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Rubén Darío conoció a las hermanas Julia y Rafaela Contreras Cañas en los días de su infancia en León, en casa de su tía carnal Rita Darío de Alvarado. “Eran de aquellas compañeras que alegraban nuestras fiestas pueriles, de aquellas con quienes bailábamos y con quienes cantábamos canciones en las novenas de la Virgen, en las fiestas de diciembre” —escribió en su autobiografía.

La admiración hacia su futuro suegro

Igualmente, a sus diez años, conoció al padre de ambas: el gran orador y periodista hondureño Álvaro Contreras (1839-1882), quien fundó en León el semanario La Libertad, a través del cual dirigió una campaña política contra los gobiernos de Centroamérica que obligaría al presidente de Nicaragua, Pedro Joaquín Chamorro Alfaro, a ponerlo en la disyuntiva de guardar silencio o marcharse del país. El fogoso unionista, optando por lo segundo, se dirigió con su familia a Panamá. Este hecho se dio en 1877.

Cinco años después, durante su primera estada en El Salvador, le correspondió a Rubén pronunciar un discurso en el funeral de Contreras el 9 de octubre de 1882. Tras un exordio, hizo una apología veraz y lacónica del intelectual fenecido, diciendo al final con énfasis intencionado esta frase mordaz: “Y no tuvo discursos oficiales, porque la limpidez de su conciencia alejó anticipadamente esas ofensas vestidas de levita traslapada”.

Al mismo Contreras se refirió Rubén en su autobiografía: “Fue este hombre, vivaz y lleno de condiciones brillantes, un verdadero dominador de la palabra. Combatió las tiranías y sufrió persecuciones por ello”, para agregar que frecuentaba en San Salvador la casa de la viuda, Manuela Cañas, de nacionalidad costarricense; así, reviviendo recuerdos con Rafaela, la hija menor, fue seducido por su inteligencia, sutileza y dotes superiores. Rafaela, una señorita de 13 años, había nacido en San José, Costa Rica, el 21 de mayo de 1869. Cuatro días después fue bautizada en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, actuando como padrinos el licenciado Bruno Carranza y su esposa Enriqueta; solemnizó el acto el presbítero Martín Mérida.

Sin embargo, la relación amistosa entre ambos no duró mucho, ya que Rubén tuvo que marcharse a Nicaragua en octubre de 1883.


Rafaelita: actriz y profesora
Mientras tanto, Rafaelita —como era llamada por todos— intervino de 15 años en una representación de “La Traviata”, de Giovanni Verdi en San Salvador y, para 1888 —de 19— fue profesora de geografía y calistenia en el Colegio Normal de Señoritas de la capital salvadoreña. Por su lado, su hermana Julia se había casado con Ricardo Trigueros, hijo de un banquero salvadoreño, Manuel Trigueros, que en esa época acuñaba y respaldaba la moneda circulante.

También periodista, musa y narradora

Asimismo, Rafaelita sería redactora de la revista de San Salvador, Ramo de Violetas, editada por un grupo de señoritas en 1890. Rubén, desde agosto de 1889, de nuevo en tierra salvadoreña, había reanudado su amistad con aquella, brotando en él “una nueva llama amorosa”, precedida por la de Rosario Murillo, en Managua, efímeramente apagada. Entonces escribió sus primeros versos a Rafaelita: Yo creía que todo era una noche, / que todo era ya negro para mi alma sin luz. / ¡He visto una visión de amor inmenso! / Mi alma ya estaba muerta: / la has revivido tú. / ¡Ay! Yo quería hallar un ángel blanco / para mi sueño azul.

Así insertó en el diario La Unión —órgano unionista que dirigía, financiado por el presidente Francisco Menéndez— cinco relatos y un poema en prosa de Rafaelita, marcados por  la impronta de Azul…, pero ella se ocultaba bajo el pseudónimo de Stella. Rubén interrogó a Tranquilino Chacón, redactor de La Unión, sobre la autora d esas prosas.  —Son de Rafaelita —respondió Chacón. / ¡Ah, sí, debí haberlo imaginado! ¡Qué alma más delicada la suya! —exclamó Rubén.

Un vago simbolismo idealista predomina en esas piezas narrativas: “Mira, la oriental”, “Reverie”, “La turquesa, “Las ondinas”, “Humanzor” y “La canción del invierno”, aunque en “Humanzor” no falte la observación objetiva y la crítica social; de hecho, con otras publicadas en Guatemala por su esposo, convertirían a Rafaela Contreras en la primera escritora modernista de Centroamérica, aunque incipiente. El propio Rubén había presentado “Reverie” en una nota: “Un marco humilde para un lienzo de oro” (La Unión, San Salvador, 10 de marzo, 1890).


Matrimonio civil en San Salvador

Enamorados, los nombres decidieron contraer matrimonio. Él —famoso desde su trastorno de Chile— había conquistado en San Salvador la “buena posición social” de que habla en autobiografía, y ella poseía “mucho don de simpatía y hasta su dosis de literata por herencia paterna” —cito a Edelberto Torres, quien la describe de baja estatura, cabello castaño oscuro, grandes ojos negros, morena de tez y graciosa. La ceremonia tuvo lugar el sábado 21 de junio de 1890, a las siete de la noche, ante los oficios del gobernador de San Salvador, doctor don Margarito González, en la casa de doña Manuela Cañas de Contreras. Dos fueron los testigos: Tranquilino Chacón, periodista de 28 años; y el poeta Francisco Gavidia, de 26 años, en esa fecha, profesor de ciencias y letras. Fungió como secretario don Próspero Pineda.

Al día siguiente, el acontecimiento sentimental fue celebrado con un almuerzo familiar, ofrecido por doña Manuela, al que asistieron —entre otras personalidades—, Leticia, hija del presidente Menéndez; el millonario Manuel Trigueros y su hijo Ricardo con su esposa Julia, y el general Carlos Ezeta, quien esa misma noche perpetró un golpe de Estado. Esta “historia negra” es muy conocida. Tres días después, Rubén se embarcaba con destino a Guatemala para denunciar semejante tropelía y reiterar su lealtad al presidente derrocado.

Boda religiosa en Ciudad de Guatemala
En la capital de Guatemala, adonde llegaría el 30 de junio, Rubén permaneció seises meses y doce días sin su mujer legal, pues Rafaelita y su madre se aparecieron en la misma capital el 13 de enero de 1891. No sin solicitar dispensas a la autoridad eclesiástica, el 11 de febrero de 1891 fue celebrada la boda religiosa en la Catedral Metropolitana. Fueron padrinos el doctor Fernando Cruz, el licenciado Francisco Lainfiesta, y el poeta cubano José Joaquín Palma. Al respecto, María Teresa Sánchez anota: “La cálida Escuintla, con sus jardines de eterna primavera, es el trasfondo ideal y discreto para el ardor de los recién casados, quienes descubren el éxtasis del amor resumido de besos, miradas y caricias. La pureza cristalina de la amada enternece el alma del poeta, quien transcribe su felicidad en el poema en prosa ‘La Canción de la luna de miel’.
Mucho realizó literariamente Darío en Guatemala, sobre todo en El Correo de la Tarde, diario semioficial bajo su dirección; pero, al clausurarse inesperadamente por decisión presidencial, quedó sin sustentación económica. Por ello decidió partir a Costa Rica, donde Manuela Cañas, su suegra, contaba con parientes que podían ayudar a la joven pareja. Y hasta allí se dirigieron el 16 de agosto de 1891. Rafaelita iba en adelantado estado de gravidez.

El nacimiento de Rubén Darío Contreras en San José

El 24 del mismo mes de agosto arribaron a Puntarenas. Durante su estada costarricense, la producción literaria de Darío se enriqueció. Pero el acontecimiento privado más notable fue le nacimiento de su primogénito, Rubén Álvaro Darío Contreras, el 11 de noviembre de 1891, en la casa 265 del Paso de la Vaca, calzada que luego se denominaría 8va calle norte. Apadrinaron el bautismo del niño el general Lesmes Jiménez y doña Margarita Foxá, esposa del ministro de España en Costa Rica, Julio de Arellano. El obispo Bernardo Augusto Thiel solemnizó el acto.

Pero, como Darío confiesa en su autobiografía, después del nacimiento de su hijo, “la vida se me hizo bastante difícil en Costa Rica y partí solo, de retorno a Guatemala, para ver si encontraba allí manera de arreglarme una situación”. Un amigo y escritor, Ricardo Fernández Guardia, fue más explícito en una gacetilla publicada en el Diario del Comercio el 11 de mayo de 1895: “Rubén, el poeta exquisito, el parisién transplantado, el rival de Catulo Mendès, partió el martes último para Guatemala, después de sacudir el polvo de la tierra inhospitalaria de Costa Rica. Nuestro modo de ser tan rudo y prosaico, tan ajeno a lo intelectual, no podía en manera alguna convenir al espíritu esencialmente artístico de Rubén Darío. El escritor insigne, cuyo nombre resuena con aplauso universal en toda la América española y en Europa, se ahogaba en nuestra atmósfera de materialismo mercantil. No vuelan los pájaros en el vacío.”

 

Regreso a Guatemala y misión a España

El 21 de mayo arribó Rubén al puerto de San José, en Guatemala. Iniciaba sus gestiones para establecerse, cuando el 28 recibió cablegráficamente la noticia que el gobierno del doctor Roberto Sacasa le nombraba miembro de la delegación que enviaría a España con motivo de la celebración del Cuarto Centenario del Descubrimiento de América. A solicitud de Rubén, el 20 de julio de 1892 Rafaelita se trasladó con su madre e hijo a San Salvador, a la residencia de su hermana Julia Contreras de Trigueros. Por su parte, él pasó a León para dirigirse luego a España.

Esta súbita partida acongojó y amargó a Rafaelita: “No sólo le privaba del bienestar prometido a ella y a su hijo; también los alejaba de su afecto. Ella no reprocha la ambición de gloria que impulsa a Rubén; pero sí resiente el desamparo en que los deja” —comenta de nuevo María Teresa Sánchez. Se le ha consumido el fuego de su amor y apagado la luz de su estrella.

Fallecimiento de Rafaelita a sus 23 años
Ya en Nicaragua, cuando se hallaba en León recitando su “Elogio a don Vicente Navas” la noche del 2 de febrero de 1893, Rubén fue interrumpido por la entrega de un telegrama en que se le comunicaba la gravedad de su esposa. El poeta presintió su muerte, acaecida a las nueve de la mañana del 26 de enero en San Salvador, a causa de una excesiva dosis de cloroformo que accidentalmente le suministró el doctor Tomás Palomo al intervenirla quirúrgicamente. Entonces, lleno de dolor, ahogó su pena en el alcohol durante ocho días. Rafaelita tenía 23 años, ocho meses y cinco días de edad al fallecer, y había pedido, en breve carta a su esposo, que dejara a su madre el cuidado de Rubén Álvaro, si algo fatal le sobreviniera en la operación a que iba a someterse.

El primogénito y su descendencia
De manera que Darío sería solo padre biológico para su primer hijo. En cuanto a la descendencia de este, es la siguiente: casado con la argentina Eloísa Basualdo, engendró tres hijos: Eloísa, Stella y Rubén Darío Basualdo, quien contrajo matrimonio con la nicaragüense Marta Lacayo, habiendo procreado cuatro hijos: Eloísa, Stella, Carla y Rubén Darío Lacayo.

Stella evocada en Nueva York
Mucha evocación de Rafaelita subyace en las creaciones de Rubén. El norteamericano Jorge Green Huie ha rastreado esa presencia en Prosas profanas (y no solo en el famoso poema “El poeta pregunta por Stella”) e incluso encuentra algún eco en Cantos de vida y esperanza. Aquí recordaré que el primer texto que le inspiró tras su fallecimiento fue el poema en prosa “Stella” (1893), escrito en Nueva York e incorporado a su estudio sobre Edgard Allan Poe en Los Raros (1896). El siguiente trozo es su final:

En medio de los martirios de la vida, me refrescas y alientas con el aire de tus alas. Porque si partiste en tu forma humana al viaje sin retorno, siento la venida de tu ser inmortal, cuando las fuerzas me faltan o cuando el dolor tiende hacia mí el negro arco. Entonces, Alma, Stella, oigo sonar cerca de mí el oro invisible de tu escudo angélico. Tu nombre luminoso y simbólico surge en el cielo de mis noches como un incomparable guía, y por tu claridad inefable llevo el incienso y la mirra a la cuna de la eterna
Esperanza.