•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Es la única mujer del grupo y lleva una mochila en los hombros. ¿Que cómo lucía? Poco femenina o quizá descuidada ¡quién sabe! Ahorita, mientras sube la cuesta como parte del entrenamiento militar, se inhibe de quejarse, pero ya no tiene más aire para inyectar en sus pulmones ni fuerza para que sus piernas continúen ascendiendo. Es 1976.

¿Que qué hace esta mujer criada en la alta alcurnia de una ciudad colonial nicaragüense subiendo una montaña en Pinar del Río? Pues está siguiendo sus ideales, pero sus piernas y pulmones, por ahora, no parecen marchar sobre la misma ruta.

La mujer es agraciada. Dicen que en aquella época y en las siguientes décadas no era una mujer, sino “un mujerón”. Tiene ojos tristes, pero apenas sonríe, su rostro se ilumina y transmite cierto sosiego. Sin duda, tiene alma de psicóloga, pero, ¿qué alma tienen las psicólogas? ¡Quién sabe! Ella estudió eso, aunque por el momento ni se le ocurre ejercerlo.

Lo cierto es que a simple vista inspira confianza. Es dulce sin ser empalagosa, cercana sin parecer hostigosa, y el ¡click! que hace con la gente provoca tal empatía, que cuando sea mayor, cuando se convierta en jefa y participe en las exploraciones subterráneas que harán sus subordinados; y luego, cuando se convierta en policía, muchos que escucharán su nombre y sonreirán.

Esa mujer está cansada y pronto tendrá que confesarlo. El entrenamiento militar que ahora está llevando en la isla no es lo que su padre pensó para ella. El señor, un connotado liberal, audaz e increíble orador, la imaginó como una profesional de primera graduada en Estados Unidos, pero ella, terca, regresó a su Nicaragua para no perderse una época decisiva en la historia del país, en la que los jóvenes fueron los protagonistas.

Entonces allí está. Es la única mujer de la escuadra y debe confesar que está agotada y que necesita unos minutos de descanso. Y bueno, los hombres le darán esos minutos, y semanas después tendrán que aguantarla: sus piernas enclenques de burguesa ya se han acoplado a esta vida, a estas condiciones, a estas andanzas. Ahora camina adelante. La única mujer de la escuadra camina adelante mientras sube una montaña en Pinar del Río.

Eva Cecilia. Así se llama: Eva por una tía paterna, y Cecilia porque ese nombre le gustaba a su mamá. Sus apellidos: Sacasa y Gurdián. Nieta de un exministro de Anastasio Somoza García, de nombre Crisanto, cuyo hijo, Ramiro, fue fundador del Partido Liberal Constitucionalista y tuvo cinco hijos. La descendencia de Eva: una mujer, dos varones, uno de ellos con el nombre y el primer apellido de un poeta que ajustició a un dictador; y cuatro nietos.

A Eva Cecilia la maleó la UNAN. Pese a que vivía con múltiples comodidades en su hogar, conocía de las carencias y desigualdades que sufrían los demás, porque estuvo en contacto con ellas a través de las obras sociales que alguna vez hizo mientras estudió en León, con las monjas de La Asunción.

Salió de la escuela de monjas pensando en ser psicóloga, viajó a Estados Unidos y allí estuvo solo un año, porque algún “gusano” revolucionario la hizo reflexionar, y decidió finalmente regresar al país. Así es, pues, como llegó hasta la UNAN. Entonces los estudiantes estaban haciendo huelgas por la liberación de los reos políticos.

“Primero traté de ocultar mi participación política, pero creo que en el fondo mi padre sentía que estaba siguiendo sus pasos, pero en otro sentido… Mi mamá me aconsejaba. Me decía que le daba miedo que estuviera allí”, cuenta de la época cuando ya era parte del Partido Socialista.

Escondida viajó a Cuba a un congreso de mujeres. Era de las más chavalitas. Tan así se miraba, que Fidel Castro le preguntó por qué no se quedaba estudiando la secundaria en la isla. Durante aquel viaje sus padres pensaban que andaba en México, pero a su regreso un miembro de la Guardia Nacional la interrogó y presentó pruebas de que no estuvo en el país azteca. La retuvieron por horas, y finalmente fue liberada por gestiones de su padre.

Un día sus padres supieron todo, y oficialmente se le otorgó el título de la “oveja negra”. Por eso hubo que hacer un pacto familiar: no hablar de política. Su padre murió en 1981, y ella quedó con un sentimiento de angustia porque no pudieron sincerarse. Se despidió de él en el aeropuerto, cuando en estado grave era trasladado a Estados Unidos. Él le apretó la mano y admiró al pequeño nieto que Eva llevaba en brazos.

La siguiente etapa de su vida ocurrió en el Ministerio del Interior, MINT, donde estuvo toda la década de los 80 en diferentes direcciones, de Propaganda, Política, de Planificación y Control, de Recursos Humanos, etcétera. Y aquí, es mejor escucharla respondiendo una pregunta:

¿Se sintió alguna vez discriminada por asuntos de clase?

“Sí, cuando dan los primeros grados me dieron el de subteniente, era el más bajo de los grados oficiales. Yo me ponía a pensar: pero si tengo tantos años de trabajar. Había otras personas que tenían la misma trayectoria y el grado de capitán, entonces en alguna medida pienso que eso fue, que decían: ‘vamos a poner a prueba a esa muchacha, y que aguante el ácido’.

Después del triunfo a veces pasábamos hasta ocho días reconcentrados. La ventaja es que mi madre y una tía me apoyaron mucho en cuidarme al niño. Aunque la verdad es que tuve tres niños seguidos. Eran tres bebés. Y algo te quería comentar, cuando estaba en el MINT, una vez hicieron un plan de aviso, yo estaba con los dos bebés, el niño de cinco meses y el otro de dos años, y me fui con ellos porque no tenía con quién dejarlos. Cuando llegué, uno de los jefes dijo: ‘¡¿A quién se le ocurre traer niños?!’. Imaginate”.

Eva Sacasa no es una mujer que pase inadvertida. Presencia y carácter son dos palabras que la describen. Tras la pérdida del Frente Sandinista en 1990, dejó el MINT e ingresó a la Policía Nacional, de donde se retiró en 2001 con el grado de Comisionada General y en el cargo de Inspectora General y Subdirectora de la institución.

Mucho camino recorrió durante esos 11 años. Impulsó la equidad de género en una institución plagada de machismo, y fue impulsora de las Comisarías de la Mujer y la Niñez.

En 1995, el entonces director de la Policía, Fernando Caldera, le pidió que organizara la celebración por el Día Internacional de la Mujer y ella recomendó que esta fecha fuese celebrada con una asamblea de intercambio con las oficiales para que expusieran sobre los problemas que las aquejaban y que acentuaban la desigualdad de género.

"Allí inició un proceso de conformación de un Consejo de Género. En marzo del 96 constituimos ese Consejo y me nombraron Secretaria de Género de la Policía. Se trataba de un acto de justicia hacia las mujeres, quienes habíamos venido teniendo una participación destacada desde la lucha contra la dictadura de Somoza, y de un enfoque integral de atención a las necesidades diferenciadas de seguridad ciudadana de hombres y mujeres”, recuerda.

Todo esto lo cuenta sentada en un amplio y frío salón del edificio donde hoy funciona el Foro de Presidentes de los Poderes Legislativos de Centroamérica, Fropel, lugar que hoy alberga al personal a cargo del Programa Centroamericano de Control de Armas Cortas y Ligeras, que ella coordina desde hace más de tres años.

La tarde casi termina. Esta mujer amante de Mozart, Tchaikovsky, Beethoven, Richard Clayderman, Andrea Bocelli y Armando Manzanero, que gusta de bailar salsa, cumbia y merengue, que religiosamente hace abdominales y pesas para conservar ese cuerpo que más de alguno admiró en su juventud, debe irse; no sin antes contestar tres preguntas más.

¿Realmente quería ser directora de la Policía?

No estuvo dentro de mis planes estratégicos, realmente eso no estaba entre mis aspiraciones. Pensaba en que prevalecieran las políticas que habíamos venido construyendo, de la igualdad de la mujer, tanto de las políticas internas como de los servicios a la población, entonces dije: quizá valga la pena (ser directora). Para mí lo esencial era que esta Policía se conservara como una Policía profesional, con sentido de igualdad.

¿La llegada de la primera comisionada Granera, su prima, fue una especie de aspiración o sueño cumplido?

La comandante (Doris) Tijerino para mí era como un paradigma, una mujer a la que siempre admiré, pero fue otra época. Cuando fue nombrada (Granera) me sentí sumamente contenta y en alguna medida realizada, porque toda esa lucha por lograr fortalecer la participación de la mujer en la institución policial, por delegar a las mujeres en los cargos de dirección, siento como que fue producto de un esfuerzo colectivo que llegó a materializarse en una mujer como ella.

¿Qué le falta por hacer en esta vida?

Me encantaría pintar, dibujar sobre la naturaleza, las puestas de sol; y la verdad, yo quisiera que se diera algún cambio en función de la equidad, igualdad, justicia, pero eso van a tenerlo que hacer las próximas generaciones.