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Llegué al aeropuerto de Opa Locka con la extraña puntualidad extranjera que muy poco se acostumbra en Nicaragua: una y media de la tarde. Teníamos que tomar un helicóptero y volar hacia el barco que nos esperaba unas millas mar adentro, frente a Miami, de donde partiríamos esa tarde por al Atlántico rumbo a Puerto Cabezas.

Y digo “teníamos”, porque allá, en la base terrestre del servicio de guardacostas de Miami, había ya más de 15 periodistas, fotógrafos y camarógrafos que esperaban el turno para subir a las naves y aterrizar en el acorazado USS Kearsarge, un buque ligero de la Cuarta Flota del Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos, que sería nuestra vehículo y hogar por cuatro días en la misión humanitaria en cuatro países de América Latina.

Por alguna razón ya estaba yo de pronto, vaya sorpresa, oyendo instrucciones de qué hacer en caso de caerse el helicóptero al mar, mientras luchaba por atarme bien los candados del chaleco salvavidas y el casco protector con tapa-oídos y anteojos plásticos, como de esos amplios de snorkel.

Alzamos vuelo sin contratiempo, bajo una intensa vibración y la sensación de vértigo que se siente repentinamente cuando dejamos el suelo bajo nuestros pies.

Pronto divisamos una mancha gris en el horizonte a través de las ventanas, mientras las máquinas giran para ponerse en línea recta al punto y acercarse a la mancha que cada vez que aparece se ve más y más grande, hasta mostrarse inmensa y soberbia rodeada de agua de tonos azules-oscuros.

Un rápido encuentro con Don Francisco
El helicóptero al fin se posa sobre el lomo del USS Kearsarge. Nomás al bajar a la pista metálica del barco, me encuentro otra sorpresa: el señor adelante de mí, que se quita el casco y el chaleco, y que es recibido con saludos y risas de reverencia y curiosidad, es nada más y nada menos que Don Francisco, el del programa de televisión internacional Sábado Gigante.

Ya lo entrevistaré más tarde, me digo, mientras nos hacen pasar por un laberinto de pasillos metálicos y bajar graderías muy inclinadas, como escaleras de pared, que nos llevan tres pisos abajo, a un salón elegante y mediano donde nos espera un bufete extenso.

Hay muchos militares en variados trajes de gala de distintos colores: blancos, azules, kakis y un azul claro con negro y kepis. Todos muy formales, muy corteses y algunos, pasados algunos minutos de timidez, ya más en confianza, se muestran más amenos y comunicativos.

“¿De dónde son ustedes. ¿Ah, de Nicaragua? Vamos para allá, a ayudar, señor; ¿y cómo es Colombia, señor periodista?, ¿y qué tal las cosas?, ¿qué les parece el barco?, y por favor pregunten lo que quieran, que les va gustar la estadía y pronto vamos a hacer un recorrido por el buque”.

Un edificio en el mar
El USS Kearsarge es un buque anfibio de asalto que pertenece a la Cuarta Flota del Comando Sur del Ejército de Estados Unidos. Mide de proa a popa 257 metros y de babor a estribor más de 100 metros.

Tiene siete niveles desde el sótano, donde yacen los compartimentos de ingeniería, hasta el puente y sala de navegación, donde se manejan los equipos que guían al barco por los océanos.

Cada nivel es como un piso, y en cada piso hay muchas oficinas, camarotes, sitios de reuniones, gimnasios, una tienda, bodegas, cuartos de limpieza, baños comunales y hasta una barbería.

Para recorrer la nave, uno pasa por un pasillo angosto con tuberías a los lados y arriba, cajas con fusibles, poleas de acero, cajas de metal en las paredes, compuertas esféricas, da la vuelta a la izquierda o a la derecha, llega a una puerta tras la cual hay una escalera para abajo, o para arriba, y de pronto, parece como si volviéramos al mismo punto: un pasillo angosto con tuberías a los lados y arriba, cajas con fusibles, poleas de acero, cajas de metal en las paredes...

1,600 militares a bordo
Al final de cada vuelta, siempre se llega a alguna parte, y siempre habrá gente a la que después de saludarle posiblemente no la volvamos a ver entre los 1,600 rostros a bordo, sobre todo cuando los cuerpos de cada rostro se acompañan de ropas militares.

Así me pasó con Amy y Albert. A la chica la miré el día de la inauguración y compartí mesa con ella, hablé cosas ligeras y me comentó algunos objetivos de la misión. Igual ocurrió con Albert, quien me sirvió de traductor en el primer recorrido el día viernes ocho de agosto, y después no lo volví a ver.

Al que sí volví a ver ese mismo primer día fue a Don Francisco, a quien me dirigí mientras terminaba de masticar una pierna de pollo, solitario en una mesa, admirado de largo por marineros de origen latino que le hacían fotos de largo al inicio y, un poco más tarde, ya sin contemplaciones, más de cerca, hasta llegar a la confianza de turnarse para tomarse la foto con la celebridad.

Así que sin rodeos me le acerqué, me presenté, me le senté al lado y le indiqué a uno de los organizadores del viaje que me tomara la fotografía de rigor, mientras intentaba sacarle algunas palabras para una frustrada entrevista que no fue.

-Don Francisco, soy de Nicaragua, me gustaría saber qué hace a bordo.

-¿De Nicaragua? Ey, yo conozco tu país. ¿Cómo van las cosas? Yo aquí hago un reportaje para el programa.

-Pues las cosas van ahí, regulares, depende de quién las mire, hay quienes la ven peor que antes...-le dije. Y él, viendo a los marinos que le hacían señas para que viera las lentes de sus cámaras, un poco distraído, respondió:
-Me lo imagino. ¿Se ve aún mi programa? --preguntó, mientras levantaba la mano con desgano pero cortés, a alguien que mencionó su nombre antes del flash de la digital.

-Sí, es muy visto...

-Qué bien. ¿Grande el barco, eh? --comentó, antes que su asistente de producción se me acercara a decirme que con las fotos era suficiente, que nada de entrevistas por favor, que había gente esperando tomarse una foto con él y que además no había terminado de comer, a pesar de que alguien ya había retirado de la mesa los platos.

Los tormentos del viaje
Me retire con síntomas de mareo. El movimiento del barco y el encierro dentro de paredes de metal provoca cierto malestar de ánimo en quienes no estamos acostumbrados a la limitación física. Y es por ello que una vez que se fue una parte de la delegación de periodistas de regreso a Miami y se quedó la otra, no hubo día en que no sentí ese pequeño tormento de experimentar que todo da vuelta dentro del estómago y el cerebro, como si a cada instante llegara la sensación de estar ebrio, pero sin tragos y euforia de por medio.

La noche del sábado nueve de agosto cenamos en la cabina del comodoro Frank Ponds, y tuve la suerte de sentarme a la par de una profesora universitaria de San Diego que hablaba español, que conocía la historia de Nicaragua y ese mismo día había impartido una charla a los oficiales sobre la situación de Colombia con la presencia de las FARC.

“Después de la liberación de Betancourt, todos quieren saber qué pasará con las FARC en Colombia”, me comentó, al tiempo que me aclaraba una duda: ¿era Nicaragua una referencia de interés para los militares a bordo del USS Kearsarge o para la juventud norteamericana?
“No es ya una referencia de guerra y amenaza, a como lo simboliza Medio Oriente, ni genera peligro o prudencia, como el caso de Colombia”, me dijo, recordándome que había marinos a bordo de 23 años que posiblemente nacieron al final del período de la guerra fría, cuando el nombre de Nicaragua sonaba fuerte en Estados Unidos.

Esa noche salí de la cena reflexionando sobre qué haría el sábado luego de cenar: no había mucho dónde escoger, y aún era muy temprano para dormir, pese a que por el huso horario dentro del barco (hora de Estados Unidos) había madrugado para desayunar.

El barco llevaba sus funciones respecto a la hora de Miami, que significaba dos menos que las acciones cotidianas de mi horario natural, adaptadas a Nicaragua. A saber: cuando anunciaban la hora de desayuno, a las seis de la mañana, eran para mí las cuatro de la mañana en mi costumbre, y como iba a bajar a desayunar sin ducharme, tenía que estar despierto a las tres para darle oportunidad a la higiene.

Igual el almuerzo de las 12, que eran para mí las diez de la mañana, y la cena de las seis, que eran para mí a las cuatro de la tarde.

Y no era todo: a las ocho de la noche ya no había nada que hacer, más que irse al camarote, salvo alguna excepción, como la cena en la cabina del comodoro, o una reunión extraordinaria para tratar detalles de qué se hace al día siguiente, o la tardanza en la sala de internet para tratar de revisar correos electrónicos y leer los diarios, cosa casi difícil de realizar por el lento servicio de acceso a bordo.

Fuera luces
Además, por órdenes y norma interna, las luces blancas de los pasillos se cambiaban a luces rojas, y todo adquiría un tono extraño, a laboratorio de fotografía, que sumado a la soledad de los pasillos y al frío imperante en todo el barco, no daba ánimos para salir.

Entonces había que irse a cama a las ocho de la noche, que para mí eran las seis de la tarde, y por esa razón no tenía ni una gota de sueño, y menos que la tuviera cuando cada cierto momento sonaban por el sistema de radio unos estridentes y extendidos pitidos de silbatos para llamar la atención antes de un mensaje a toda la tripulación.

Me sorprendió que todas las noches, posiblemente entre las nueve y las diez de la noche, un capellán a bordo emitía una oración religiosa agradeciendo a Dios haber terminado el día con bien, y pidiéndole fuerzas y protección en las misiones del día siguiente. Finalizaba con un amén solemne.

Me tocó compartir camarotes con un médico holandés, un agregado de prensa y con un médico japonés como vecino. Las camas eran literas ensambladas en la pared de un metro de ancho, en cuentas de tres, una sobre otra, con un espacio entre una y otra de menos de medio metro hacia arriba, suficiente para leer por horas mis dos libros de ocasión (sabía que tendría horas disponibles en el viaje para leer).

Una noche, siendo las 12 en mi reloj, hora de Nicaragua, me di cuenta que si no cerraba los ojos no podría dormir, y me tomaría la hora del baño sin sueño. Cerré los ojos y sentí que apenas los había cerrado, cuando ya era hora de levantarse. Dormí poco y mal.

Al fin el sol y Linda
A la mañana siguiente sólo tuve ánimos para un café y pensé que debía ser el mareo el que me estaba agotando, pero tuve una buena noticia que me hizo recuperar el ánimo: recorreríamos el barco, bajaríamos a conocer nuevas áreas, estaríamos en la pista de aterrizaje y visitaríamos las instalaciones donde guardan los barcos anfibios y las bodegas con grandes ventanas abiertas al mar.

El contacto con el espacio abierto, la visión de ver gente ocupada en cosas, la cercanía del sol, el viento húmedo y tibio del Caribe, la vista majestuosa del mar azul-azul, y el buen ánimo de los periodistas y los guías de turno, me levantaron el humor y me pusieron contento y con hambre pese al desvelo previo.

En esa ocasión conocí a Linda, una joven nicaragüense de Managua que trabajaba en el cuarto de ingeniería como ayudante. Hablamos largo y tendido y me hizo tantas preguntas sobre el país, que entendí que llevaba años fuera de él. “Desde 1992. Algún día volveré”, me dijo, pero no le creí.

No tuve inconvenientes personales con nadie. La tripulación estaba al tanto de la presencia de los periodistas y siempre hubo un trato cordial y diligente, con información y orientación amable.

Una noche antes de llegar a puerto, donde la nave anclaría para iniciar su misión humanitaria de 12 días en Nicaragua prestando atención médica y ejecutando proyectos de reconstrucción, me fijé en un sobre de papel metido entre unos tubos de ventilación.

Lo halé, abrí y leí: “Aquí estuvo MC Jones”. Dentro había tierra, un nombre y una dirección en San Antonio con la frase: “Papá, volverás a verme”.