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Davis es hombre de poco hablar. Es enjuto y alto. Su tez oscura, ademanes mansos y pausas verbales constantes, lo dibujan con una personalidad de paciencia y tolerancia, quizá demasiado pasivo para el papel de manager que le ha tocado desempeñar en los últimos 30 años de su vida.

Este caballeroso costeño pesa 160 libras, y mide 6.1 pies de estatura. Ahora combina atuendos deportivos de dos disciplinas que han sido sus sueños y sus realidades: viste camisa de béisbol, se cubre la cabeza calva con una gorra de béisbol, y deja ver unas largas y flacas piernas debajo de un short de baloncesto Wilson, porque debe saberse que soñó en su juventud ser un gran basketbolista, pero por cosas de la vida, lleva más de tres décadas viviendo y sufriendo por el deporte de las carreras y de los jonrones.

Davis Hodgson Deerings tenía madera para el baloncesto, pero le faltaba cuerpo. Cuando en la década de los 70 empezó a enfrentarse con muchachos que pesaban 200 libras o más, se retiró de ese deporte, y se le presentó la oportunidad de jugar béisbol, un oficio que desde entonces le ha dado de comer, y mediante el cual ha educado a sus cinco hijos.

Son cinco varones que le critican cada paso: si metió a tal jugador, si sacó a tal pitcher, si mandó a robar base o si mandó a tocar pelota. Él solo ríe, pues no sirve para pelear por ese tipo de cosas. Cuatro de ellos jamás han jugado béisbol.

“El último está estudiando y juega en un equipo de la universidad. Parece que es al único que le gusta el béisbol. Yo creo que desde niños vieron material deportivo, uniformes de béisbol, y cuando crecieron quisieron jugar otro deporte. Baloncesto, que era lo mas fácil, porque se recoge un balón y no hay tantas exigencias”, cuenta, para enseguida relatar una realidad que arrebata a los mejores talentos de la juventud costeña y los lleva a buscar mejores horizontes más allá de las canchas y de los campos de béisbol.

“En la vida del costeño, lo más fácil es conseguir un pasaporte e irse a un crucero. Como mis hijos son bilingües, tienen oportunidad de asumir buenos puestos. Dos están trabajando allí y les va bien. Tengo una nietecita que es la que más canas me saca, como no tuve oportunidad de procrear ninguna hija, la trato con un cariño especial, tiene tres añitos”, cuenta con parsimonia.

Davis Hodgson Deerings, el eterno manager de la Costa, creció en Bluefields, y es hijo de una mujer de Greytown. Proviene de una familia de clase media baja, cuyo padre le pudo financiar los estudios y le permitió meterse al béisbol a los 17 años.

“Mi deporte favorito fue el baloncesto, por cierto, lo hacía bastante bien.

Lamentablemente, el contexto del juego fue cambiando, los muchachos se fueron poniendo más grandes, y si ves, soy bastante menudo y no podía con muchachos de 200 libras.

Entonces se me presentó la oportunidad de jugar béisbol, eso fue difícil al inicio, tenía alguna habilidad, la exploté, vine al Pacífico, y cuando se formó en 1981 el equipo de primera división se abrió una puerta para mí”, cuenta.

Por aquella época fue un pitcher poco brillante. Él lo dice sin el menor rubor. En los 70 lanzó un año con los Búfalos del Bóer, alguna vez probó con el Cinco Estrellas, y en otra ocasión tuvo como manager a Noel Areas, el legendario timonel de León, con quien se ha enfrentado en memorables juegos de estrategias y astucias.

“No tenía la gran calidad. En este deporte se ha dado un fenómeno: los peloteros estrellas no se han convertido en buenos entrenadores y buenos managers, no solo a nivel nuestro, sino también a nivel de las Grandes Ligas. Se ha visto que los que nos convertimos en managers nos dedicamos a estudiar las reglas, a buscar todas las situaciones que se van dando, y también se debe tener una cuota de liderazgo para lidiar con 24 caracteres”, dice.

A los 27 años debutó como manager. Su primera decisión fue que todo el equipo debía ser despedido. “Cuando empecé puse como condición que todos los que jugaron conmigo en el equipo tenían que irse del club. La directiva confió en eso, despedimos a todos y trajimos a muchachos nuevos que tres años después nos dieron los frutos disputándose un campeonato nacional”. ¿La razón para su radical decisión? “Sabía que ellos no me iban a ver como un líder. Había jugado con ellos”.

“Para tomar una decisión uno no tiene que andar pegando gritos. Lo que he procurado es mantener esa imagen, no ensuciarla, no dar oportunidad a que te estén tildando de otra cosa. Eso me ha hecho sobrevivir”, recomienda.

Davis Hodgson Deerings es un manager singular. Tiene que lidiar con un equipo donde se hablan cuatro dialectos, y él solo sabe inglés y español. Allí hay jóvenes que hablan miskito, sumo, rama, algunos son dedicados, la mayoría son pobres, provenientes de lugares alejados de la Costa Caribe. También existen los que le quitan la sonrisa.

“El caso mío, como manager, tal vez ha sido un poco diferente, porque en mi club se maneja alrededor cinco o seis  dialectos. Yo solo domino inglés y español. ¿Que cómo hago yo con ellos? ¡Más bien cómo hacen ellos conmigo! Ellos han aprendido el idioma. Al inicio, cuando vinieron, era muy difícil, pero han aprendido el español. No sé ninguna palabra en miskito”.

A veces se despierta a las dos o tres de la madrugada pensando la estrategia que indicará a su equipo. Está claro que vive de esto. Que es suertero y que pertenece a una cúpula que come todo el año por el béisbol.

“Yo he tenido la suerte de hacer toda mi carrera y mantener a mis hijos con el béisbol, cinco varones, el último está estudiando en la universidad gracias al béisbol. He tenido la suerte de estar dentro de una cúpula que ha tenido trabajo siempre. Todo el año paso en esto. Esta es una actividad fácil y difícil, porque ser manager es como ser gerente de una empresa, tengo que enfrentar las cosas y dar la cara. Después que termine esto, tengo que integrarme al Injude a la práctica de la Selección Nacional”.

Este también es un oficio ingrato con el que se ha ganado enemistades, sobre todo de gente de su natal Bluefields. “Nadie es profeta en su tierra. Es difícil mantenerse en su ciudad. Por distintas razones, a veces por envidia, por rencor, otras porque separaste al hijo de alguien y la gente no admite que son separados por causas justificadas, porque son invisibles”.

El béisbol: una vida
El sol está quemando en el estadio de Managua y se está poniendo peor a medida que se acerca el mediodía. La entrevista se da en el dogout de los visitantes, pues Davis Hodgson está entrenando con su equipo caribeño. Dos jóvenes corren mientras los demás practican. Se oyen gritos y pelotazos.

La Costa va perdiendo. “No hemos tenido la suerte de ganar, yo por lo menos no tengo duda de la capacidad que tiene el equipo nuestro, lamentablemente, a la hora de la hora no ha funcionado”, se queja.

Y no funcionó. Antes de que en esta entrevista el manager hablara de su vida, el equipo había perdido dos juegos en su propia tierra. Cuatro días después, el equipo de Estelí obtuvo la victoria final y se llevó el título de campeón de la Liga de Béisbol de Primera División “Germán Pomares”.

¿Qué hizo mal Davis? Los consabidos en el tema lo sabrán. Y probablemente los fanáticos en las calles se lo reprocharán, otros lo cuestionarán y le exigirán explicaciones. Es casi seguro que él les explicará sus razones, que se detendrá a platicar y con paciencia argumentará.

Ya está acostumbrado a eso, pero a veces no le gusta tanto. “Antes era más vago y menos popular. Pero ahora, cuando salgo, enseguida la gente comienza a hacer preguntas, y no me inquieta que me pregunten, pero a veces te encontrás con personas agresivas”.

El adiós

Davis acaba de venir de la Costa y trajo su cargamento: unas buenas libras de pescado, de langosta y de camarón. Cuando se le acaben se conformarán con queso y frijoles hechos en casa.

El manager, al que le gusta bailar reggae y soul, está llegando el final de su carrera beisbolística. “Esto lleva mucho estrés, a veces uno se levanta a las 2:00, 3:00 de la mañana para tratar de ejercitar una alineación que te pueda funcionar. No tengo descanso, trabajo alrededor del béisbol las 24 horas, y trabajo con pasión, pero estoy pensando seriamente que este sea mi ultimo año como director”.

Llevó en ocho oportunidades a su equipo a la final y ganó el campeonato tres veces, y dirigió en siete ocasiones a la Selección Nacional, sin embargo, ahora quiere dedicarse a labores administrativas, como gerente del Chinandega, ciudad donde se ha sentido acogido.

“He conocido peloteros buenos, malos, mediocres, indisciplinados, de todo, uno recoge lo positivo y trata de compartirlo para que se multiplique”, dice. Entre los buenos menciona a Gilbert Smith, a Early Britton y a Carel Lampson, aquel icono de la pelota costeña de los años 80 e inicios de los 90.

“Cuando la gente habla de deportistas siempre dice que son indisciplinados, pero hay cultos y hay otros que de verdad son invisibles. En este grupo que tengo, hay uno que es ejemplar; sus amigos dicen que es pinche porque no compra ni una Coca Cola cuando les pagan. Cada vez que agarra su pago lo mete en una institución y después compra ganado.

En esta edad  los jóvenes andan tratando de comprar zapatos de moda, y esa mentalidad de futuro es de admirar”, dice, antes de levantarse y caminar al campo donde hará lo mismo que ha hecho en las últimas tres décadas: dirigir peloteros.