•   El Rama, Nicaragua  |
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El nombre de Neysi lo escucho por primera vez entre el círculo de maestras que apuradas trabajan en los últimos reportes del año escolar. Dicen que es una de las estudiantes que más dificultades tuvo en la escuela porque trabaja largas y duras jornadas en la mina de piedra “Corinto”, situada en la zona urbana de El Rama, geográficamente ubicado en la Región Autónoma del Atlántico Sur, RAAS, y hace meses anexado al departamento de Chontales vía decreto presidencial, pero en lo administrativo, organizado como Zelaya Central.
Además de su mal desempeño académico, cuentan apesaradas que ya sufre deformidad en sus manos a causa del pesado mazo que manipula para picar artesanalmente la piedra.
En el camino pedregoso que conduce hasta la mina, encontramos a la niña. Se acerca con desconfianza y con el permiso de la mayor de sus hermanas, que en eso momento la tiene bajo su cargo. Neysi explica que pica piedra para poder comer.
Tiene apenas 11 años y una carga de cinco bocas que sustentar. Uno de sus hermanos, Epifanio, de 14 años, le ayuda, y, a veces, también su madre; pero como desde hace un tiempo cayó enferma no puede esforzarse demasiado, justifica la pequeña.
En su memoria no registra desde cuándo trabaja en la pedrera. No es raro, allí las madres, en su mayoría “abandonadas” por maridos que huyen de la responsabilidad de mantener familias de cinco y de hasta ocho hijos, en medio de tanta pobreza, llevan a sus retoños desde tiernos, y apenas “cogen fuerza” les dan su primer mazo.
Neysi, por ejemplo, no sabe mucho de juegos ni de juguetes. Nunca ha tenido una muñeca. “La muñeca es el mazo”, se oye decir a su hermana con una frialdad que resulta cruel. Neysi, callada, solo la enfoca con su mirada y medio sonríe resignada.

Extraedad impera en El Rama
Debido al tiempo que tiene de quebrar a mazazos los “bolones”, las manos de Neysi se han cubierto de una amarillenta capa de callosidad, y los nudillos de sus dedos se le han puesto gruesos. “Hay días que la pobre no quiere ir por lo pesado (del trabajo), dice que le duele y llora, pero ni modo, tiene que hacerlo para poder comer”, sentencia su hermana, que como ya se hizo de familia, se declara sin capacidad para ayudar a sus hermanos menores. Pero en su relato, Neysi omite toda queja, y más bien asume como su responsabilidad la carga que le toca.
De la escuela, pues, apenada cuenta que “no pasó”, que se salió 15 días antes, porque la misma maestra le aclaró que ni que siguiera llegando aprobaría el segundo grado de Primaria.
Que a su edad esté iniciando la Primaria no es raro en El Rama, allí el grueso del servicio educativo lo ocupa la modalidad multigrado. En Primaria, por ejemplo, en 2011 matricularon a 12,186 alumnos, de los cuales apenas 2,806 corresponden a modalidad regular.
En Secundaria presentan el mayor problema, pues la matrícula neta fue de 4,033 alumnos, de estos 2,530 bajo formación no formal.
También el Preescolar presenta baja cobertura: 518 formal y 1,334 en no formal, estos últimos asumidos bajo el programa gubernamental Amor para los más Chiquitos.
Pese a esto, autoridades locales del Ministerio de Educación, Mined, reportan avances en la cobertura, y estiman que es posible que esté descubierto menos del 10% de la población en edad escolar. Pero eso no significa que los niños no estén trabajando y que el rendimiento y la calidad de la educación sean los idóneos.
Armando José Jarquín, técnico de Planificación de la delegación municipal del Mined, reconoce que el trabajo infantil que impera en la zona dificulta su labor, además de la lejanía de las escuelas en las comunidades rurales, a algunas de las cuales se llega desde la ciudad en 12 horas,  entre lancha y caminos.
Al tercer corte evaluativo, El Rama registró una aprobación de 80% en Primaria y de 64% en Secundaria.

Faltan escuelas, maestros, pupitres y alumnos
Según Jarquín, las limitaciones que padecen están vinculadas a la accidentada geografía de la zona. Les faltan maestros, escuelas y pupitres, informa.
Escuelas, porque si son poblaciones donde apenas hay 15 niños o menos, no es factible abrir grupos de clase. Eso hace que los padres decidan no inscribir a sus  hijos en colegios de comunidades vecinas, porque tendrían que exponerse a cruzar ríos, y en invierno ello representa gran peligro. Por eso es que los niños llevan su formación a paso lento y con deficiencia.
Este año, por ejemplo, 10 escuelas no abrieron porque la matrícula no alcanzó los 25 alumnos que exige el Mined para asignar un maestro. Tenían matrículas de apenas 13 y 17 alumnos, aun así se atrevieron a solicitar los docentes, y el Mined les dijo que los enviaría, pero terminó el período lectivo y no aparecieron, cuenta Jarquín.
El problema es que no pueden abrir escuelas en cada comunidad --actualmente tienen 307--, porque esas estructuras a los pocos años terminan cerradas por falta de demanda.
Jarquín dice que el Sandino Uno, un programa gubernamental a distancia, con encuentros de una o dos veces semanales, es una estrategia que están valorando implementar con fuerza para educar a las poblaciones donde la matrícula no da para establecer colegio y ofrecer educación multigrado. Así, un maestro bien podría atender hasta a dos grupos de clase durante la semana.
En el caso de la Secundaria, en El Rama rural ya la imparten a distancia y mediante los Terceros Ciclos Rurales, que fue un programa que comenzaron este año.

Tampoco hallan maestros
Les cuesta dar con docentes cuya vocación por enseñar sea tan grande como para hacer el sacrificio de trasladarse a las comunidades más recónditas, donde a veces pasan hasta hambre y se “acomodan” en la casa de algún lugareño, que ofrece su techo pobre con tal de que los menores reciban educación.
Este año, El Rama tuvo 540 plazas. Jarquín no específica cuántos son maestros graduados, pero afirma que el empirismo no es un problema agudo en el municipio, pues donde se presenta  más es en Secundaria, porque tienen maestros que  imparten Inglés o Español que no son formados en esas materias.
En el caso de los multigrados, los están asumiendo maestros con preparación en Educación Primaria y en escuelas aula única, donde dividen el grupo en seis filas, y cada una corresponde a un grado.

El Rama, huérfano

Debido a que El Rama es parte de la Región Autónoma del Atlántico Sur, RAAS, la educación debería ser guiada por el Sistema Educativo Autonómico Regional, SEAR, sin embargo, Jarquín expone que “es muy lento el avance de lo que hace el SEAR, sobre todo en los tres municipios de Zelaya Central no tenemos mucho beneficio, casi nada… no nos beneficia no sé por qué”; pero concluye que así es mejor, porque en comparación con el resto de la RAAS, “El Rama está mejor”  atendido como parte de Zelaya Central.Como parte del SEAR, en la RAAS se instalaron las comisiones educativas en sus 12 municipios, con el objetivo de que los docentes y la misma población avanzaran en el conocimiento y en el alcance de este modelo, que plantea la autonomía de la administración de la Educación en la Costa Caribe. El Rama es parte de estas, y asiste cuando los llaman a sesiones, sin embargo, comenta Jarquín que aún no le ven aporte.En ese sentido, dice que se sienten condenados a una “orfandad” administrativa que les afecta al momento de hacer algunas gestiones.

Trabajo infantil solapado

Como el Ministerio del Trabajo, los ministerios de la Familia y de Educación les han insistido en que está prohibido que los menores trabajen y sean expuestos al riesgo que representan esas enormes montañas de piedra, que en muchas de sus partes ya son solo cascarones que amenazan con venírseles encima. Sin embargo, cuando se les cuestiona a los adultos la presencia de los chiquitos allí, aducen que no pueden dejarlos solos en las casas, porque “es peligroso”, y aseguran que no los obligan a trabajar, y que más bien ellos “juegan” a picar piedra.
“A estos chigüines no los pongo a picar, es prohibido que trabajen, ya nos dijeron a nosotros. Los tengo aquí porque así los vigilo, no tengo con quién dejarlos”, explica algo molesta una de las mujeres con la mirada clavada en la piedra que tritura a punta de mazo, como en señal de que no quiere interrupciones. La mayoría repite explicaciones similares mientras se recorre el corazón de la mina de piedra “Corinto”.
En el cerro El Rama, otra de las minas del lugar, ante la presencia de un extraño, los únicos menores que no se pueden mover de su puesto son los adolescentes de 15 y de 16 años que están arriba del cerro, en la faena de  “apear” los “bolones” para que luego las mujeres los piquen. Es la labor más dura y de mayor riesgo, porque no tienen un solo arnés ni casco, y menos calzado que les ayude a no resbalar.
Ese trabajo también lo hacen los maridos de las pocas que los tienen. El resto de niños y de adolescentes “picapiedras” salen de las champas de plástico que arman para “capear” el sol, y juegan con las piedritas que están tiradas en el suelo.
Sin embargo, se nota un puesto vacío en la champa donde ha quedado tirada una réplica en miniatura del pesado mazo que usan para fragmentar la roca y convertirla en piedrín.
Entre champa y champa se aprecian distintos tamaños de la herramienta, pues la acoplan “a la medida” de la fuerza y de la edad de quienes la usan.
Eveling, por ejemplo, de 14 años y con el segundo año de secundaria aprobado, se acuesta sobre los sacos de piedrín apilados al lado de la champa, y se pone a jugar con el teléfono celular mientras sale el “intruso” y puede retomar su puesto.
La adolescente revela que desde hace dos meses llega a picar piedra, porque a su madre, de 40 años, la abandonó el marido hace dos años, y quedó con cuatro hijos, el menor de tres años. “La tengo que ayudar”, expresa, antes de cumplidas 24 horas de haber concluido las clases.
La conclusión del año escolar se convierte, entonces, en otro argumento del porqué de la presencia de tanto menor en las pedreras.  
En el caso de Gabriel, de 13 años, de su aula de cuarto grado en el Colegio Madre Guadalupe, pasó directo a echarse al hombro un viejo cajón de lustrar que le regaló un tío. Lustra de 1 a 6 de la tarde, y por las mañanas, “cuando puede”, acompaña a su progenitora a la pedrera “Cerro El Rama”, donde logra hacerse 8 latas en medio día. Por cada una reciben 10 pesos. En la mina la meta es hacerse un metro  equivalente a 50 latas, por las que reciben 500 córdobas, no es tarea fácil, por eso, desde el más chiquito es puesto a aportar. En un mes hay familias que sin faltar ni un día, logran reunir entre 3,000 y 5,000 córdobas.
Si le tocara elegir entre picar piedra y lustrar, Gabriel dice que prefiere lo primero. Ya casi hecho un adolescente, siente pena de que lo vean, aunque dice que le gusta ganar dinero, porque así no tiene que pedir. La mayoría de los niños, humildes y bastante huraños, no se atreven a expresar queja.