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Este 11 de octubre se cumplen cien años del fallecimiento  de una laica apostólica, a quien se le debe la fundación de la primera Escuela de Señoritas en Nicaragua.

Me refiero a Elena Arellano Chamorro (1836-1911), quien en 1872 —a sus 36 años— decidió ampliar su labor como maestra voluntaria que impartía, en su casa de habitación, a niños pobres: Aritmética elemental, Catecismo, Lectura y Escritura.

Primera escuela de señoritas
Así surgió el primer centro escolar privado para niñas en Nicaragua, es decir, con el claro propósito de educar a la mujer como fuerza constitutiva de la sociedad. A su centro acudían señoritas de distintos departamentos. Una de ellas fue la chontaleña y futura educadora —y pionera del feminismo— Josefa Toledo de Aguerri (1866-1962). Ella afirma que la escuela privada de doña Elena poseía internado, división de clases (en alumnas mayores y menores) y estudio memorioso de libros de textos. En realidad, el programa de instrucción primaria abarcaba Lectura y Escritura, Aritmética e Historia, Geografía y Gramática, Moral y Religión, Urbanidad y Labores, enmarcado en el principio de Amar a Dios sobre todas las cosas, que dirigía los actos de doña Elena y la sujetaba a imprescindibles deberes y obligaciones.

Por otro lado, Francisco Vijil informa que poco después del inicio de la Escuela, y constituida en Directora, nombró a las maestras de los tres grados que llegaría a tener. Igualmente mantendría una sección de párvulos a quienes se les mostraba las letras y su dibujo, canto y cortas recitaciones morales. “Su autoridad y sus palabras mesuradas se impusieron” —agregaba Vijil.

Su pedagogía
Cada final de curso, en la época de los exámenes, preparaba muchos objetos destinados a premios para las alumnas. Doña Elena apreciaba el valor pedagógico del premio, pues sostenía: “El premio bien empleado en el colegio representa uno de los medios de educación, porque se toma en cuenta el esfuerzo del educando.

Nada significa el valor intrínseco del premio cuanto, moralmente, ser llamado a la mesa del Tribunal, y que el director del colegio, puesto de pies, haga la entrega solemne del premio al agraciado, en nombre de la Patria agradecida”. Los premios que entregaba a sus alumnas eran sencillos, entre ellos libros doctrinarios.

Yo, uno de sus sobrinos bisnietos, conservo uno en cuya página interior a la portada figuran las notas de una alumna. Se trata del Compendio del Catecismo de perseverancia o exposición histórica, dogmática, moral, litúrgica, apologética, filosófica y social de la religión, desde el principio del mundo hasta nuestros días, por el Abate J. Gaume […] traducido del francés por D. Francisco Alsina y D.

Gregorio Amado Larrosa. Barcelona, Librería Religiosa, calle de Aviño, número 20, 1877.

Para mostrar el progreso de las niñas, doña Elena invitaba a los padres de familia a que observasen los exámenes publicados de su Escuela. Tal lo registra el escritor Enrique Guzmán (1843-1911) en su diario, correspondiente a los años 1878-1879 y 1880. Sus alumnas pertenecían a estratos acomodados. Por eso facilitaba su casa, al mismo tiempo, para educar huérfanas, quienes recibían instrucción elemental y aprendían artes y oficios. Además, “la viuda perseguida, la doncella acechada, la mujer arrepentida que vuelve sobre sus pasos, la hija ilegítima que no puede entrar por la puerta principal en la casa de su padre, se refugiaba en doña Elena como en los brazos de una madre” —escribió su primer biógrafo: el jesuita Juan Bautista Álvarez de Arcaya.
 
Teórica de la enseñanza católica

Otro aspecto fundamental de esta labor era el elemento religioso. “La educación —según doña Elena lo recordaba al comienzo de las clases—, es la formación personal del ser para que rinda bienes ulteriores”. Pero no explicaba inmediatamente, sino ya avanzado cada curso, la razón por la cual exigía la asistencia a Misa todos los domingos, “ya que si se trataba de formar señoritas, que después podrían llegar a ser esposas y madres de familia, la intervención de la religión serviría de mucho a la mujer y al hogar”. Fortalecida por sus convicciones, agregaba: “Una educación sin Dios es una educación sin base ni coronamiento, sin alma y sin razón suficiente”. Y en una oportunidad que cerraba las clases, antes de las vacaciones, se expresó de esta manera: “La educación obra sobre la inteligencia y la voluntad, y sobre estas facultades actúa la religión de un modo poderoso e insustituible, de tal manera que, si se prescinde de su concurso, la educación queda incompleta”. De esta forma puntualizaba sus ideas para dejar esbozada la primera teoría de la enseñanza católica en Nicaragua.

Modelo de mujer santa y virtuosa fuera del claustro
La Escuela de doña Elena entró en decadencia —como sostiene Josefa Toledo de Aguerri— al surgir en 1882 el Colegio de Señoritas de Granada. Impulsado por el gobierno secularizador del general Joaquín Zavala (1879-1883), con el apoyo de los padres de familia de la ciudad, este otro centro pionero de la enseñanza pública de Nicaragua tuvo de antecedentes el privado de la educadora granadina. Su vida y obras han merecido dos libros, dos folletos y casi un centenar de ensayos y artículos, porque las acciones de Elena Arellano y su intensa vida espiritual la convirtieron en una de las representantes decimonónicas del catolicismo nicaragüense y en un modelo personal de mujer santa y virtuosa fuera del claustro. En efecto, su vida fue ejemplarísima y estuvo determinada por la temprana muerte de su padre en 1842 —ocurrida en la hacienda Quimichapa, Chontales— que la condujo, de 13 años, a llevar votos de castidad y pobreza.

Nacida en Granada el 3 de noviembre de 1836, fueron sus padres Narciso Arellano del Castillo y doña Luisa Chamorro. Formada en un ambiente arraigadamente cristiano de raíces coloniales, heredó una cuantiosa fortuna paterna que administraría para el prójimo, nunca para sí, mucho menos para las vanidades y banalidades del mundo. Y de esta manera, advirtiendo la situación lamentable de la Iglesia, volcó su capital y energías para fortalecer la educación católica.

Introductora de órdenes religiosas
Este voluntario destino explica su celo por financiar la introducción de órdenes religiosas. En 1875 marchó a Guatemala, donde contactó y contrató a las Hermanas Vicentinas, establecidas por San Vicente de Paúl desde 1663, para que se encargaran de administrar el Hospital San Juan de Dios de Granada. Por esos años protegía a los jesuitas —sus guías espirituales— que desarrollaban una activa y fecunda labor en dicha ciudad, pero fueron expulsados por el general Joaquín Zavala, en julio de 1881. Doña Elena, con solícita entrega infatigable, preparó entonces cómodo alojamiento a los religiosos antes de abandonar el país.

Con esta expulsión, sintió remota la posibilidad de instaurar la enseñanza católica entre los suyos. Por eso realizó, el año siguiente, un viaje a Europa. Su objetivo era obtener en Roma permiso para que una orden estableciese en Nicaragua un centro educativo. Y este lo concretó en 1891.Ese año abría sus puertas en Granada el “Colegio La Inmaculada”, a cargo de monjas italianas que expulsaría el general J. Santos Zelaya en 1894. Pero la Orden a que pertenecían —las “Salesas Misioneras del Sagrado Corazón”— retornó en 1921, estableciendo otro colegio en Managua que cumplió 50 años de existencia.

En 1895 doña Elena fundó, siempre en Granada, el Colegio de San Luis de Gonzaga para varones y limitado a la enseñanza primaria. Pero sus mayores realizaciones fueron dos. En primer lugar, la introducción de la orden creada en Francia por la venerable Teresa de Montaignac en 1843: las “Oblatas del Sagrado Corazón”, que en 1903 abrieron un colegio en octubre del mismo año, perdurando hasta 1972. Y, en segundo lugar, su enérgico impulso para traer a los salesianos en marzo de 1912 y siempre a su ciudad natal, donde comenzó a funcionar el Colegio “San Juan Bosco”, que aún perdura.


Su enfrentamiento con el dictador Zelaya
No poca paciencia heroica demostró doña Elena en su empeño por introducir a los salesianos en Nicaragua desde 1895. La siguiente anécdota que protagonizó frente al dictador liberal J. Santos Zelaya la ilustra. “No entrarán, señora —le aseguró el mandatario laico liberal al final de la visita que le hizo ella para obtener, en 1903, el correspondiente permiso oficial. Y doña Elena, levantándose enérgicamente para retirarse, le respondió: “No olvide, señor presidente, que usted no ocupa su alto cargo por méritos personales, ni por voluntad del pueblo, sino por designios de Dios para flagelarnos en pago de nuestros pecados”.

Por otro lado, la vinculación que había mantenido con los hijos de San Ignacio de Loyola —cuyos ejercicios espirituales practicaba anualmente— contribuyó a que se establecieran definitivamente en Nicaragua, pero después de su muerte, en 1916, gracias también al empeño de sus familiares. Además, Elena Arellano fue escritora sacra, teórica de la educación y comprendía que ésta requiere de una dotación espiritual determinada y de elementos éticos. En consecuencia, se propuso prescribir la mentira, que ella clasificaba en mentiras de broma, de jactancia, de servicio y de daño.

Exégeta de la fe, también fue lo que hoy reconocemos como promotora social, pero marcada por la caridad. O sea que desarrolló, hasta cierto punto, la orientación de la Acción Católica, implementada varias décadas después en Centroamérica. En suma, la mujer útil que fue Elena Arellano —encarnando la vocación cristiana del apostolado laico y el ideal femenino proclamado por Juan Pablo II en su carta  “Mulierebus dignitatem”— resulta digno de rescatarse del olvido.


Su muerte el 11 de octubre de 1911

A los 75 años, once meses y veintiocho días fallecía en Granada Elena Arellano, conmoviendo a la ciudad. Al día siguiente —el 12 de octubre— fue su entierro, uno de los más concurridos y vistosos de la época. El director de El Diario Nicaragüense, Pedro J. Cuadra Ch., publicó una semblanza biográfica de la extraordinaria mujer que había sido la finada. Era al Nuncio Apostólico para Centroamérica, radicado en Costa Rica, monseñor Juan Cagliero, a quien Elena conocía desde 1888 cuando gestionaba en Turín la presencia salesiana en Nicaragua. Apenas supo la noticia de la agonía de Elena, Cagliero envió un telegrama a la familia comunicando que el Sumo Pontífice, Pío XI, le había impartido su bendición.

Fechas claves en su homenaje
El 25 de junio de 1937, con los de su hermana Luz, sus restos fueron trasladados de la bóveda familiar del cementerio a la capilla del Colegio San Juan Bosco o de María Auxiliadora, donde reposan. Esta vez el bachiller Guillermo Torres Sanabria elogió sus virtudes en el discurso alusivo recordando, entre otras acciones de Mama Elena —como se le conocía popularmente—, su atención a los enfermos apestados en el Lazareto, establecido con motivo de la peste de viruela negra que asoló Granada en 1892.

El 11 de octubre de 1961 se conmemoró con toda pompa en Granada el cincuentenario de su fallecimiento, habiéndose inaugurado la Avenida Elena Arellano. Ese mismo día, en la Alcaldía municipal, el jesuita Manuel Ignacio Pérez Alonso disertó sobre su vida espiritual y relación, basada en fragmentos y cartas manuscritas, con miembros de la orden ignaciana, revelando que Mama Elena tuvo la valentía de ofrecer su vida por Cristo, de aceptar el martirio cuando intentaron asesinarle después de acoger y atender a los jesuitas en su casa antes de ser expulsados del país en julio de 1881.

Treinta años más tarde, el 11 de octubre de 1991, la municipalidad granadina la declaró Hija dilecta de la ciudad en reconocimiento de sus méritos cívicos y develizó su retrato al óleo. Al mismo tiempo, un comité colocó en la esquina noroeste de la Calle Real y la Calle Atravesada una placa con la siguiente leyenda: “Aquí nació Elena Arellano, benefactora de Granada y pionera de la educación religiosa en Nicaragua”.

El 18 de agosto de 1996, a iniciativa de la misma municipalidad fue inaugurado un busto de Mama Elena en la Calle Real. Finalmente, el auditorio del Ministerio de Educación lleva su nombre.