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Julio Francisco Báez Cortés es el niño que está de quinto en el extremo derecho de la tercera fila en la foto de promoción de La Salle de 1958. No sobresale por su altura ni por ser el más agraciado, tampoco por su gran sonrisa ni porque su saco y corbatín son los más impecables, pero todos lo conocen porque no hace falta rogarle para que recite un improvisado poema.

Este pequeño de seis años es tan discursivo y teatral que se ha convertido en el declamador oficial de su curso.

Ese niño que posa en la foto en blanco y negro junto a sus compañeritos, quería ser cura. Su madre lo había convencido de que cuando creciera, se convertiría en un sacerdote bonachón cuya primera tarea sería darle la comunión a ella. Él, obediente, había acogido esa idea con entusiasmo infantil.

Poco tiempo después se le metió que debía ser médico, pues consideraba que esa era la más científica y humanista de las profesiones, pero algún temor oculto lo hizo desistir y se convirtió en abogado. Pudo haber sido dramaturgo, declamador o periodista, pero quiso ser abogado. Y ahora es un abogado reconocido. O como se dice de él: una voz autorizada.

A su padre, Theódulo Báez, lo llamaban “Cara de Triángulo”, pues con una firma triangular rubricaba sus artículos con duras críticas a Somoza y también las cartas para sus amigos. Julio Francisco, el mayor de sus hijos varones, podría ser Kiko-impuestos, pues Kiko lo llaman sus cercanos y siempre está hablando de tributos. Públicamente su nombre está indisolublemente ligado a los impuestos.

-¿Por qué escogió estudiar derecho?

- Me apasionó el derecho porque cuando estaba en el internado venía al Congreso y veía a diputados fogosos como Orlando Robleto Rayo, un diputado socialcristiano que tenía vitalidad y alma, y criticaba las injusticias; miraba a Roberto Argüello Hurtado, a quien le tengo un gran respeto. Me comencé a inquietar. Y tengo raíces no políticas sino de gente beligerante como mi abuelo, Julio Báez, que era un conservador gritón.

Gritón. Así es él. Es un gritón moderado que siempre tiene argumentos, que cuando habla pareciera que está dando un discurso, que hace múltiples gestos, que sube el brazo derecho y con el puño izquierdo golpea la mesa, que de repente se queda inmóvil y luego se disculpa porque le falta mucho por hablar y no pretende callarse. Él es quien posiblemente sale haciendo muecas en las fotografías que no son posadas, pues siempre está bromeando, explicando, desenredando los entuertos y las trampas de la materia… simplemente hablando de impuestos y desde ahí, saltando a todo: a las crisis, a las injusticias del sistema, a la corrupción solapada y abierta…

Julio Francisco Báez Cortés salió de Nicaragua en 1976 rumbo a México para estudiar una maestría en Economía Política. Regresó entre la furia revolucionaria y pronto se hizo funcionario del Ministerio de Desarrollo Agropecuario. Esta etapa, dice, fue una de las más aleccionadoras de su vida. Y reflexiona: “A la Reforma Agraria le faltó el elemento educación”.

Sandinista sí, partidario no

Tras la reflexión viene una confesión: “No soy vergonzante, fui sandinista, soy sandinista y seré sandinista. No pertenezco al Frente Sandinista ni perteneceré nunca más. No voy a renegar por lo que hice”.

Báez Cortés es enemigo de los que consideran que en 1990 se perdieron los avances logrados en la Revolución. Para él ese es “un pesimismo tonto” y una “función de renegados”.

“No vamos a renegar por lo que hicimos. Es momento de reivindicar con decencia, con vergüenza y orgullo lo que hicimos”, insiste. Cuando el Frente Sandinista perdió el poder, durante las elecciones más observadas y recordadas como las más limpias, él y su hermano, Theódulo, se quedaron sin empleo. Él lo dice con otras palabras: “Nos quedamos en la calle, tan pelados como la cola de un zorro”.

Fue entonces cuando surgió la idea de montar la oficina que ahora dirigen, el Instituto Nicaragüense de Investigaciones y Estudios Tributarios. “No teníamos otra cosa que hacer. Lo hicimos empujados por la necesidad, pero nos lanzamos con alma”, cuenta. Alquilaron una casa que ahora es de ellos, hicieron algunas reparaciones y compraron una puerta en el mercado negro para ponerla en la entrada.

¿Poeta o pueta?
En 2009 quiso hacerle un regalo de aniversario a su esposa, luego de más de tres décadas de matrimonio, pero el regalo debía ser tan singular de modo que ella no tuviera que regresarlo o cambiarlo en la tienda. No podía ser una crema, un perfume o una prenda. María Elsa, su esposa, siempre estaba inconforme con los obsequios que él le compraba. ¿Un poema? ¡Pero él no era poeta! Pese a eso, se aventuró y hoy, dos años después de aquel intento que en un inicio calificó ridículo, ha publicado en un diario nacional más de cinco poemas.

“Dejame convidarte a una celebración especial/Advierto que será con todas las de ley/música, incienso, montañas y haces de luz/Hora de inventarios y recuentos, ya verás”, le escribió a su esposa en un periódico. Quienes lo conocen lo imaginan declamándole el poema. Gesticulando, pelando los ojos, sonriendo, levantando una mano, bajando la otra.

Ella no tuvo forma de devolver el obsequio y lloró de emoción. A veces se ruboriza porque los versos de su esposo son un tanto indiscretos. Pero él, necio, continúa escribiéndolos: “¡Vientre que sonríe! ¡Camanance que delata!/Como náufragos en trance fuimos agitados/por lujuriosos mares de insurrecto oleaje/¡diluvio íntimo que trasformó lo incierto/en festival violento para endulzarlo todo!”

Y entre verso y verso dedicado a su esposa, María Elsa, mete el tema que lo apasiona, por el que habla durante horas y horas: “Vida extraña, divertida y al revés…/Desempleado está feliz, su familia hoy almorzó/Don banquero es feliz, del tributo se escondió/Madre obrera está feliz, ayer nadie la abusó/Pulcro diputado es feliz, su vergüenza extravió/Contame, Papa Chú, ¿quién de ellos eras vos?

Neruda, Benedetti, Gioconda Belli y Ernesto Cardenal encabezan la lista de sus poetas favoritos. Y si se trata de novelas, él prefiere las clásicas. Últimamente Víctor Hugo y sus Miserables lo tiene con dolor de cabeza.

Sus dos santos
Kiko profesa una especie de devoción hacia sus padres. Para él su papá es un santo y su mamá una santa. Del padre sacó lo provocador por las injusticias, de la madre el talante.

“La marca nosotros la tenemos por los padres, es como un fierro moral en la espalda. Mi padre fue un hombre con una vida muy azarosa y tuvo un cambio radical en su vida. Fue un personaje simpático, humilde. Es la única persona que tiene ese apodo: Cara de Triángulo, era líder de los cursillos de cristiandad. Ellos eran dos santos, tenían mucho compromiso, mucho testimonio”, cuenta.

Por su padre tiene un par de triángulos en su oficina y en su casa guarda como  reliquia las manualidades de su madre, quien tenía el arte de convertir en una belleza cualquier calache viejo.

Enamorado de la familia
Un payasito extraño, pintado con crayolas y con papelillo rojo en los bordes, con la dedicatoria “Para tío Kilo”, es uno de los más de 70 cuadros que adornan las paredes de la oficina de este abogado irredento. Se lo regaló una sobrina, quien debajo escribió la letra de una canción complicada, una ópera, que él les cantaba cuando eran pequeños.

Solo tiene dos hijos, aunque quiso tener seis. Su esposa y él se comprometieron tanto con la revolución que entonces hubiese sido complicado criar más niños. A cada instante se queja porque sus hijos no le han dado nietos y por el momento juega los nietos de su hermana y de un primo.

Las fotos de esos pequeños son unas de las 57 que tiene colgadas en la pared, como tapiz especial con el que se conecta con su familia. Con sus dos hijos, quienes ahora viven en Estados Unidos, con sus padres, esos señores alegres retratados delante de la imagen de una virgen; con su abuelo, el gritón conservador; con los amigos que conoció en Harvard; con sus sobrinos que ya están grandes y fueron retratados adolescentes; con sus compañeritos de La Salle, con quienes posa en la foto grupal; con el doctor Edgardo Buitrago, su gran mentor; y claro, con su esposa, la señora que trabaja en la oficina de al lado y que prácticamente es su antítesis.

 

Un eterno enamorado

Su esposa acaba de entrar a la oficina a pedido de él. Él se alegra más de lo común. La convida a que se siente a su lado, le da un golpe juguetón en el brazo. Ella, desconfiada, saluda brevemente. María Elsa, su esposa, es todo lo opuesto a él: callada, metódica, discreta.

-¿Y es cierto que usted le da dinero cada semana?

-No, no-, dice ella con cara de quien está pensando que la interlocutora es una intrusa.

Inmediatamente él se mete en la plática con un gran “¡como noooo!”, pero no lo dice a modo de queja. Supuestamente le da 1000 córdobas mensuales, pero tras mostrar su cartera queda la evidencia que al menos esta semana obtuvo más de lo presupuestado: tiene 510 córdobas.

Para Julio Francisco Báez Cortés, tener esa cantidad de dinero en la billetera no es problema. Ni se avergüenza al decir que no ve el cheque de su pago, pues su esposa lo administra completamente.

El matrimonio de ellos parece de aquellos como ahora no los hay, esos que tienen la receta necesaria para perdurar en el tiempo: amor, perseverancia, respeto y personalidades opuestas.

Se conocieron en León, se casaron a escondidas, compartieron las penurias, la distracción de él, quien de repente levita y olvida todo lo doméstico, como aquella vez, en la década del 70, cuando la invitó a cenar, no llevó la cartera y tuvo que dejarla empeñada en un restaurante chino mientras regresaba por el dinero. Hoy comparten momentos de lectura y la ansiedad por tener niños correteando por su casa.