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La depresión es una enfermedad con la cual es muy doloroso convivir, tanto para quien la sufre como para sus familiares.
Todo hace indicar que la relación entre padre e hijo se deteriora a causa de este factor, pues hace imposible que se tenga una conversación familiar, ante una actitud retraída que presentan, las mismas que hace que fracasen en otras tareas de la vida.
Asimismo, afecta profundamente a las personas que le rodean. Hace que los padres duden de sí mismos y que teman haber hecho daño a sus hijos. No les permite disfrutar de sus actividades habituales, afecta todas sus interacciones familiares, provocando que sus seres queridos se sienten desconcertados por los cambios que esta enfermedad mental causa en el padre o la madre.
Esta enfermedad médica se manifiesta a través del sentirse decaído y triste o incapaz de hacer algo. También se da la pérdida de apetito, sueño y energía, así como la sensación de desamparo, desesperanza o de que la vida no vale la pena.
Detonantes de la depresión son las situaciones estresantes como la pérdida de un ser querido, exposición a la violencia, pérdida del empleo y pobreza.
Pero hay que tener esperanzas ya que está entre las enfermedades mentales más tratables, con altas probabilidades de obtener excelentes resultados si se siguen las indicaciones médicas. Los padres deprimidos que reciben tratamiento y otros tipos de apoyo son más eficaces en su rol.

¿Cómo saber si un padre está deprimido?
Estados de ánimo: Tristeza, irritabilidad y/o llanto frecuente. Lo que normalmente serían molestias menores causan un gran malestar, como cuando un niño juega y grita.
Sentimientos: Sentirse agotado, olvidadizo, desorganizado, “vacío”. El estrés puede hacer que un padre se sienta ansioso, inquieto, a punto de perder el control, a veces desbordado por la emoción.

Conductas:
* Olvidar citas o compromisos. La depresión afecta capacidad para concentrarse y recordar.
* Dormir más o menos de lo usual, dificultad para salirse de la cama y para dormir.
* Comer más o menos de lo usual con aumento o pérdida de peso.
* Conductas de riesgo, como usar drogas o alcohol, a veces para intentar alejar las penas o el dolor.

Aislamiento:
* Alejarse de los amigos y familiares, querer estar solo. Puede sentirse aislado de los otros o suponer que los otros tienen sentimientos negativos hacia ellos.
* No ser capaz de completar las tareas, como comprar, limpiar, servir las comidas o preparar a los niños para ir a la escuela.

Pensamientos:
* Pesimismo, olvidar cualidades positivas, baja autoestima.
* Algunas personas relatan que su pensamiento es más lento.
* Una enfermedad que trasciende.

Una investigación reciente sugiere que los padres deprimidos son más propensos a ser más descuidados con sus hijos y usar el castigo físico, aunque los niños sean pequeños y todavía gateen.
Un estudio en el que participaron padres de niños de un año de edad encontró que eran más propensos a pegar y menos propensos a leer a sus hijos que los padres que estaban mentalmente sanos.
Para el estudio publicado en la revista Pediatrics, Davis y colegas evaluaron los datos suministrados por 1746 padres de niños de un año de edad que participaron en el estudio Familias frágiles y Bienestar del niño. Este estudio de largo plazo da seguimiento a cerca de 5.000 niños que nacieron en las grandes ciudades de los Estados Unidos. Entre 1998 y 2000.
En general, el siete por ciento de los padres había tenido un episodio depresivo durante el año anterior, que es algo normal en la población general.
A los padres, que vivían con sus hijos todo o casi la mayor parte del tiempo, se les preguntó por cuatro comportamientos tanto positivos como negativos.
Los investigadores encontraron que los padres deprimidos eran casi cuatro veces más propensos a informar que habían azotado a su hijo en el último mes, ya que el 41 por ciento deprimidos y el 13 por ciento de los padres no deprimidos lo hacían.
Los padres deprimidos también tenían menos de la mitad de probabilidades de leer cuentos a sus hijos o más veces a la semana en comparación con los padres no deprimidos.
Davis encontró una relación, aunque no de causa y efecto, entre la depresión y la conducta paterna. La irritabilidad acompaña a menudo a la depresión, lo que podría explicar la mayor incidencia de azotes.
La Academia Estadounidense de Pediatría (AAP) se opone a pegar al niño por cualquier razón, ya que los golpes pueden llevar a la agitación y al aumento de la agresividad en niños preescolares y escolares.
La AAP exhorta a los padres a recurrir al método de tiempo fuera (time outs) o de otros métodos de disciplina y advierte que los golpes en los niños menores de 18 meses de edad aumentan el riesgo de lesionarlos. También advierte de que en los niños mayores, los golpes frecuentes se relacionan con un mayor riesgo de violencia.
La trascendencia de la depresión en los nuevos papás es cada día más importante, en la medida que los científicos confirman cada vez más que la salud mental de los padres puede afectar el desarrollo y el bienestar del niño. La incidencia de la depresión en los padres parece ser más elevada durante el primer año de crianza de los hijos.
 En la medida que los médicos den más importancia al problema de la depresión, se espera que más pediatras aborden la posibilidad de la depresión durante las consultas de niño sano, a la que los papás asisten cada vez más. Durante estas visitas lo más recomendable es hablar tanto con las madres como con los padres para que estén alerta ante la posibilidad de que uno de ellos se deprima.