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Cuando uno se encuentra por primera vez con el profesor Julio Guerrero Díaz lo que más llama la atención es su aspecto. Es un señor alto, moreno, con el cabello peinado con una raya al lado y viste con el esmero de un niño que engalanan para las misas del domingo: siempre perfumado, siempre formal, con su camisa planchada y por dentro del pantalón, sus zapatillas tan lustradas que parecen acharoladas y su caminar rítmico, como quien baila una cumbia sin fin.

El profe Julio, como lo conocen en la Universidad Centroamericana, UCA, le debe esa ya famosa pulcritud a su padre, don Juan Guerrero Hernández, un antiguo miembro de la escolta personal de Somoza Debayle que, según él, le enseñó lo que significan las palabras responsabilidad, puntualidad y disciplina.

“Mi padre me enseñó a ser riguroso. Yo lo veía salir de la casa con su uniforme y daba gusto verlo; su hebilla y sus zapatos brillaban, sus pantalones almidonados  y la corbata negra de los oficiales de Somoza bien anudada; por eso es que yo soy así”, dice el profe Julio, uno de los históricos profesores de Periodismo y Comunicación de la UNAN y la UCA y que el próximo diciembre se jubila luego de 31 años de docencia.

Tres décadas como profesor se dice fácil. Han sido 31 años en que ha impartido clases a 30 generaciones de periodistas y comunicadores. “He sido un esclavo del tiempo y del trabajo, pero eso me ha dejado la satisfacción de darle clases a distintas generaciones de padres e hijos… eso es lo más grande que me llevo de mi vida en las universidades”, afirmó.

El 1 de enero del 2012 será su primer día como jubilado, pero al profe Julio eso no le ha dejado una cana o una arruga de más.

“Desde hace dos años me he estado preparando para ese día; el cambio será como cuando has vivido toda tu vida en un barrio y de pronto te vas a otro vecindario. Me dará nostalgia porque estos pasillos de la UCA me los conozco de memoria; voy a extrañar a mis estudiantes que me buscan para hablar de cualquier cosa o para que les dé un consejo sobre sus vidas o sus clases, pero sabré controlarme porque soy realista y debo aceptar ese tránsito de mi vida”, dice el profe.

Quería ser arquitecto
A la docencia el profe Julio llegó de rebote. Su ambición era ser arquitecto pues se sabía con aptitudes para el dibujo y la geometría, pero esta era una carrera costosa y optó por el camino que escogían muchos de su generación: entró a magisterio en la UNAN para autosostenerse y luego seguir su sueño de diseñar edificios.

“A mí quienes me engancharon para impartir clases fueron las profesoras Elba Sandoval de Hernández y la actriz Socorro Bonilla Castellón. Una porque era experta metodóloga y la otra porque me daba una clase que se llamaba Técnica de Expresión Oral.

Un día la Socorrito nos puso a improvisar un tema y nos dio cinco minutos a cada uno; mis compañeros no llegaron a los tres minutos y yo me pasé de los cinco hablando sobre el amor. Después ella me dijo ‘tenés potencial para ser docente’”.

Precisamente la expresión oral ha sido uno de sus fuertes. El profe Julio se expresa con el aplomo de una persona acostumbrada a hablar en público. Cuando habla se parece a esos evangelistas que elevan sus palabras para buscar una manifestación del Altísimo.

Tener una plática con él es asistir a una suerte de clase en la que habla y gesticula sin parar, mientras cruza sus largas piernas. Él siempre busca los mejores verbos y adjetivos y enfatiza sus opiniones para que no queden dudas de lo que piensa, así se esté hablando de boxeo, de cine, de redes sociales, de las propiedades de la Coca Cola o de quien es más bonita entre las amigas de Betty La Fea.

El periodista Alfonso Malespín, uno de sus antiguos estudiantes, cuenta que la primera clase que le impartió (en el verano de 1988) el profe Julio habló sin parar casi dos horas sobre Teorías de Comunicación.

“Recuerdo que a la salida bromeábamos y decíamos ¿y será que este maje nos va a dejar hablar? Y eso que en el grupo había varios salidos de las filas del FSLN y de la Juventud Sandinista que eran ‘perros al chagüite’”, contó Malespín.

Un aterrizaje fortuito
Su aterrizaje en el mundo de la comunicación también fue fortuito, y se lo debe al profesor Vicente Baca, hoy  docente de la Universidad Complutense de Madrid, España. Comenzaba 1984 y en la Escuela de Periodismo de la UNAN necesitaban a un profesor de español y literatura. El puesto fue para él y de ahí agarró carrera; estudió Comunicación en Costa Rica durante dos años y para finales de los 80 era director de la Escuela de Periodismo.

La Comunicación le ha permitido conocer el mundo y a intelectuales de este campo a quienes solo conocía por sus libros como Jesús Martín Barbero, Mario Kaplún, Ignacio Ramonet y el mismo Noam Chomsky.

“Entrar al mundo de la Comunicación también me permitió adquirir el vicio de estar informado; yo leo, veo y escucho de todo porque la docencia te exige estar actualizado, de buscar el conocimiento… eso es parte del sentido de responsabilidad que heredé de mi padre”, dice el profe Julio, mientras gesticula con las manos, como para darle oxígeno a sus palabras.

¿Se siente satisfecho de su paso por la vida?
“Hombré, hasta el momento puedo decir que sí, pero esto no termina aquí, puedo dar más. Yo siento que en los últimos cinco años le he tomado más sabor al enseñar; siento que le tomé más pasión el ser docente… y por eso quisiera, como proyecto personal crear una academia para niños donde se les forme de manera integral, como una academia para la vida”.

Para el profe Julio el trabajo ha sido su razón de ser, pero también ha sido un defecto que ha visto de forma tardía. “Siempre puse el trabajo por delante de mi familia; mi casa ha sido el trabajo y eso es grave; no me arrepiento porque lo hice con gusto, pero eso debí verlo antes, no hasta ahora que me retiro”.

“Es que Julio hizo de la UCA una prolongación de su hogar”, dice su antiguo jefe y amigo, Guillermo Rothschuh Villanueva, con quien trabajó durante quince años en la desaparecida Facultad de Comunicación Social.

“Él siempre ha sido un hombre sencillo, asequible y conciliador; él atendía las demandas de los estudiantes más allá de las horas laborales, y por eso era el primero en llegar a las oficinas de la Facultad y el último en irse a su casa”, afirmó Rothschuh.

“Es que a mí siempre me ha gustado dar más. No me gustan las cosas a medias. Dios me ha dado el don de la expresión y el conocimiento y por eso debo ponerlo al servicio de los estudiantes; me he entregado de tal manera que en mi vida docente nunca he recibido un subsidio y desde que estoy en la UCA solo he fallado dos veces y fueron a inicios de este año por un curso de Inducción”, manifestó el profe Julio, haciendo gala de su oratoria.

Y ahora jubilado, ¿qué camino le espera?

“Pues voy a disfrutar de mi tiempo; me voy a organizar mejor. Tengo 56 años y voy a vivir a plenitud mis vicios que son la lectura, el cine y el ciclismo. Mis bicicletas serán ahora mis compañeras.  Me voy a organizar para terminar un libro que tengo varado desde hace años sobre Comunicación y Educación y de paso voy a ver más tiempo a mi hijo, a quien lo tengo por sobre todas las cosas”.

Dicen que los rincones hablan de quienes los habitan y la oficina del profe Julio está llena de libros, monografías, folletos y papeles de toda índole. El próximo 16 de diciembre será su último día de trabajo como profesor de tiempo completo en la UCA, y ese día deberá vaciar ese espacio y cerrar el mundo de esta universidad a sus espaldas.

Aunque presuma de realista, para él será como un tránsito entre un viejo y un nuevo siglo, un tránsito amargo similar al que tuvo a inicios de este año cuando debió dejar de beber Coca Cola (se bebía dos litros por día) por un problema estomacal y tuvo que hacer del agua un sucedáneo.

Y aunque es muy prematuro saber qué sentimientos le brotarán en el momento, él tiene una certeza por ahora: “Voy a pedir a la UCA que me venda el escritorio y las dos sillas que tengo en mi oficina; las tengo desde hace 27 años, desde 1984. Es que los siento parte de mí”.

(* Periodista y Catedrático. Colaboración Especial para END).