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Quien ve a esta mujer, siempre risueña y dinámica, se la imagina bailando soul o cantando aquella canción del Rey del Calypso, Harry Belanfonte, que ella entona con una emoción contagiosa: “Day-o, day-ay-ay-o/Daylight come and me wan’ go home”, esa que la gente conoce como “La banana”.

Dorotea Louis Wilson Thatum o Dorothy, en inglés, como la nombró su mamá, una mujer creol oriunda de Puerto Cabezas, morava, que parió a nueve hijos y vendía cosa de horno a base de coco, es una costeña dedicada a la reivindicación de los derechos de las mujeres afrodescendientes en Nicaragua y en América Latina.

Es conocida, dentro y fuera del país. Es negra y con orgullo. Es costeña nicaragüense y ciudadana universal de las mujeres afro. Es una de las pocas que se ha abierto camino en este mundo dominado por hombres, donde impera el racismo, el machismo y múltiples formas de discriminación que ella conoce en carne propia.

Wilson recibió el miércoles pasado un premio por su lucha a favor de la defensa de los derechos humanos de las mujeres afrodescendientes. Al recibirlo recordó su historia: la historia de miles de mujeres que, a diferencia de ella, aún viven en la pobreza y en enormes condiciones de desigualdad, tanto por raza como por condición de género.

Cuenta la historia --ella-- que a las playas del Atlántico Norte de Nicaragua llegaron africanos al nado, luego de que un barco de esclavistas naufragara producto del alzamiento de los esclavos en alta mar. Estos africanos fueron los primeros pobladores afrodescendientes de la Costa Caribe.

“Mis abuelos llegaron a Nicaragua desde las islas del Caribe buscando trabajo y mejores condiciones. Pese a esos esfuerzos, mi padre terminó trabajando en una mina, donde contrajo silicosis, la cual finalmente lo mató. La realidad desde entonces me obligó a asumir posiciones y a luchar por tratar de superar las condiciones de vida de nuestras comunidades”, recordó.

Monja y guerrillera
Cuando ella tenía 12 años sus padres se separaron. Llegó un momento cuando su mamá, quien cantaba en el coro de la Iglesia Morava y vendía cosa de horno a los trabajadores de las compañías madereras, no pudo con los siete hijos que tenía a cargo, y envió a Dorotea donde su padre, quien trabajaba en Siuna.

“Estudié con las religiosas de Mariknoll y estuve en el convento del Divino Corazón de Jesús. En la congregación, las monjas cuidaban a niños huérfanos. Allí conocí a madre Maura y a madre Laura, quienes después se fueron a El Salvador, y murieron junto a monseñor Óscar Arnulfo Romero”, cuenta.

Dorotea Wilson fue monja durante nueve años: hizo los votos temporales, pasó el aspirantazgo. Se salió de la orden de las Carmelitas del Divino Corazón de Jesús e ingresó a las Misioneras de Cristo, que, en sus palabras, “eran un grupo de chavalas del campo con el acompañamiento del padre Teodoro, un padre capuchino que aún está en La Cruz de Río Grande, y que nos ayudó para que pudiésemos hacer algo muy propio”.

“Era contradictorio” --reflexiona Dorotea-- “porque mi mamá y mi papá eran moravos. Mi papá --que estaba en las minas-- decía que era la única oportunidad que teníamos en aquel entonces. En ese aspecto, él me apoyó mucho. Mi mamá estaba en Puerto Cabezas y no se involucró mucho. Fue una decisión que yo tomé, y que en aquel entonces era una oportunidad para continuar con los estudios, tener una posibilidad de superación y también de hacer obras sociales”.

Pero llegó un momento cuando la necesidad de cambiar la situación del país la obligó a dejar los hábitos e internarse en la montaña a luchar, como miles de nicaragüenses más, por un cambio de sistema.

“Lo que me lleva a entrar en la guerrilla es, precisamente, el vínculo religioso, porque todo el trabajo que hacían los capuchinos en aquel entonces era preparar a los delegados de la palabra. Había muchas acciones pastorales y de obras sociales”.

“Estuve en el convento de los 19 a los 28 años. Entré a la guerrilla por el contacto con el campo, las mujeres, los delegados de la palabra. Ellos nos decían: ‘Hermana, por aquí pasó Modesto, por aquí pasó Rufo, los diferentes compañeros de la guerrilla quieren que les ayudemos’”.

“Cuando nosotros regresábamos no estaban los delegados de la palabra, había fosas comunes, la situación estaba mal, los capuchinos denunciaron esas masacres y desapariciones. Fue entonces cuando tuve que tomar la decisión: o continuar así o meterme de lleno, porque ya había mucha información sobre los vínculos de nosotros con los campesinos que estaban apoyando a la guerrilla. Así fue como tres de nosotras nos salimos”.

Hábitos con botas
Y así, de pronto, su vida de monja sufrió un gran cambio. Ella lo recuerda de esta forma: “Estuve como ocho meses en la montaña como parte de la Brigada ‘Pablo Úbeda’, pero desde mucho antes ya estaba involucrada con los guerrilleros. Allí nomás fue el triunfo, la toma de Bonanza, de las minas”.

¿Cuál fue la lección de aquella etapa de su vida?
El compañerismo, esa colectividad, solidaridad que después no se encontró, porque cada cual se fue por su lado. Muchas compañeras y compañeros se olvidaron de esos principios, de luchar por la causa, por lo que habíamos creído y queríamos hacer en aquel entonces.

¿Está involucrada con el Frente Sandinista?

No estoy involucrada, sí yo soy sandinista y simpatizo con el Frente.

¿Cuál ha sido la mejor etapa de su vida?
La actual. Me siento muy realizada con lo que estoy haciendo. Creo que este fue uno de los temas pendientes del Frente Sandinista. Creo que el Frente hizo muchas cosas en la etapa revolucionaria por las mujeres, pero actualmente tiene mucho pendiente, y lo que estoy haciendo me satisface porque siento que estamos llegando a más mujeres.

¿Y qué le falta hacer en la vida?

Escribir un libro sobre mi vida, about my life. Me gustaría ver menos discriminación, menos exclusión, somos mas de 200 millones de afrodescendientes en América, ¿por qué no tener mejores condiciones? Creo que me falta seguir incidencia.

Esa mujer
La sonrisa de Dorotea Wilson es inconfundible. Es enorme y contagiosa. Con esa misma sonrisa que nos recibe al iniciar esta entrevista, posa en las fotografías de antaño, ya viejas y amarillentas, donde está vestida de monja, y también donde sale con ropa militar, cuando estaba clandestina en la montaña.

Con esa misma sonrisa canta soul, calipso y los villancicos. Con esa sonrisa de felicidad cuenta lo mucho que le gusta bailar este tipo de música. “Los 24 de diciembre por la noche íbamos a las cárceles a cantarles a los presos, íbamos a los hospitales, por eso conocí también a madre Maura, tenía una voz muy linda. Mi mamá también cantaba”, recuerda de su época de monja.

Ella se esmera en conservar las costumbres creoles, que según explica, tienen mucho que ver con la cercanía de la familia. “Somos una familia extensa, nuestra familia no es solo mamá, papá, hijos. El cuido de esa familia está a cargo de las tías, hijas, sobrinas. Yo tengo pocas hijas, porque mis sobrinas son mis hijas. En la casa procuro que los niños siempre coman con nosotros, que haya platillos bien preparados: rondón, pescado”.

Wilson fue alcaldesa de Bilwi, diputada ante la Asamblea Nacional en la década de los 80, miembro del Consejo Regional Autónomo de la RAAN, miembro de la Dirección Nacional del Frente Sandinista, y a inicios de los 90 fundó con otras mujeres la Red de Mujeres Afrolatinoamericanas, Afrocaribeñas y de la Diáspora, de la que actualmente es coordinadora general.

El Premio Internacional por la Igualdad y No Discriminación le fue otorgado por el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), debido a “su larga lucha por los derechos de las mujeres, y porque ha impulsado procesos desde la sociedad civil organizada, desde la representación política, y tejiendo y sumando esfuerzos con organismos internacionales”.

¿Qué significa para usted ser una mujer afrocaribeña?
Fortalecer mi identidad, mis lazos culturales, no solo a nivel personal. El racismo se siente, hay muchas formas de racismo, desde lo más pequeño hasta lo más grande. La forma en que se trata a la población indígena y afro se mantiene en el comportamiento. Por ejemplo, cuando uno viaja, eso se ve en la forma en que te registran, cómo te interrogan, cómo te ven, piensan que podés ser mulero. Es un estigma. Yo he viajado mucho, y aunque dicen que escogen aleatoriamente al que van a interrogar, no es cierto, siempre es dirigido a la población negra. Otra forma de exclusión es que tu palabra no sea tomada en cuenta, porque además de ser mujer, sos negra. A veces se siente una gran impotencia. Te discriminan por negra y por mujer.

 

Mirada de mujer
Esa trayectoria, de romper con la tradición religiosa de la familia, de asumir con profundidad el servicio a los pobres como monja, y de abandonar los hábitos cristianos para combatir por un cambio social en Nicaragua, llevó a Dorotea al feminismo y la defensa de los derechos sociales.

“El modelo genérico que tenía entonces era el tradicional, el que tenía la mayoría de los revolucionarios y no revolucionarios en esa época, y que era el de sumisión al orden patriarcal en todos los estratos de la vida”, señala.

Asegura que la conciencia de género que ahora tiene la fue construyendo en todo su proceso revolucionario en los duros años de la guerra impuesta por Estados Unidos a Nicaragua, de 1979 a 1990.

“En la medida en que las mujeres fuimos discutiendo sobre la situación, no solo del pueblo en general sino de las mujeres en particular, fuimos concluyendo en la importancia de reivindicar nuestros derechos ante el proceso del que éramos parte”, cuenta.

Ahora, la conciencia de género para ella es luchar para que la mitad de la población, las mujeres, vivan en total igualdad social, económica y política, y posean los mismos derechos e iguales capacidades y potencialidades que los hombres y mujeres de otros grupos étnicos.

“Mi conciencia de género me obliga a asumir el compromiso de apoyar mujeres, promovernos, luchar juntas defendiendo nuestros derechos, sobre todo desde mi origen e identidad racial, mi cultura y dignidad de mujer negra del Caribe”, relata.

Su mayor sueño es aspirar al reconocimiento de sociedades más democráticas, equitativas, justas, multiculturales, libres de racismo, discriminación racial, sexismo y de exclusión, y promoción de la interculturalidad. Quizás esté a punto a ver sus sueños cumplidos. Ha luchado mucho por lograrlo.