que mi niñez y mi juventud fuesen de felicidad”.

Entró al noviciado de los jesuitas con la idea fundamental de que su vida de entrega “iba a ser de profunda felicidad”. Y dice que 60 años después de haber tomado esa decisión continúa siendo feliz, pese a las jaquecas.

Y se estrelló con la realidad en Medellín, Colombia. “Pablo IV” se llamaba el barrio pobre donde vivió nueve meses, y vio la pobreza en la cara de sus amigos y vecinos. En el de la jovencita que le contaba sus sueños y se despidió de él cuando decidió convertirse en prostituta, y en el pequeño niño hijo del matrimonio Jaramillo, a quien una vez encontró comiéndose la basura que él había tirado a la calle.

Cuando le tocó irse de aquel lugar, le dijo a esa gente las palabras que, según él, han sido las más importantes que ha pronunciado en su vida: “Me voy, pero les dejo un juramento. Ante Dios, prometo que donde quiera que esté en el futuro voy a trabajar por la justicia, por la construcción de una sociedad nueva y por la liberación de los pobres. Esto lo haré en cualquier país en que me toque vivir, en cualquier tarea que me ordenen trabajar mis superiores religiosos”.

El sandinista
Un muchacho de nombre Bayardo Arce se le acercó un día para decirle que un alto dirigente del Frente Sandinista de Liberación Nacional quería hablar con él. Fue entonces a una casa de seguridad en Managua, y se encontró con una persona que tenía voz afónica, como la de quien tiene una gripe bien pegada. Era Óscar Turcios, “El Ronco”, quien le pidió que los apoyara en la lucha.

Tiempo después se integró de lleno a la lucha contra Somoza y logró ver el triunfo del 19 de Julio. En 1984, tras su encomiable labor al frente de la Cruzada Nacional de Alfabetización, fue expulsado de la Compañía de Jesús porque asumió el cargo de Ministro de Educación en un contexto de guerra, donde el gobierno sandinista se enfrentaba a una Iglesia Católica que no cesaba de denunciar los actos de injusticia y represión.

Durante tres horas conversó en Nueva York con el líder general de los jesuitas Peter-Hans Kolvenbach. “Yo tenía que escoger entre dos grandes amores: mi amor a la vocación jesuítica y mi amor por los pobres. Era una o la otra. Yo decía: las dos. Entonces, decidieron que me iban a expulsar. Cuando él me dice que me va a expulsar, yo le pido un favor: permítame seguir viviendo en la comunidad de los jesuitas, aunque ya no lo sea. Y allí me quedé no una semana, ni un mes, sino 12 años. Yo pude haberme ido, tener una familia, pedir una casa, porque las casas de los confiscados se las daban a los ministros, pero quise seguir viviendo como jesuita”.

“En los años 90 pasé por Roma pidiendo dinero para ese instituto que había fundado, pedí hablar con el padre Peter. Me dijo: ‘Yo he revisado de nuevo su expediente y he encontrado una auténtica objeción de conciencia, y unido a eso el testimonio de su vida me hacen decidir que usted sería el primer caso en 500 años de historia de la Compañía de Jesús, que regresará luego de ser expulsado”.
Con canas realizó nuevamente el noviciado. Y desde entonces continúa en su labor como sacerdote jesuita.

Sobre las personas que promovieron su expulsión en el Vaticano en aquella época dice: “Yo no soy rencoroso, claro que me molestaba muchísimo que los obispos no nos llamaran para preguntarnos qué hacen ustedes en esa revolución, ¿que hay allí adentro? Nunca, nunca nos preguntaron. Luego de muchas amenazas públicas en los periódicos pasaron el caso al Vaticano. Este cardenal Obando nunca me llamó a conversar para preguntarme por qué estaba allí”.

“Cuando me nombraron ministro de Educación, le escribí a esa Conferencia Episcopal con Miguel Obando a la cabeza y les dije: ‘Me han nombrado, quiero que ustedes me den un espacio en sus reuniones, quiero escucharlos, quiero críticas, que me digan qué quieren que haga para la educación en el país’. Nunca contestaron”.

¿Qué le falta por hacer?
Te voy a decir rápidamente: terminar con dignidad lo que he venido haciendo, mi compromiso por la liberación de los pobres y la justicia social, sin hacer nada que ensucie lo que he hecho, como pasó con algunos dirigentes de la revolución, que destruyeron vidas hermosísimas y heroicas.