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A Francisco Javier Bautista Lara lo encontramos alegre en un aula de la Universidad Americana, dictando una conferencia sobre su libro de cuentos titulado Inconclusos.

Viéndolo ahí pasivo, interactuando divertido y sobrio con los estudiantes, uno no lo asociaría con la imagen del tipo frío y lógico que se ganó en sus 26 años de servicios policiales, cuando el uniforme policial le impregnaba a su autoridad un aire más de coronel de cuarteles que de detective de crímenes comunes.

Tampoco pasaría por la mente de algunos de los alumnos, ahí sentados, viéndolo con admiración y simpatía, que este hombre que nació en 1960 fue monaguillo, que tocó violín y piano por años en la Orquesta Sinfónica Nacional, hasta que dejó todo para meterse a la guerrilla y desafiar a la Guardia Nacional con rifles de cacería y bombas artesanales.

Son 10 hermanos

Así es la vida de este hijo de María Rosa Lara Oviedo y de Julio Bautista Díaz, que vino al mundo en 1960 en una familia de 10 hermanos y hermanas.

Quizá lo único que sabían los estudiantes es que el hombre que estaba frente a ellos había sido policía y que ahora, como escritor, tenía publicados cuatro libros y más de 50 ensayos sobre diversos tópicos de la vida nacional e internacional.

¿Sabrían, acaso, que uno de sus libros, su primera novela --Rostros Ocultos-- fue donada al Hogar Zacarías Guerra por una solidaridad de antepasado cuando él fue monaguillo y llegaba a jugar básquetbol con los niños huérfanos del hogar? Si no lo sabían, así fue, y aquí cuenta él su historia.

Donó las dos ediciones de la novela Rostros Ocultos al Hogar Zacarías Guerra, ¿por qué motivo especial lo hizo?

Yo tuve vínculos con el Hogar Zacarías Guerra en los años 70. Era amigo de los sacerdotes de ahí, porque yo viví en la Colonia Centroamérica y llegaba a jugar básquetbol al centro, y los niños huérfanos del hogar eran amigos míos, yo iba a jugar con ellos y los padres Alfredo y Miguel, que eran sacerdotes de la orden Franciscana-Amigoniana. Entonces, había un vínculo muy cercano con estos niños, y dado que el libro Rostros Ocultos invita a la solidaridad, me pareció una cosa congruente donar las ventas de esos libros a esa casa.

¿Y no fue también por solidaridad religiosa? Sé que usted viene de una familia muy religiosa.

Yo fui monaguillo en los años 70, y en la Iglesia de Fátima trabajaba con jóvenes cristianos de la parroquia, apoyábamos los esfuerzos sociales de la iglesia en la comunidad, dábamos catecismo a los niños pobres que no sabían leer, apoyábamos a los enfermos y hacíamos campaña de conciencia para incentivar los estudios. Era, pues, una cosa más de humanismo y de sensibilidad que de actos religiosos. Incluso, fue desde mis misiones sociales en la iglesia que me involucré a la guerrilla del FSLN, como un compromiso social más amplio del que ya veníamos haciendo varios jóvenes de la colonia, para cambiar la situación del país en tiempos de la dictadura.

¿A qué tendencia del FSLN perteneció cuando se involucró en la guerrilla?

Guerra Popular Prolongada. Fui del Frente Interno. Éramos miembros del Comando Regional “Julio Buitrago Urroz”, que operaba en la zona oriental de Managua. Yo nunca salía de Managua, fuimos guerrilleros urbanos, nos tocó combatir desde las trincheras y barricadas, cuadra a cuadra, casa a casa, bajo bombardeos y operaciones limpieza. Incluso, nosotros nos quedamos resguardando posiciones en Managua cuando se dio el repliegue táctico a Masaya en junio de 1979.

¿Qué edad tenía cuando se metió a la guerrilla?

Apenas 16 años. Estaba estudiando cuando decidí meterme a la guerra que estaba por estallar. Apoyamos el cambio en el país desde esa óptica de la lucha armada. Yo coordinaba una célula, que me acuerdo que se llamaba “Roberto Vargas Batres”, un muchacho del regional que había caído abatido por la Guardia ahí por donde ahora están los bomberos del Mercado Huembes.

¿Ahí lo encontró el 19 de Julio de 1979?

Sí, cuando se da el triunfo yo estaba en las calles. Yo iba a ir a estudiar a Italia, gracias a una beca, porque había sido el mejor alumno del Instituto Pedagógico. Yo estudié becado en La Salle, porque mi familia era muy numerosa, éramos 10 hermanos y hermanas, y tuvimos dificultades económicas. Como era buen alumno en primaria, me becaron en La Salle y me bachilleré ahí, obtuve buenas notas y conseguí una beca para estudiar en la Universidad de Milán, y hasta estudié italiano en la UCA, y debería haber salido en mayo o junio del 79, pero ya para esa fecha la situación del país estaba al borde de la insurrección y decidí quedarme.

¿Y nunca más retomó esa oportunidad?

No. Cuando decidí quedarme, me dije que si sobrevivía a la guerra de insurrección me tomaría un año más para irme a continuar mis estudios, pero ese año más pasó y perdí la oportunidad y me metí al proceso de la revolución como policía, porque el comandante Marcos Somarriba era en ese tiempo el subdirector de la Policía, y me mandó a formar la Policía de Chontales, en ese mismo año de 1979, y, por supuesto, que no sabía nada de policías, y comenzamos de cero a hacer lo que creímos, con sentido común, que era lo correcto que se podía hacer.

Orientado al compromiso

¿Usted se quedó como policía como una opción de vida o por causa del compromiso con la Revolución?

Yo me quedé en la Policía no porque quisiera ser policía, no elegí ser gendarme del orden, me quedé simplemente porque en aquellos años la conciencia de los jóvenes estaba orientada al compromiso con un cambio social profundo, y de pronto me dijeron que había que formar la institución como una tarea de la revolución y ahí me quedé. Yo me dije que me iba a quedar un año, y que al otro me iba, pero pasó ese año, y así pasaron 26 años hasta que me sacaron de ahí por conspiraciones políticas del presidente Enrique Bolaños y sus asesores.

¿Hay algo inconcluso en su vida que le llevó a titular así su libro de cuentos?

Bueno, mi salida de la Policía Nacional cuando aún no me correspondía dejó inconcluso un procedimiento que no fue respetado por el presidente Bolaños, pero en realidad el libro se titula así porque cada texto invita al lector a concluir algo distinto, y porque cada narrativa pretende que el lector recurra a su creatividad para concluirlo de acuerdo con su óptica.

¿Hay obras pendientes en la carrera literaria de Bautista Lara?

Si, hay libros que todavía tengo que concluir, editar y publicar más adelante, incluso una novela que ya está casi lista. Lo que pasa es que publicar en Nicaragua es muy difícil. Los costos son altos, y debo buscar financiamiento para publicar y no siempre lo encuentro, y entonces lo que hago es esperar a que una parte del libro se venda para con eso ajustar la publicación del otro.

¿Entonces, escribir no es una opción de vida?

Sí es una opción de vida, pero no es un medio para sobrevivir. Si fuera por los libros no podría vivir, vos sabés que yo soy consultor, trabajo en el Programa de las Naciones Unidas y Cooperación Alemana para Guatemala, y eso sí me da ingresos. Entonces la relación con los libros es una especie de compromiso social, moral diría yo, de exponer la situación del país mediante mis ensayos, de comunicar mis ideas sobre las bases de mi experiencia.

¿Qué de su experiencia como policía está reflejado en sus libros? Le digo eso porque siendo usted policía no ha escrito una novela policial.

En los libros uno refleja algo de su experiencia, pero de todos lados. En este caso, en el libro Inconclusos, las primeras diez narraciones se vinculan a la justicia penal, a la violencia criminal, a la investigación criminal y al derecho civil. Ahí hay reflejos de mi percepción y experiencia desde distintas ópticas de la Policía, desde afuera y desde adentro. Hay recreaciones de escenas de crímenes, de hechos violentos que conocí desde la institución policial.

¿Qué ocurrió en la vida de Bautista Lara después de salir de la policía?

Cuando salí de la institución, por la forma en que me sacaron, tres años antes de mi retiro oficial, me enfrenté a un cambio brusco de vida. Yo debía salir en 2007, y me sacaron en 2005. Al salir uno se pregunta: ¿Y ahora a qué me dedico? Pasé casi una semana con esa interrogante, y lo único que pensaba era que debía escribir toda mi experiencia. Pasé una semana sólo pensando, sin hacer nada. Sólo ordené cosas, una y otra vez, y pensaba, pero a la segunda semana, sin dejar de pensar en qué haría de mi vida, ya estaba escribiendo. Y ahí salió Rostros Ocultos, un mes y una semana después de haber salido de la Policía, ya estaba corrigiendo y afinando el libro que estaría finalmente listo semanas después. A los tres meses me llamaron varias instituciones y organismos del extranjero para dictar conferencias, asesorías, consultorías sobre seguridad ciudadana y reformas policiales en varias ciudades de América Latina y Estados Unidos.

¿Es decir, que la salida le abrió puertas que usted no sabía que existían?

En la Policía hay una dinámica un poco absorbente, y a veces hay condiciones políticas que te imponen o tratan de limitarte a ciertas circunstancias. Yo realmente me siento muy satisfecho de estar fuera de la Policía, porque tengo oportunidad de hacer otras cosas, de opinar sobre lo que quiero, de quien quiero y como quiero, de disponer de mi tiempo con flexibilidad y responsabilidad; puedo viajar de Bolivia a Nueva York sin pedir autorización de nadie que no sea mi familia. Ahora digo lo que yo creo que debo decir, sin abstenerme por una decisión política de alguien que no quiere oír mis criterios. Si alguien no quiere oírme lo siento, si quiere debatirlo está bien, y si tiene más argumentos que yo, lo respeto y quizá lo acepte.

¿Qué ocurrió para que el presidente Bolaños lo echara?

Había una situación bien tensa en el país. Al gobierno lo tenían presionado los actores políticos, con protestas, marchas, demandas sociales, ataques políticos, y todas esas cosas que ya recordamos. El presidente Bolaños, muy mal asesorado, por conspiraciones, interpretó muy mal mi vinculación familiar con el alcalde Dionisio Marenco, que entonces estaba recién electo. El alcalde es casado con mi hermana, y en ese entonces era muy cercano a Daniel Ortega, ahora presidente. En el contexto de una protesta, que llegó hasta Casa Presidencial, Bolaños interpretó que yo estaba aliado a Ortega y Marenco, y que conspiraba contra él para derrocarlo, y lo dedujo de una simple relación familiar que alguien de su círculo le sopló, y sin ninguna prueba, sin ningún respeto por la institucionalidad, ordenó separarme del cargo de Subdirector de la Policía Nacional.

¿Y fue sólo decisión de él y de sus asesores o hubo complicidad del alto mando de la Policía?

El ex presidente Bolaños se obsesionó con la crisis política. Todo lo politizaron, y asesores, funcionarios del gobierno, y hasta mandos de la Policía Nacional, se hicieron de la vista gorda y apoyaron mi salida para obtener beneficios propios, y simplemente salí de esa esfera bajo acusaciones de deslealtad al presidente. Todo era falso, menos que yo era sandinista y que era amigo de Nicho Marenco, pero no tenía militancia activa, ni la tengo, ni estaba ni estoy subordinado a nadie políticamente hablando, yo soy una persona libre. Ahora el tiempo pasó, ahora estoy en otro rumbo y para mí es un capítulo cerrado.