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Paul Dix y su compañera Pamela Fitzpatrick recorrieron el norte y centro de Nicaragua cargando su Nikon FM de rollo durante 18 meses, tras los sobrevivientes de la guerra que Paul fotografió en la década de los 80, cuando llegaron por primera vez al país. Ocho años duró esta búsqueda, y ahora quedó plasmada en los testimonios y en las fotografías con las que quieren recordarle al mundo la necesidad de que impere la paz.

Fruto de ese recorrido, a pie, en bus, bajo sol, es el libro “Nicaragua, sobreviviendo el legado de la política de EU”, que ambos estadounidenses presentarán el jueves próximo en Managua.

El escritor uruguayo Eduardo Galeano escribe en la contraportada: “He aquí la huella que dejaron los ‘freedom fighters’, los guerreros de la libertad. El presidente (Ronald) Reagan los envió a Nicaragua para salvarla del peligro nicaragüense: para que Nicaragua no fuera Nicaragua, para que siguiera siendo nomás una colonia de cuarta categoría”.

El libro es muestra también de las múltiples necesidades que viven los sobrevivientes de la guerra, quienes, como bien lo describen Paul y Pamela, sobreviven, “pero agarrados con las uñas”.

“Nos asombró el ánimo y la fuerza de los nicaragüenses con quienes nos encontramos, y también nos asombró su gentileza y su generosidad”, cuentan.

Ambos llegaron a Nicaragua en los años 80, integrando la delegación de Acción Permanente por la Paz. Paul era fotógrafo y Pamela trabajaba en salud. En 2002 regresaron al país, tomaron un bus hacia el norte, y cuando bajaron, mostraron las fotografías tomadas en los 80. La búsqueda de la gente fue intensa y muchas veces frustrante.

Graciela Morales Castillo, de 18 años, es la muchacha morena, seria, pelo al viento, que carga una bandera. Su foto ocupa la contraportada del libro, entre otras cosas, porque fue la persona a la que fue más difícil contactar. También es la única que vive bien, que no sobrevive con dos dólares al día. Ahora vive en Costa Rica, es médico, pero cuando Paul la retrató, cargaba un AK-47 y era una de las 60 mil jóvenes que participaron en la Cruzada Nacional de Alfabetización.

Contrario a Graciela, Tomás tenía 25 años cuando Paul lo fotografió. Es el joven de bigotes, con pañoleta rojinegra, que encabeza la manifestación, y a quien le siguen al menos 15 hombres más, todos en sillas de rueda. A él lo encontraron en 2002 jugando baloncesto en su silla de ruedas.

Dolor y muerte
Hay historias muy dolorosas, cargadas de traumas y con excesivo olor a tragedia, como la de Luz Mabel, una pequeña de 22 meses retratada de perfil, con la cabeza hacia arriba, un gesto de dolor en la cara, tomando el dedo de un adulto. En la foto sobresale la ausencia de su brazo izquierdo.

En 1987 la hermana de Luz Mabel, Josefa, quien entonces tenía 12 años, hizo un dibujo para Paul que detallaba cómo la Contra mató a su hermano y a su padre, por dónde entró a la casa de su familia y cómo su hermanita perdió el brazo.

Juana, la morena de cuyo cuello cuelga un rosario blanco, quien carga a su pequeño Denis, de tres años, es la misma señora pelo canoso que carga leña en la década de 2000. Denis, el chiquito pelo rubio, murió a los 25 años a causa del alcoholismo.

El marido de Juana, Eleuterio Matute, de 36 años, en 1985 coordinaba la distribución de víveres y ropa de parte del gobierno. Fue asesinado por la Contra el 25 de diciembre de 1985. Entonces también le dispararon a Benigno, el hijo de 15 años.

“Un poco después del ataque, temerosos de más violencia, Juana y su familia desarmaron su casa de encima de la loma con vista a kilómetros de prados verdes y bosques, y la reconstruyeron en un pequeño lote a la orilla de Condega”, narran.

Y luego presentan la realidad de esos miles de sobrevivientes: “Ahora se entra a su vivienda por la misma puerta principal marcada por las balas y la metralla, un crudo recordatorio de las profundas heridas emocionales que impregnan su hogar”.

Lucila Incer, de 45 años, fue encontrada en 2005, en Nueva Guinea, quemando una gallina en el fogón. Es la misma que sale en una foto tomada en 1985, postrada en una cama, tapada por una sábana floreada, con clavos en la pierna derecha, con gran parte de la rodilla y de la pantorrilla destrozada.

En la emboscada en que salió herida, murieron seis personas, y cuatro más resultaron mutiladas. Ella era profesora de una escuela primaria. Tras dos años y múltiples cirugías, salvó su pierna. Ahora tiene dos pequeños y vive con su padre, en Nueva Guinea.

Todas estas historias son acompañadas por fotos en blanco y negro que Paul tomó con la misma cámara que usó en los 80, de las cuales nació este libro que nos regresa a reflexionar sobre las huellas de aquel trágico episodio.