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Segunda entrega
Traficantes de personas las llevaron a un mundo sórdido lleno de engaño y drogas en Guatemala, donde el menú principal es toda clase de estupefacientes.

Jovencitas chinandeganas, en aquel tiempo menores de quince años, “trabajaban” incluso con rituales satánicos para atraer a los clientes, y como si fuera poco, dos de aquellas desventuradas que lograron escapar y regresar a su familia, en Nicaragua son acosadas y amenazadas por raptores chapines, al servicio de aquella mafia.

Un equipo de EL NUEVO DIARIO, en mayo de 2006, viajó de incógnito y realizó la ruta de las nicas hacia los lupanares en Guatemala, y el mismo equipo, ahora conversa con dos muchachas que lograron escapar.

Policía ciega, sorda y muda…
La de los malvados es simple: en lugares como Chinandega compran conciencias de autoridades y todo se mueve lubricado con dinero. Una fuente extraoficial reveló que incluso algunos oficiales de la Policía Nacional que llegan a restaurantes con sus familias, cuando sacan la billetera para pagar el consumo, reciben la sorpresa de que “alguien” pagó la cuenta.

Otros policías menos escrupulosos, agrega la fuente, “llegan a bares, consumen y hasta yacen con las chicas que más les gustan, y después ya no les interesan las denuncias… siempre alegan que no tienen recursos para movilizarse, y los agentes casi operan al estilo de Guatemala, ya que avisan a los lugares donde están las muchachas, y cuando se realiza el operativo no encuentran a nadie”, enfatizó la fuente.

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) ha hecho talleres para capacitar a miembros de la Policía Nacional en los 13 municipios de Chinandega, y tratar de cambiar la idea de que las muchachas se van por su gusto.

“Nosotros informamos las amenazas que sufría una joven que atendemos, de la persecución a la que por tres días fue sometida, y metimos dos denuncias, pero la Policía no hizo nada, sólo las archivó, y los tratantes salieron tranquilos del país”, señalan trabajadores de OIM.

“Testimonio“ de horror…
Los testimonios vividos en carne propia por estas niñas, parecen salidos de una película de horror. Lo más lamentable es que todo empezó en sus hogares --a una la violó el marido de su tía y a la otra su abuelo-- pero ahora tienen la oportunidad de seguir un camino diferente.

“Esperanza” llamaremos a la primera de estas jóvenes, porque el bebé que lleva en su vientre le enseña que aunque la vida sea difícil y los obstáculos innumerables, siempre se puede comenzar una vez más.

En una joven menuda, morena, baja y con el cabello negro y crespo suelto. En su cuerpo subsisten las señas de explotación en Guatemala, pero ahora ya no usa chapas en el ombligo, cejas, y nariz.

Los recuerdos le arrancan lágrimas, y su nerviosismo le provoca risa y ganas de beber agua a cada momento. Pero no es el calor de Chinandega el que la hace sudar, sino el temor a sus raptores, que la acosan en Nicaragua y le recuerdan que ella les pertenece y que está marcada.

“Esperanza” está marcada por la desdicha desde aquella madrugada en que se levantó para ir a clases, cuando cursaba tercer año de secundaria, y fue violada por su abuelo, un hombre al que apenas tenía tres meses de conocer.

Amigos, pero enemigos
Una amiga le dijo que viajaran a Managua. Luego un amigo de la familia le aseguró que en Managua le iba a conseguir un buen trabajo en un centro de masajes, y que por ser menor de edad, la iban a esconder de la Policía, y así salió de Chinandega con su “amiga”.

“¡Qué va… el tal trabajo de masaje era otra cosa! ¡Por Dios, yo me quise regresar, pero me drogaron y no supe nada más! Toda dunda me llevaron a Guatemala, donde el cochón que nos llevaba nos abandonó en el camino. Tuvimos que pedir para comer, y el colmo fue que me tuve acostar con un viejo asqueroso para saciar el hambre, relata “Esperanza”.

Continúa narrando Esperanza que consiguió un trabajo con una señora que se llamaba “Chabelita”, quien tenía una chicharronería. Ahí las llegó a buscar el amigo de la familia, con la “buena” noticia de que ya les había conseguido trabajo, donde iban a ganar bien.

Las transforman para el trabajo…
“Cuando llegamos al night club de nombre Mediterráneo, nos enviaron a transformarnos, nos llevaron al salón de belleza, nos compraron ropa en una boutique. Ya no era yo, esa ropa me convirtió en otra persona”, dijo “Esperanza”.

Recuerda en medio de lágrimas y con voz pausada, que el amigo de la familia y su amiga estaban de acuerdo en dejarla ahí. El dueño, de nombre Germán, le dijo que subiera al tercer piso, porque tenía que probar la mercancía, agrega, “Ese fue el primer día que probé la cocaína, me dio un colmillo de elefante”.

Germán es un tipo como todos lo que tienen negocios de explotación sexual, además, es el dueño de dos night clubes más: Pecado y Capricho. Como todo patrón, exige más de lo que las muchachas pueden dar.

Trabajo y más trabajo…
“Cuando estábamos cansadas y no queríamos hacer nada nos bajaban a punta de pencazos desde el tercer piso, nos metían la cabeza en una pila con agua helada, hasta que te escapabas de ahogar, nos quitaban la ropa a trompones y nos violaban delante de todas. El dueño repetía una y otra vez: ‘Todas ustedes son mías, de mi propiedad’. Es por eso que hasta te marcan como animal (vaca), nos insultaban, y a mí, como era menor de edad, me enviaban de de lugar a otro”, aseguró Esperanza.

Ella no recuerda cuándo fue que le hicieron la “marca”, pues lo más probable es que estaba bajo los efectos de la droga. Aún carga con ese tatuaje que, según ella, podría tener un significado diabólico.

De lo que sí se acuerda bien es que al encenderse la luz roja y sonar la alarma, las mujeres debían bajar al “escondite”, al sótano, para que la Policía no las encontrara, pues para los dueños es preferible verlas muertas a que escapen.

“No quieren que nos encuentren por las ganancias que les dejamos. En una noche mala les producimos 5 mil quetzales, y en una noche buena hasta 11 mil, pero cuando los clientes pagaban salida, la ganancia para el dueño era 27 ó 30 mil quetzales”, informó Esperanza.

Ritos satánicos…
Según “Esperanza”, en el night club Mediterráneo hay un santo --del cual no dijo el nombre-- al que se le enciende un cigarro, si se apaga es que no quiere nada con la persona o negocio, pero si se lo fuma es seguro que los clientes van a llegar siempre.

“Esperanza” se fumó los siete puros, jugó la ouija, hizo el rito de los siete limones, siete tragos, la ruda, y otras especies con las que fue rociada, le amarraron una pajilla, luego se la echaban en el pecho, y en el portón del club la tiraban y cada uno agarraba su limón, después un pedazo de limón en cada esquina, y esos ritos todos los días.

Hasta el diablo la violó…
“Un día la bruja, ‘Mama Chila, me dijo que si yo mojaba el cigarro, el ‘hombre’ me iba a ‘chimar’, o sea a coger, yo pensé que era mentira, le eché saliva y lo mojé, bien drogada, como a las 8 de la mañana, que es la hora en que cierran los lupanares, mi sorpresa fue que alguien me estaba fornicando, no es mentira”, dijo “Esperanza”.

Después de eso aseguró que miró al diablo, y nada que ver como lo describen --feo, con cachos y una cola larga--, pues era un tipo bien parecido, echaba fuego por los ojos y la boca y vestía de negro, con una gran sonrisa.

Explotada y drogada en Cancún, México…
“A mí me enviaron para atender a unos clientes importantes en Cancún, que por cierto eran uno viejos gringos asquerosos. Nos sacaron en un carrazo salvaje y después nos subieron en un helicóptero hasta llevarnos en un yate. Lo mismo de siempre: bailar, consumir heroína, éxtasis…, y del resto no me acuerdo, sólo que fueron tres días”, recordó “Esperanza”.

No se puede confiar en nadie
Sin temor a equivocarse, asegura que los night clubes son verdaderos infiernos, y que no se puede confiar ni en la Policía.

“Es maldita la Policía, cuando te echan mano, te llevan a la Interpol, y en el mismo cuarto se meten todos a violarte, hasta una cochona, y ya te imaginás, una orgía total.

Después te trasladan a la frontera para deportarte, y el dueño del night club te está esperando allá en un helicóptero, pues todo estaba amarrado con él, y de regreso nosotras las nicas. Todo es corrupto”.

El día que escapé…
El día que escapó, “Esperanza” dijo que su amiga, una tica de nombre “Lucero”, le expresó que se hicieran las locas y que se tiraran del segundo piso a la calle. El vigilante era nuevo, estaba sin pistola. En un momento “Lucero” se dejó agarrar para que ella escapara, y nerviosa se fue en un taxi a la Zona 1 donde salen las excursiones hacia Nicaragua.

Señala “Esperanza” que incluso aquí en Nicaragua la andan persiguiendo los raptores que llegan de Guatemala y andan como en su país, intimidando y haciendo lo que les da la gana.

“Me anduvieron siguiendo, me montaron a una camioneta verde, me violaron por mi casa, tres veces más he huido, la última vez. El año pasado me llevaron a La Pachona, en El Rama, y también me llevaron a Bluefields”, señala.

Según ella, a pesar de interponer la denuncia en la Policía de Chinandega, e incluso de dar número de placas y tipo de vehículo, no hubo respuesta por parte de las autoridades. EL NUEVO DIARIO intentó obtener copia de la denuncia, pero no fue posible.

La historia de Soledad…
“Soledad”, que es el nombre que usaremos para la otra muchacha, comenzó a ser explotada sexualmente por una “amiga” en Chinandega.

“Mi desdicha empezó diferente…, yo comencé a ser explotada sexualmente aquí, después que el marido de mi tía me violó. Me acosaba desde los ocho años, y mi tía le ayudó a escaparse”, dijo entre sollozos Soledad.

Ella y muchas de las otras chavalas, reflejan en sus rostros el martirio vivido. Su menudo cuerpo es casi de una niña de que sufre desnutrición, pero aun así, está contenta por la ayuda que ha recibido de gente que le da afecto y le enseña a caminar de nuevo.

La falta de vigilancia en las fronteras y la corrupción de quienes están en esos puestos hacen que las niñas y muchachas nicaragüenses salgan para un mundo de donde es casi imposible escapar, y las que logran huir son las que cuentan su historia. Las otras son cadáveres.

“La explotadora pagó en cada frontera para que me dejaran pasar, pues sólo llevaba ni partida de nacimiento. Llegamos a un bar de El Salvador que se llamaba El Garrobero, y me sentí horrible, pues vi a la mujer cómo peleaba con un hombre que es quien pagó por mí. Le dije que nos fuéramos y me dejó ahí”, declaró Soledad.

Ese fue el infierno, la obligaron a consumir droga y a tener todo tipo de sexo con los hombres… en su desesperación confió en un nicaragüense, quien le prometió ayudarla, pero como era de esperar, su intención era aprovecharse, y no la dejaba salir, las ventanas estaban cerradas, la puerta enllavada, pero un día se apiadó y hasta la escoltó a la frontera de El Guasaule.

“Como joven que viví ese infierno les digo que no se dejen engañar. No hay tal trabajo... es prostitución, explotación, maltratos y torturas, de donde es difícil levantarse”, concluyó Soledad.

Mañana: Una luz en la oscuridad.

Con la colaboración de Nuestro Diario, Guatemala.