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1911, año convulso en Nicaragua. Una nueva Asamblea Constituyente había sido electa tras la salida de José Santos Zelaya por la intervención de Estados Unidos. En este contexto histórico, el 14 de noviembre de 1911, doña María Salome Ampié, da a luz en Managua a Mercedes Abdulia Ampié Sánchez, quien sería la mayor de tres hermanos: un varón y dos mujeres.

Esta señora de figura espigada, coqueta y de ojos vivaces, nos cuenta con lucidez, muchos acontecimientos políticos y desastres naturales de los que ha sido testigo viviente. En la vieja Managua, muy cerca de la Cervecería, su madre tenía una refresquería para mantener el humilde hogar. Doña Mercedes ayudaba a su madre con el pequeño negocio junto a sus hermanos, Vivian Isabel --de bellos ojos verdes--, y Jorge, conocido popularmente entre familiares y amigos como “Champiester”.

Esta centenaria dama se declara devota militante del Santísimo y de las advocaciones de la Virgen María, representada en María Auxiliadora, el Perpetuo Socorro, y, muy especialmente, la Purísima Concepción de María, a quien celebraba hasta hace pocos años. Todos los días reza sus novenas, y con picardía nos dice que no necesita lentes para leer.

Ni permisos ni tiempo para “noviar”
Recuerda doña Mercedes que su madre era una mujer de carácter fuerte, y que les inculcó siempre el amor al trabajo. Tenía pocas oportunidades de salir a pasear, y cuando lograba el permiso de la madre y un descanso en la refresquería, se iba a bailar a la Casa del Obrero o bien a alguna reunión familiar. Le encantaban el foxtrot y los valses. Era una joven que usaba poco maquillaje y perfume. Era feliz con su pelo largo y abundantes rizos.

Contaba con 18 años cuando conoció al que sería su único novio y posterior esposo, don Luis Cardoza, mecánico de profesión, quien trabajaba en una planta eléctrica cerca de su casa, y buscaba siempre la excusa para llegar seguido a comprar algún refresco, solo para ver a su “chavala”.

Doña María Salomé permitía la visita del enamorado de jueves a domingo, y solo una hora: de 6 de la tarde a 7 de la noche. Pasaron así tres años de un noviazgo supervigilado, compartiendo miradas y fugaces toques de mano. Esa jalencia fue mecida por el primer terremoto que azotó Managua, en marzo de 1931. Doña Merceditas tenía apenas 20 años.

A las 10 y 23 minutos de la mañana, un martes, en plena Semana Santa, la ciudad fue sacudida por un temblor que empezó de una manera lenta, y fue aumentando en intensidad hasta convertirse en el terremoto que causó la destrucción de una naciente ciudad.

Por lo particular de la época, los mercados, almacenes y tiendas de comercio estaban atestados de gente que se preparaba para la Semana Mayor. Este desastre fue recordado por nuestra entrevistada como un día de gran espanto y confusión. Al vivir en un lugar céntrico, pudo ver cómo corría la gente despavorida de un lugar a otro.

Dos años después de esa hecatombe natural, los novios sellaron su amor en la antigua Catedral de Managua, en una misa concelebrada por el sacerdote Luis Almendárez, y con la bendición de monseñor José Antonio Lezcano, primer Arzobispo de Managua.

Sin tener una luna de miel como Dios manda, por el trabajo de ambos y por la situación posterremoto, doña Mercedes Abdulia formó su hogar, el cual duró solamente seis años. Un día de tantos, don Luis contrajo una fuerte pulmonía al caerle una lluvia tras una larga jornada de trabajo. Ella lo recuerda como un hombre trabajador, que disfrutaba de la lectura y a quien le gustaba estar en casa. De esa unión nació su único hijo, Vicente Cardoza Ampié.

Recuerda doña Mercedes que al quedar viuda tan joven, se refugió más en el trabajo y en el cuido de su hijo. Fueron muchos años duros y muy tristes, pero siempre contó con el apoyo y el amor de su familia, por eso nunca supo lo que era una depresión, nos dice.

¿Nunca se volvió a enamorar?, le preguntamos, a lo que ella nos responde que su madre tenía una frase que siempre le repetía: “La mujer que trabaja no piensa en amores”, y por eso se quedó viuda para siempre.

Cuando Sandino llegaba a comprar refresco a su venta
Doña Merceditas recuerda muy bien cuando el general Augusto C. Sandino llegaba al negocio familiar a comprar unos refrescos para él y sus hombres, que le acompañaban siempre. “Sandino, recuerdo que nos compraba chibola roja para los demás, y para él prefería el fresco de chingue” (bebida tradicional de esa época, hecha a base de maíz, receta casi desaparecida).

¿Usted sabía quién era Sandino cuando lo miraba de cerca?
Ya habíamos oído hablar de este hombre, yo lo admiraba.  
Con mucha determinación afirma que nunca ha simpatizado con los políticos por considerarlos personas ambiciosas que no hacen nada por el pueblo. Dice  que nunca les dio un solo voto a los Somoza ni a sus títeres.

En diciembre de 1972, doña Merceditas vuelve a sentir la furia de la naturaleza con el terremoto que truncó la celebración navideña y dejó miles de muertos y otros miles de heridos y de desaparecidos en la capital nicaragüense. Recuerda que una tía los llegó a rescatar para llevarlos a vivir un tiempo a Ticuantepe. A los pocos meses regresaron a Managua, y se llevaron la terrible impresión al ver una ciudad destruida, y lo que había sido su casa y negocio, saqueados.

Tras una lucha de años, lograron salir adelante y compraron un terreno en el barrio Los Ángeles, donde construyeron una propiedad, la que en la actualidad está bajo el cuidado de un sobrino de doña Merceditas.

Hace unos años, sus sobrinas Juanita, Consuelo y Sagrario Ramos Ampié, se hicieron cargo de doña Mercedes, porque ya era imposible, por su edad, que siguiera viviendo sola en su casa. Ella ahora habita en la Colonia Salvadorita o “Christian Pérez”, zona oriental de Managua, rodeada de cuidados y de cariño.

Siempre le ha gustado viajar
Nos cuenta que hasta hace poco tiempo realizaba constantes viajes a Estados Unidos por invitación de su descendencia, hasta que se le venció su visa. Por recomendación médica, debido a su edad, no puede entrar a un avión. Hace varios años logró visitar el Santuario de la Virgen de Guadalupe en México.

Vicente, su único hijo, le dio seis nietos, estos a su vez le aumentaron la familia con 16 bisnietos, y, en la actualidad, goza al contar 13 tataranietos. Todos ellos  preparados profesionalmente, tratan de estar pendientes de ella en la distancia, llamándola a su celular.

“Si tuviera visa americana estaría ahorita mismo en Miami celebrando mi cumpleaños”, dice, con una chispa de alegría, que ilumina su rostro, dulcemente resaltado con rubor en las mejillas y carmín en sus labios.

¿Cuál es la receta?
Esta señora de las diez décadas dice que nunca pensó que llegaría a esta edad, y que cree que  ha alcanzado la misma, porque siempre trabajó duro, no tomó licor ni fumó, siempre duerme sus ocho horas, come bien los tres tiempos, y se mantiene activa. Es asidua lectora de los periódicos nacionales, sobre todo de EL NUEVO DIARIO, le gusta mantenerse bien informada de lo que ocurre en Nicaragua y en el mundo, lo que la ha convertido en un ejemplo para los actuales estudiantes, “alérgicos a la lectura”. Lee hasta los anuncios.

Doña Mercedes goza de buen apetito y gusta mucho de las sopas, de los frijoles, verduras, ensaladas y frutas. Su sobrina Sagrario, quien la atiende todos los días, cuenta que de vez en cuando “peca” con un nacatamal de pollo o con una gaseosa. En el último chequeo de rutina, realizado en octubre, el internista y el cardiólogo la encontraron en perfectas condiciones de salud, y felicitaron a su familia por mantenerla en buen estado físico y mental.

Desde joven se acostumbró a tener en su casa las hortalizas necesarias para su buena alimentación. En la actualidad, no tiene ni anemia ni padece de ninguna enfermedad crónica. Hace poco tiempo sufrió un leve ataque al corazón, sin embargo, para sorpresa de médicos y de familiares, doña Merceditas salió airosa del hospital.

Doña Mercedes no está quieta, le gusta limpiar frijoles para la venta que tiene su sobrina Consuelo, le gusta darle de comer a un par de chocoyitos, y prefiere doblar y guardar ella misma su ropa limpia. Por las tardes camina un ratito en el porche de la casa para mantener bien la circulación de sus piernas.

¿De qué se arrepiente en estos cien años?
De nada. Soy una mujer que no le ha hecho daño a nadie, nunca he odiado, nunca he peleado, tengo mi conciencia tranquila. Estoy en paz con Dios.