•  |
  •  |
  • END

Mucho se ha hablado del liderazgo revolucionario de Carlos, de su heroísmo y entrega, de su lucha por la patria, de su estatura como pensador y como estratega de la guerrilla. Pero hay otra faceta menos conocida de él, y es su calidad como ser humano. Carlos fue un hijo extraordinario. Amaba a su madre por encima de todas las cosas del mundo, y ella correspondía con creces a ese amor de hijo.

Era un hermano ejemplar. Como estudiante siempre fue el primero y causaba la admiración de sus maestros y sus compañeros.

Solamente amó a una mujer, su esposa, a quien le fue fiel hasta el día de su muerte, y fue un padre abnegado y sacrificado, mientras convivió con sus hijos.

Su corazón sólo albergaba amor
Monseñor Octavio José Calderón Padilla, que era su confesor, le dijo al doctor José Ramón Gutiérrez, amigo de Carlos, cuando éste se despidió de él para ir a la universidad: “Él es puro, él es un joven recto e intachable. Hay que cuidarlo para que no se desvíe”.

Julio Mayorga Portocarrero, profesional nicaragüense que compartió con Carlos los años 59 y 60 en Cuba, dice: “Su corazón sólo albergaba amor para la gente. Era un sacerdote de la revolución. Su lucha era patriótica y se opuso siempre al terrorismo”.

El comandante Jaime Wheelock, quien convivió con él los años 70 en Cuba, dice: “Carlos ejercía un magisterio místico y moral, y llevaba una vida monacal.

Mirna Torres, hija del profesor Edelberto Torres, padre espiritual de Carlos, dice: “Carlos era un hombre tan honesto que, en los años 70, cuando el racionamiento era tan estricto, él vivía con su familia en un apartamento muy modesto. Mientras otros guerrilleros latinoamericanos gozaban de privilegios viviendo en hoteles; él quiso ceñirse a la tarjeta de racionamiento, viviendo como los cubanos más humildes”.

San Rafael del Norte
Mi madre, Agustina Úbeda Aráuz, era prima de Blanca Aráuz de Sandino y de doña Agustina Fonseca Úbeda, porque en aquel pueblo tan pequeño, San Rafael del Norte, casi todo el mundo era pariente.

Carlos Fonseca Amador se matriculó en 1950 en el Instituto de Matagalpa. El primero de agosto de 1954, Carlos Fonseca Amador fundó su revista Segovia.

La Estrella de Oro
La noche del dos de marzo de 1955 sería inolvidable para Carlos Fonseca y para todos nosotros, sus compañeros. Esa noche recibió su diploma de Bachiller en Ciencias y Letras, acompañado por su madre, doña Tina.

En febrero de 1956, apareció el número 11 de Segovia, bajo la dirección de Francisco Buitrago, quien me había solicitado una colaboración humorística. En una de las sátiras me refería a la polémica que se había desatado entre José Ramón Gutiérrez y unas señoritas profesoras de la ciudad, bastante reaccionarias, por cierto, quienes incluso, lo habían llevado a los tribunales. A Carlos le gustó mucho la sección y, un día que me lo encontré en casa de “Moncho”, me felicitó. Dijo que yo dominaba bien el género satírico y que debía seguir cultivándolo. Me recomendó algunos humoristas rusos y prometió conseguirme libros. Desde entonces nos hicimos amigos.

Carlos se matriculó en la Universidad Nacional en 1956, cuando el viejo Somoza estaba en plena campaña reeleccionista.

En 1958, se expulsa a Fonseca Amador del país; Luis Somoza lo manda en helicóptero a Guatemala, donde los exiliados le consiguen trabajo en una feria.

Allí se preparaba para participar en la acción militar que después sería conocida como la invasión de El Chaparral, organizada por grupos que intentaban derrocar a Somoza.

Después de la masacre estudiantil del 23 de julio en León, organizamos manifestaciones de protesta y publicamos un semanario opositor en Matagalpa. Caí preso y me fui a Costa Rica, con intención de estudiar periodismo.

Entrevista en San José
Una tarde, a mediados de febrero de 1960, caminando por el Parque Central, me encontré de pronto con Carlos Fonseca, quien me saludó cariñosamente y me invitó a un café. Él sabía que yo estaba en San José, pues seguramente su mamá le contó que me había visto. No sé si me siguió o fue un encuentro casual. Sonreía con aquella risa vital, que iluminaba su cara cuando estaba contento. Hablaba con convicción profunda, sus gestos y sus palabras tenían fuego y seguridad.

Me contó que venía de Cuba y yo, infantilmente, le pregunté si había conocido a Fidel Castro.

Me explicó que lo más importante no eran las personas, sino el proceso, la revolución misma que se efectuaba en la isla.

Estaba sumamente delgado y se miraba más alto de lo que realmente era. Andaba con una gorrita verde olivo en la cabeza y lucía un bigotito y barba incipientes. Apenas se restablecía del balazo en el pulmón.

Cuando creía que arreglaríamos una nueva entrevista, se fue diciéndome que eso no era posible.

Me despedí de él con verdadera nostalgia. Se había convertido en mi héroe.

Carta a doña Lolita
Con fecha diez de junio de 1960, Carlos escribió una carta a la esposa de su padre, doña Lolita Arrieta de Amador, en la que se ponen de manifiesto las buenas relaciones que guardaba con ella y cómo podía ganarse la simpatía de la gente aún en casos en que las circunstancias familiares normalmente son difíciles. La carta dice así:
“Esta carta desde hacía muchísimo tiempo que había querido escribirla, pero no podría explicar las razones que me han impedido hacerlo.

La intención de escribirla estaba movida especialmente por el deseo de expresarle una cuestión que producirá un descanso en mi conciencia. Quisiera expresarle mi gratitud por toda la generosidad que ha prodigado usted a mi existencia. Yo quisiera corresponderle en la misma forma porque es un deber. Pero mejor que yo, creo que la misma vida lo está haciendo. Esté usted segura de que la bondad con que Ud. me ha acogido tanto a mí como a todas aquellas personas que han tenido oportunidad de estar cerca de Ud., será correspondida en la forma de unos buenos hijos”.

Al final de la carta hay una referencia al héroe de El Chaparral, Manuel Baldizón, quien dejó una huella profunda en el alma de todos los sobrevivientes de dicha masacre:
“Ya para terminar, quiero hacer un recuerdo doloroso. Manuel Baldizón. Ese recuerdo es una razón para continuar la vida que me he trazado. Mi vida no es mía, pertenece a los que mueren y a los que sufren porque no hay justicia”.

Firma: Carlos
Viaje a Cuba (1962)
Con Marco Antonio Quintana, dirigente estudiantil de la Facultad de Derecho, trabajamos en las campañas de Alan Gross Quiroz y Juan José Ordóñez, quienes sucesivamente ganaron la presidencia del CUUN.

Una tarde me encontré frente a Juan José delante del Edificio Central de la UNAN, y me dijo que había 60 invitaciones para que universitarios nicaragüenses asistieran a un congreso estudiantil en Cuba.

Me propuso viajar subrepticiamente vía México y que me acompañaría Iván Otero, estudiante de medicina.

El viernes nos presentamos en el aeropuerto. A las siete de la noche nos pasaron a la sala de espera por un estrecho pasadizo donde el Servicio Secreto fotografiaba a todos los que viajaban a la isla. Por acuerdo de la OEA, todo el continente había roto relaciones con Cuba, menos México. Éste era el único punto de salida y entrada.

De pronto, alguien me puso la mano en el hombro, levanté la vista y no lo reconocí, pero luego, al ver aquella sonrisa familiar, la calza de oro en los dientes superiores, me levanté alegre y lo abracé.

-- “La verdad es que estás irreconocible. No sabía quién eras”.

-- “Esa noticia me alegra, ojalá la Seguridad diga lo mismo”.

Era Carlos. Lucía un bigote muy crecido, anteojos oscuros y gruesos, como de costumbre, traje entero color café a rayas (parecía que se lo había prestado algún señor que fuera dos o tres números más grueso que su talla). Encima del vestido andaba un sobretodo o capa impermeable que desfiguraba más su aspecto, haciéndolo lucir gordo. La cabeza se la cubría un sombrero de tela.

Era otro hombre: fuerte, seguro de sí mismo.

Realmente, en aquella época yo no tenía una noción exacta de lo que andaba haciendo Carlos, para mí era un opositor que vivía en el extranjero, como los demás. Por eso siempre me desconcertaban sus medidas de seguridad, estando tan lejos del enemigo, según mi criterio.

En mi tremenda ignorancia llegué a decirle que le iba a presentar a mi compañero, pero él no lo juzgó conveniente por razones de compartimentación.

-- “No me presentés a nadie. Si te pregunta quién soy, decile cualquier cosa. Que soy un amigo que conociste en el viaje”.

-- “Casi siempre veo a tu mamá. Allá llega a mi casa a platicar. Vive afligida porque andás metido en esto. Dice que a estas horas ya serías abogado”.

-- “Mirá, hermano, Nicaragua tiene muchos abogados, pero le faltan verdaderos revolucionarios”.

-- “Estuve en la casa del profesor Edelberto Torres, es una gran persona”.

Carlos se entusiasma y exalta:
-- “¡Ese hombre es un santo laico, un verdadero santo!”

Entre ellos se había creado una mutua admiración, al punto que el profesor Torres afirmó una vez, ante varios políticos de izquierda, que no creía en nadie más que en el joven rebelde. En la introducción de su magnifico libro “La dramática vida de Rubén Darío”, el profesor Torres se refería a Carlos calificándolo como un gran dariano y cuyas investigaciones sobre el poeta, en las bibliotecas de Costa Rica, México y La Habana, le habían ayudado mucho para hacer su libro. Esa faceta dariana de Carlos aún es poco conocida.

-- “Oíme. Bonito el programa de radio que tenés con Chico Gutiérrez en León”. Me asusto. ¿Cómo pudo haber oído el programa si la Radio Atenas, donde lo hacía, no cubría ni siquiera Nicaragua? Hasta después sabría que Carlos entraba y salía de León continuamente.

-- “¿Y Chico Buitrago? Me han dicho que está en Cuba”.

-- “Él está en algún lugar, ocupando su puesto de lucha. Te voy a decir algo más: debés estudiar el marxismo. Ninguna persona que quiera cultivarse puede desconocerlo. Podés estar de acuerdo en todo o solamente en parte. Yo estoy de acuerdo en todo, por supuesto”.

A continuación tocó un tema interesante, que demostraba lo amplio de su pensamiento y el conocimiento exacto que tenía de la historia de Nicaragua. De lo informado que estaba sobre lo que sucedía en el país.

En esos días Pedro Joaquín Chamorro había sido enjuiciado por organizaciones obreras de izquierda. Se sacó de la bolsa un recorte de La Prensa, donde aparecía un obrero gritando: “¡Paredón para Pedro Joaquín!”

-- “Mirá este ‘camarada’. Está pidiendo paredón para Pedro Joaquín Chamorro, pero te aseguro que jamás ha pedido paredón para Somoza”.

Como hemos dicho, ciertos comunistas se negaron siempre a apoyar movimientos armados, calificándolos de aventuras pequeño-burguesas. Pero tampoco se daban a la tarea de organizar sus propios movimientos clasistas, sino que se quedaban estáticos.

-- “Cuando regresés a Nicaragua no le contés a nadie que me has visto. No te lo digo sólo por mí, sino también por vos”.

El avión se acercaba a la isla y él se puso de pie.

–- “Esas son las luces del socialismo -–dijo como para sí-–. Las luces del socialismo son diferentes a las luces de las ciudades capitalistas”.

Hoy quizá puedo interpretar mejor el significado de aquellas palabras. Para Carlos aquellas luces significaban la libertad, estar lejos de la sanguinaria seguridad somocista. Era encontrarse con una revolución tal como la había soñado siempre.

-- “Bueno, hermano, ahora nos despedimos, después de ahora ya no me conocés”.