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El País    

I Entrega
Barack Obama regresó a Washington el martes tres por la noche con la nominación demócrata asegurada, pero sin tiempo para celebraciones. Su mujer, Michelle, voló a la casa familiar de Chicago, desde Saint Paul (Minnesota), donde el candidato había anunciado su victoria en las primarias, “el final de un recorrido histórico y el comienzo de una nueva carrera”.

Obama, de 46 años, dejaba atrás seis meses de agotadora campaña de primarias, 54 elecciones de las que había ganado 29, y 18 millones de votos. Había intentado hablar con su gran rival, Hillary Clinton, por teléfono durante toda la noche, sin suerte. La senadora, desde Nueva York, anunció que no decidiría nada esa noche. Y desconectó el teléfono.

Casi sin descansar, preparó un discurso para una importante institución judío-americana. La comunidad ha sido uno de los grandes apoyos de Hillary Clinton en esta campaña, y ha mantenido una gélida distancia con el campo de Obama a causa de declaraciones efectuadas por el senador como que se reuniría con el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, durante su primer año en la Casa Blanca, “sin condiciones, para lograr la paz”.


El perfil presidencial
El entorno era, en principio, hostil, pero Obama supo estar a la altura del reto. El que Obama ofreció ante los líderes judíos fue el perfil de un presidente capaz de prometer que “Jerusalén seguirá siendo la capital de Israel, sin divisiones”, o que nunca pondrá en jaque la seguridad de Israel.

El resultado fue un Obama de perfil netamente presidencial, un maestro de la política capaz de adaptar su discurso a las condiciones que la nueva situación requiere. La audiencia se levantó en 13 ocasiones, ahogando su discurso en aplausos. El candidato se metió en el bolsillo a una comunidad que no podía estar más en las antípodas del cambio que él quiere representar: judíos de un lobby afincado en Washington; el símbolo del establishment, del poder y la influencia de Estados Unidos en el mundo.


Es un producto de Chicago
Obama no podría tener una procedencia más diferente a la de quienes lo escuchaban. Políticamente se crió en Chicago, una ciudad en la que el gobierno y el crimen caminan a veces juntos de la mano. Y ni siquiera se formó en el centro de Chicago, uno de los más sólidos bastiones del Partido Demócrata entre las grandes urbes de EU. Obama comenzó a querer cambiar el mundo en lo que se llama el South Side, los suburbios de mayoría afroamericana de la ciudad, una de las zonas más peligrosas y miserables de todo el país.

En 1981, el joven estudiante nacido en Hawai llegó a Nueva York. Tenía 20 años y había sido transferido a la Universidad de Columbia, donde se licenciaría en ciencias políticas en 1983. Obama no se explaya sobre sus años en Nueva York en ninguno de sus dos libros de memorias. Dibuja la gran ciudad como un entorno hostil, por donde vagaba en solitario sin amigos o conocidos. “Pasé aquellos años en la biblioteca. No me relacionaba. Era como un monje”, diría en una revista de la universidad en 2005.


Obama se imaginó ladrando órdenes

* En la entrevista de trabajo, el diálogo que entabló, despejó cualquier duda: lo que más detestaba era la injusticia

David Alandete /El País
Recién licenciado, Barack Obama encontró un trabajo como consultor en las empresas Business International Corporation y New York Public Interest Research Group, una experiencia que en su libro retrata como un pequeño calvario personal. El joven negro sin raíces se encuentra, de repente, con “una secretaria, un despacho y dinero en la cuenta”.

“A veces salía de una entrevista con inversores japoneses o corredores de Bolsa alemanes, veía mi reflejo en las puertas del ascensor --me veía con traje y corbata, maletín en la mano-- y por un segundo me imaginaba como un magnate de los negocios, ladrando órdenes, cerrando tratos. Luego recordaba en qué había soñado que me convertiría, y sentía punzadas de remordimientos por mi falta de iniciativa’, escribe en sus memorias.

Y entonces, en 1985, se encontró con Gerald Kellman en las páginas del diario The New York Times. Kellman era un organizador comunitario, una suerte de trabajador social que trabajaba con las personas que habían perdido sus empleos durante la gran crisis de las siderurgias de Illinois e Indiana en los años 80 del pasado siglo. Muchos de los afectados vivían en el South Side de Chicago. El equipo de Kellman era sobre todo blanco. Para ganarse el favor de estos desempleados decidió contratar a un negro. Publicó un anuncio en el diario neoyorquino y recibió el currículo de un tal Barack Obama.


Su nombre sonaba exótico
Me extrañó este nombre. Era exótico. Le pregunté a mi mujer, que es de origen japonés, si Obama era un apellido nipón”, explica Kellman en la parroquia de Saint Mary of the Woods, la iglesia católica de Chicago en la que trabaja ahora. “Puede que sí”, le dijo su mujer. El currículo y la carta de presentación le gustaron, así que llamó a Obama y le preguntó si era japonés. Obama dijo que no, que era negro, y que era su sueño ser organizador comunitario.

En un caluroso día de agosto se reunieron en una cafetería de la avenida Lexington. “En lugar de entrevistarle yo, fue él quien me entrevistó a mí”, explica Kellman. “Para mí era muy importante contratar a alguien que no se quemara pronto; una persona con ganas de trabajar con gente muy pobre, de escasa formación, gente maltratada por la vida”, explica Kellman. “Barack era alguien sin identidad a la búsqueda de sí mismo, capaz de ayudar a los demás en este propósito. Y sabía escuchar. Eso es fundamental, saber atender a los problemas de los demás”.


Lo que más le enfadaba
Recuerda especialmente una parte de la conversación que mantuvo con Obama que lo decidió a ofrecerle el puesto inmediatamente.

-¿Qué es lo que más te enfada en el mundo? ¿Qué te saca de tus casillas?
-La injusticia.

Obama aceptó el trabajo, aunque el sueldo lo convertía en alguien que rozaba el límite de la pobreza. Eran 10,000 dólares al año. Kellman se las arregló para pagarle un coche --“o algo similar a un coche”--, un destartalado Honda que costó 2,000 dólares. Lo cargó con todas sus posesiones y condujo los 1,200 kilómetros que separaban Nueva York de Chicago. Nunca había estado en esta ciudad, pero sabía que era una urbe sumida en una verdadera batalla racial.

En aquella época, el primer alcalde negro de la ciudad, Harold Washington, se enfrentaba a todo el racismo y las reticencias de una ciudad hasta hacía poco gobernada siempre por blancos.

Obama y otros organizadores comunitarios comenzaron a coordinar su trabajo en el rectorado de la iglesia del Santo Rosario, un modesto edificio de ladrillo marrón en el barrio de Roseland, en el sur de la ciudad. Su despacho, compartido entre tres, era un medio sótano con dos ventanucos, sin ventilación alguna e iluminado por un tubo de luz fluorescente.


Mañana:
* Ex compañeros de trabajo lo veían como “una persona trabajadora, que sudaba la camisa. El mismo que veo en la tele ahora”

* Descubre el poder del voto, y calculando mejor su vida, se matricula en Derecho, en la Universidad de Harvard
* Lejos de ser un novato, Barack presenta un buen récord en materia legislativa, capacidad para el diálogo y un perfil político netamente liberal.