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Dentro de cuatro meses —el 10 de enero de 2012— la Universidad de León será bicentenaria. En esa fecha, las Cortes Generales y Extraordinarias de Cádiz decretaron erigir en el Colegio Seminario San Ramón la última universidad colonial del continente. Desde entonces, la vocación universitaria —precedida del orgullo catedralicio y la conciencia de capitalidad— ha constituido un elemento definitorio de la levenswelt —o mundo vivido— de la metrópolis nicaragüense.

El Colegio Seminario San Ramón
No debe olvidarse, sin embargo, que la tradición de los estudios universitarios en León se remonta a 1680. Fundado 43 años después que el Harvard College, en Nueva Inglaterra, tridentino en su concepción (o sea derivada del Concilio de Trento), el Colegio Seminario de San Ramón formaba al clero que se requería en las provincias de Nicaragua y de Costa Rica; pero fue mucho más que eso, proyectándose en El Salvador y en Honduras. “Con la noticia del estado en que se hallan las letras en este Colegio —informaba el gobernador de Nicaragua en 1803— no faltan jóvenes de dichas provincias que hayan venido a estudiar.”

Mas Costa Rica —la más pobre del reino de Guatemala— sería la mayor beneficiaria de las aulas superiores de León. Nada menos que las mejores inteligencias de su tiempo en dicha provincia —Florencio del Castillo, José de los Santos Madriz, Félix Esteban de Hoces, entre otros muchos sacerdotes— egresaron del Colegio Seminario San Ramón. También este centro acogía a laicos e indígenas, becados en número de 12 por el fondo de la comunidad de Sutiaba. El obispo Morel de Santa Cruz lo trasladó en 1753 de la esquina de la cuadra occidental de la plaza, en la que se hallaban con sus once piezas originales, a un nuevo edificio que construyó, por orden suya, el maestro albañil analfabeta Francisco Benítez Salafranca; dicho edificio —enladrillado y cubierto de tejas— constaba de veinte piezas y disponía de un pozo.

El mismo Morel de Santa Cruz le dotó de una nueva cátedra —la de Filosofía— a la que concurrían 32 alumnos, sumando tres con las fundadoras de Gramática Latina y Teología Moral. Otro obispo, Juan Carlos, Vílchez y Cabrera, incrementó a dieciséis las becas e inició dos cursos de Artes. El obispo Esteban Lorenzo de Tristán erigió una capilla y un cuarto para el Rector, “con otras obras de adorno y comodidad”; el obispo Juan Félix de Villegas estableció las cátedras de Filosofía Moderna, Cánones, Instituta y Canto Gregoriano, aparte de nombrar rector en 1787 al presbítero Rafael Agustín Ayesta, nativo de León.

Las cátedras universitarias y el elogio de un jesuita
Con este nombramiento, el San Ramón alcanzaría su máximo desarrollo, pues Ayesta lo consolidó económica y académicamente. Cuatro nuevas cátedras surgieron en 1798 —Sagradas Escrituras, Liturgia, Historia Eclesiástica y Medicina y Cirugía— sostenidas por la renta personal del obispo José Antonio de la Huerta y Caso. Luego se fundó la de Leyes. Ayesta, en fin, agregó varias piezas al edificio.

Las amuebló convenientemente y acrecentó la biblioteca; igualmente, promovió la realización de actos públicos, en los cuales se discutían temas impresos en tarjas —una especie de diplomas—, como el de Florencio del Castillo, que repercutió en la capital del reino.

En 1801, ya catedrático de Geometría, del Castillo dirigió el examen público de sus alumnos Miguel Alegría y Francisco de Benavente. Y en 1803, al menos, se realizaron cinco, cuyas tarjas se habían impreso en Guatemala. Uno de ellos fue dirigido por el catedrático de Filosofía Tomás Ruiz, quien examinó a cuatro de sus discípulos sobre Lógica (de acuerdo con el libro de texto del filósofo inglés Condillac) y puntos de metafísica. Todo ello revelaba un indiscutible afán de saber, y nivel y ambiente de estudios superiores muy apreciable. Así lo consignó en 1806 el jesuita Toribio Alcázar, citado por el intelectual leonés Roberto Barrios Boquín.

“Tuve la oportunidad —expresó Alcázar— de visitar el Seminario Conciliar de León y darme cuenta de las virtudes y sabiduría de su profesorado. En pocas instituciones de esta clase existen catedráticos que, a su dilatada experiencia, aúnan conocimientos tan profundos sobre las materias que enseñan y tienen una vida tan ejemplar.”

La Universidad menor en 1807

De manera que el 15 de mayo de 1807 fue elevado a categoría de Universidad menor, es decir, con la facultad de otorgar los grados de Bachiller en Filosofía, Medicina, Derecho Civil y Derecho Canónico. La nota de mayor relevancia ese día consistió en el sermón del presbítero Ruiz, quien era también vicerrector; pieza que llegó a imprimirse ese año en la imprenta guatemalteca de Ignacio Beteta. “Contad este día entre los más festivos” —expresó Ruiz en ese sermón de gracias al Altísimo, pronunciado en la misa solemne que se dijo en el Oratorio público del Colegio.

Al día siguiente, las clases fueron inauguradas por el discurso del doctor Francisco Quiñónez, responsable de la cátedra de Medicina, en el cual disertó sobre la aplicación de la ciencia. “El hombre es un ser que siente, piensa, reflexiona, inventa, trabaja; que va y viene a su voluntad sobre la tierra, que comunica su pensamiento por la palabra, y que parece estar a la cabeza de todos los animales, a quienes domina”, comenzaba con la cita de un Diccionaire d’histoire naturale. De aquí a la transformación en Universidad del Colegio Seminario faltaban menos de cinco años, pues el 10 de enero de 1812 —como informé al principio— las Cortes de Cádiz autorizaron su erección “con las mismas facultades de América”.

Florencio del Castillo
Conviene ahora referirme a los principales egresados de las aulas superiores de León. En primer lugar, a Florencio del Castillo (1778-1834), quien se ordenó en León, ya visto como catedrático de Geometría. En 1808 fue también de Filosofía y vicerrector por dos años. En 1810 pronunció una oración fúnebre —luego impresa en Guatemala— por el  presbítero Rafael Agustín Ayesta. En 1811 Costa Rica le nombró su diputado ante las Cortes de Cádiz, donde sobresaliera por sus discursos, liberales pero moderados, postulando la defensa de los indios y el voto de los esclavos, además de la obtención de beneficio para su provincia natal, la cual presidió en octubre de 1813.

Además de Florencio del Castillo, egresaron al menos diez costarricenses del Seminario San Ramón, por ejemplo, el cartaginés José María Peralta, orador notable, tanto en la cátedra como en el ejercicio público, a quien se le recuerda por haber colaborado en la fundación del Colegio San Luis Gonzaga en su ciudad natal. Su coterráneo, Félix Esteban de Hoces y Calvo, llegó a ser Vicario General y Capitular del obispado. José María Esquivel figuró al frente de un colegio de Cartago en 1801, en los sucesos políticos posteriores a la independencia, y entre los catedráticos de la Casa de Enseñanza de Santo Tomás. Manuel Alvarado reglamentó ese mismo instituto y fue miembro de la Junta Superior Gubernativa, y diputado en varias ocasiones. José Arguedas impartió clases de Latín y Humanidades en San José, lo mismo hicieron en otras ciudades —Cartago, Heredia y Alajuela— Joaquín García, José María Porras, Luciano Alfaro, Félix Romero, Joaquín Flores y otros.

El bachiller Osejo
Natural del barrio de Sutiaba, Rafael Francisco Osejo (1790-1848), discípulo de Tomás Ruiz en el San Ramón, bachiller en Filosofía y cursante de Derecho Civil, fue contratado en 1814 en Costa Rica para realizar una significativa labor docente.

Tuvo en esta provincia una vasta y polémica figuración política por sus ideas liberales. Activo republicano, a él se le debe la Ley de Instrucción Pública, los primeros libros de texto (de Aritmética y de Geografía), y otras muchas acciones como abogado, historiador y político. El historiador costarricense Luis Felipe González afirma que inspiró “muchas de las instituciones de aquella época”. Se le declaró Benemérito de la Patria. Senador electo en 1834, pasó primero a El Salvador y luego a Honduras, donde falleció.

Juan de los Santos Madriz
El ya citado Juan de los Santos Madriz se ordenó en el Seminario de León en 1813. Luego se graduaría de Bachiller en Leyes y Doctor en Sagrados Cánones de la Universidad, a cuyo cuerpo docente perteneció en 1819. De regreso a su país, entró de lleno a la política. Fue presidente de la Junta Superior Gubernativa y de la Asamblea, uno de los redactores del “Pacto Social Fundamental Interino de Costa Rica”. También fue catedrático de la Casa de Enseñanza de Santo Tomás y, de 1838 a 1843, su rector.

José Toribio Argüello
Otro nicaragüense que se trasladó a Costa Rica, llamado por Osejo, fue José Toribio Argüello. Bachiller en Artes del Seminario y tesorero al momento de su transformación en Universidad menor, obtuvo la cátedra de Filosofía en la Casa de Enseñanza de Santo Tomás. Fue diputado ante las Cortes de Cádiz. Se le procesó dos veces por cuestiones políticas, y sus ideas, según Constantino Láscans, eran muy avanzadas para la época.

Agustín Gutiérrez Lizaurzábal
La Universidad de León, a partir de 1812, acrecentó su irradiación formativa en Costa Rica  al graduar a otros muchos que construirían el ejemplar Estado vecino. He aquí algunos: Nicolás Espinoza, Simón Guerrero, Rafael Barroeta, Valentín Gallegos, Pedro Zeledón, Manuel Aguilar, Agustín Gutiérrez Lizaurzábal (1763-1843), Braulio Carrillo (1800-1846) y José María Castro Madriz (1818-1892), los dos últimos, importantes jefes de Estado. En cuanto al antepenúltimo, era un guatemalteco que emigró a Nicaragua en 1803 y de allí pasó en 1824 a Costa Rica. Ejerció en ambos países notable influencia. Costa Rica le debe los fundamentos de su “democracia, por sus empeños como legislador constitucionalista”, señala el historiador Carlos Meléndez Chaverri. En ella fue diputado, y en 1834, por breve lapso, jefe de Estado; además, ejerció la presidencia de la Corte Suprema de Justicia.

José María Castro Madriz
Así como Osejo había sido el mayor fruto del Seminario Conciliar en Costa Rica, Castro Madriz lo fue de la Universidad de León. Josefino de nacimiento, se graduó de ella de bachiller en Filosofía el 23 de diciembre de 1838, y se recibió de doctor en Derecho Civil el 1º de diciembre de 1841, de maestro en Artes el 12 de mayo de 1842 y de doctor en Filosofía el 22 del mismo mes y año. Luego, ejerciendo la Presidencia de la República, decretó la erección de la Universidad de Santo Tomás, el 3 de mayo de 1845, fue el autor de sus estatutos, uno de sus rectores, y su más grande beneficiario.

Resulta oportuno señalar que El Mentor Nicaragüense, periódico impreso en la Universidad de Granada y dirigido por Fruto Chamorro, de 1841 a 1842, sirvió de modelo al que fundaría Castro Madriz en Costa Rica: El Mentor Costarricense. Por cierto, su lema era: “Si te encargas de los negocios públicos, renuncia a los tuyos”, el cual se inspira en una añeja frase de Pitágoras, lema que el periodista costarricense Francisco María Núñez consideraba, en 1921, conveniente de grabar en los edificios públicos para el bien de la patria.

Conclusión
Por lo visto, las aulas superiores del Seminario y de la Universidad de León fueron los centros progenitores de la cultura de Costa Rica, o por lo menos, de su estructura política y educacional. Así se ha reconocido. El historiador González escribió al respecto: “Durante la organización política de los primeros años de gobierno, a partir de 1925, prestan su contingente como legisladores muchos de los sacerdotes graduados en la Universidad de León”. La cultura que allí se impartía —agrega— “influyó directamente en nuestra enseñanza. Aquella cultura, que emanaba de España, vino a Costa Rica por medio de los graduados en la Universidad dicha. La organización de la Casa de Santo Tomás, así como la Ley de Instrucción Pública en 1832, constituyen un reflejo de la cultura de la Universidad leonesa.”