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Doce maletas llenas de esperanzas, libros de medicina y documentos con información sobre trasplantes de riñón, viajaron desde Cuba con Silvio Rodríguez González y su familia aquel diciembre de 1996, cuando llegó a Managua buscando una mejor vida.

Tiene 60 años, y es un médico cirujano nacido en un pueblito llamado Rafael Alonso, en la Sierra del Escambray, en Sancti Espíritu, ubicado al centro-este de la Isla.

Cuatro años después de haber salido de la tierra patria se convirtió en uno de los nueve médicos que por primera vez trasplantaron un riñón en Nicaragua. Hizo historia y realizó así uno de sus sueños, uno de esos que venían envueltos entre la ropa, en una de las maletas que cargaron desde Cuba.

Rodríguez, de ademanes suaves, sonriente y con el acento cubano no tan marcado como el típico habanero, vino por primera vez a Nicaragua en el fulgor de la Revolución, en agosto de 1979, en una de las tantas misiones cubanas que llegaron al país en esa década que agonizaba, y la nueva que nacía en los violentos años 80.

Durante dos años vivió en Masatepe, donde se casó con la economista Oneida Rojas, con quien posteriormente regresó a la Isla. Entonces era residente de cirugía, e inquieto en la especialidad, ya entraba como ayudante en los trasplantes.
“En esa ocasión estuve dos años en Nicaragua. Entre otras cosas, aparte de operar, me casé. Mi esposa y yo nos fuimos a Cuba y allí estuvimos 17 años”, cuenta.

En 1987 vino al país, cuando Nicaragua se batía a muerte en las montañas y fronteras en un espeluznante conflicto bélico. Luego regresó a la Isla. A inicios de los 90, la situación económica en Cuba lo hizo reflexionar: con la caída del muro de Berlín, la revolución de la Perestroika y el cese del apoyo económico de Rusia, y el desmoronamiento del bloque socialista, la economía de la Isla empezaba a languidecer.

“En diciembre de 1996 decidimos venirnos para acá. La situación económica se deterioró bastante, y mi hija iba a entrar a la secundaria”, dice.
En esa época, el doctor era uno de los tres médicos de base que conformaban el grupo de trasplante en Camagüey, adonde se fue a vivir con sus padres desde los diez años.

“Nos entrenamos también en trasplante hepático, pero no pudimos llevarlo a cabo. Se nos hizo muy difícil, a pesar de que había personal entrenado para ello. Los trasplantes de riñón se habían empezado en Camagüey en 1975. Yo comencé en 1979, lógicamente, en ese entonces estaba como ayudante. Vine a formar parte del grupo como cirujano en 1990, cuando comenzamos a formar parte del equipo de trasplante del hospital”, recuerda.

En 1996 hubo que buscar nuevos rumbos. Así fue que sin ninguna pertenencia de gran valor, aparte de sus libros; con su esposa, su hija de 12 años y el pequeño de 3, llegó a Managua. A su regreso lo primero que hizo fue buscar trabajo. Fue muy difícil ser un desempleado fuera de su tierra. No tenían casa, sillas ni camas, pero lo acompañaba un gran sentido de esperanza. Por mucho tiempo esa esperanza hizo que no desistiera.

¿Ferroviario, ingeniero? ¡Médico!
Él quería ser ferroviario. Estaba inspirado en su padre, quien trabajaba en el ferrocarril, pero un día esa idea salió de su mente. También pensó en ser ingeniero civil, pero eso tampoco cuajó. En su familia no hay médicos y es hijo único. De joven, Silvio Rodríguez no planeó sus triunfos en el campo médico.

“Quería ser ingeniero civil, pero no muy bien decidido entré a la carrera de medicina. Cuando roté por cirugía me di cuenta de que era lo mío, porque era práctica manual y no se me dificultaba memorizar lo estudiado, pues se aplicaba mucho la lógica y el sentido común. Ya haciendo cirugía tuve contacto con trasplante y me pareció espectacular. Para mí aquello fue una maravilla…”, comenta en este cuarto frío que es su consultorio, donde solo una banderita de Cuba le da cierta calidez al ambiente.

Rodríguez recuerda con un inusual entusiasmo los días feos que vivió cuando regresó a Nicaragua. “Veníamos con 12 maletas, nueve de ellas llenas de libros, documentos, resúmenes, cuestiones vinculadas con la medicina. Con muchas ilusiones, deseos de trabajar, de llevar adelante proyectos como este del trasplante”.

“Emigrar es algo difícil. Es como lanzarse al vacío. Uno no sabe qué va a encontrar, aunque yo ya conocía el país. Empecé como médico general ganando un salario muy, pero muy pequeño. Tenía que mantener a mi familia, no teníamos casa, en aquel entonces tenía un niño de tres años, y una niña de 12. No teníamos muebles, no había cama ni nada. Empezamos a trabajar duro, y poco a poco nos abrimos camino. Me dieron una plaza como cirujano, y desde que llegué traté de promover el proyecto de los trasplantes”, relató.

¿Y Fidel?
Rodríguez no tiene otra pasión que no sea la medicina y la familia. Dista mucho de encarnar la mítica y prejuiciada imagen del cubano habanero de hablar alto y con picardía, que bebe cerveza y ron a granel, que baila con ritmo y bebe café amargo, y que goza de las mujeres. Silvio es distinto a ese símbolo cubano: le gusta ir al cine, pasear con sus amigos y familiares y llevar la vida tranquila.

Hace tiempo que dejó el béisbol y las ideas del ferrocarril. Cuando sus padres vienen al país --lo hacen muy a menudo-- disfruta pasando el tiempo con ellos.
Al médico no le gusta hablar de política, pues dice que por eso se hizo médico. Ni de los cubanos que han desertado de las brigadas médicas quiere hablar. “No sé”, dice a secas.

¿Y de Fidel qué piensa?
En sentido general, creo que Fidel fue una personalidad muy querida, admirada extraordinariamente. Jugó su rol en la lucha contra una tiranía. Hay nuevas figuras. Como ha estado saliendo en la prensa, se están haciendo cambios, habrá que esperar los resultados y espero que sean los mejores.

¿Piensa regresar a la Isla algún día?
Uno nunca sabe qué es lo que le depara el futuro. Mis hijos están incorporados a la sociedad nicaragüense, yo estoy bien. Me gusta lo que hago. Quizás ahora me canso un poquito más, pero me gusta. No me imagino de aquí a 15 años si no es haciendo cirugías.

A los 60 años, ¿qué le falta por hacer?
Escribir un libro tal vez. Quizá me gustaría escribir sobre todo esto.

Silvio Rodríguez termina esta entrevista mostrando una presentación con fotografías, porcentajes, ilustraciones, explicaciones médicas y la oración de un paciente anónimo, ese que dona sus ojos para que un ciego pueda ver a sus nietos, su corazón para que un joven pueda vivir más y sus riñones para que el que sufre deje de hacerlo.

La historia del primer trasplante

En su computadora hay infinidades de fotos de riñones, de operaciones, de médicos vestidos de verde posando para la cámara, de ilustraciones. Algunas causan escozor, otras solamente un poco de asco a quien no está familiarizado con las vísceras humanas, hay unas que dan curiosidad. Silvio Rodríguez, el médico cubano que lleva el nombre del afamado trovador de la Isla, ve con pasión cada una de estas fotos, y explica con paciencia los procedimientos que está realizando en las imágenes.

Como todo, al inicio fue difícil promover la idea de hacer trasplantes de riñón en el país. “Cuando uno empieza se levantan muchas murallas. El primer intento se hizo a través de la primera dama en 1997 y 1998. Ella nos apoyó. El intento inicial fue a través del Minsa. Hacer algo que nunca se ha hecho es difícil, uno se topa con una cantidad de obstáculos”, dice.

Sin embargo, un grupo de nefrólogos recién egresados que tenían la misma idea, colaboró para que el proyecto se llevase a cabo.

“A uno de ellos yo lo conocía y formamos el grupo Protrasplante Renal de Nicaragua. Elaboramos los protocolos, y cuando ya teníamos el muñeco medio armado, se lo presentamos al hospital Salud Integral. Todo el mundo nos había cantado cero, pero Ismael Reyes nos ayudó”, dijo.

Así fue que nueve médicos, entre cirujanos, nefrólogos y anestesiólogos hicieron el primer trasplante de riñón en Nicaragua. Era enero de 2000. Rodríguez recuerda los nombres de los dos primeros pacientes: José Urrutia y Rolando Flores, de quienes tiene fotografías donde posan sonriendo. A uno de ellos el riñón se lo donó su hijo y al otro su hermano.
“Los dos primeros trasplantes, de los dos pacientes que hoy están vivos y con una función renal estable, son José Urrutia y Rolando Flores. Nuestro grupo ha hecho 31 trasplantes desde entonces. Para un país que no hacía trasplantes, decir que hemos hecho 31 me llena de sano orgullo, porque se creía que no había condiciones para hacerlo. Esta es una cifra modesta, si lo comparamos con otros países como Costa Rica, Panamá, Cuba, pero con muy buenos resultados”, asegura el médico.

Rodríguez señaló que los 31 trasplantes se pueden considerar exitosos, pues han tenido una sobrevida al injerto del 100 al año, sin prácticamente complicaciones. Dice que ve con satisfacción que otros grupos de médicos hayan incursionado en esta práctica. Cada una de estas cirugías cuesta entre 11 mil y 12 mil dólares, incluyendo estudios de pretrasplante, hospitalización, medicamentos y honorarios médicos.