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Es un mini-Joe Frazier dijo Don King genuinamente impresionado… Fue un feroz contragolpeador dotado de suficiente talento para aplicar variantes… Sus dos peleas con “Finito”, tumbándolo y desfigurándolo, inolvidables… Esa obra maestra contra Siriwat…” Mamá, aquí está tu muchacho, olvídate de trabajar”, le dijo al regresar de Tailandia… Nunca dio ni pidió cuartel... Un fabricante de emociones a base de coraje y buen boxeo… Quiso ser pelotero, pero se consideró muy pequeño.

Entre el ruido de las máquinas tragamonedas en el Hotel Hilton en Las Vegas, yo seguía escuchando aquella madrugada del mes de noviembre de 1998, la carcajada de Don King y su definición acertada de Rosendo Álvarez: es un Joe Frazier en miniatura, una fiera. ¿Recuerdan Manila?, preguntaba King gritando durante la rueda de prensa, mientras Ricardo “Finito” López, golpeado como nunca antes, trataba de ocultar su rostro detrás de unos gigantescos anteojos oscuros, usando gorra y toalla. Había sido el ganador en cerrada puntuación, pero no lo parecía, y estaba consciente de eso. La pelea con Rosendo, quien lo había tumbado en México meses atrás, había sido feroz.

King, más excitado que cuando finge estarlo, se refería en la comparación, a la épica batalla entre Alí y Frazier, que por poco termina con el abandono de los dos púgiles al mismo tiempo antes de salir para el round 15. “Rosendo es un mini-Frazier”, gritaba. Apenas exageraba.

Igual que Frazier, con desventaja en estatura, Rosendo embestía como un toro disparando sus manos pesadas desde los ángulos menos previsibles, mostraba esa capacidad destructiva golpeando al cuerpo insistente e implacablemente, su frecuencia de golpes fue siempre impresionante, y cuando lograba apretar al rival contra las cuerdas, cualquier posibilidad de escape desaparecía. Era un “Búfalo” atacando y resoplando con furia incontrolable.

Nicaragua solo tenía archivados dos campeones mundiales, el inmenso Alexis Argüello y el fugaz y poco perceptible Eddy Gazo, cuando Rosendo provocó el tercer gran impacto en diciembre de 1995, destronando al sólido campeón Chana Porpain en Tailandia, su propio patio, combinando adecuadamente destreza con atrevimiento y violencia, atrapando un sueño.

Antes de viajar tan lejos, fantaseó de la siguiente manera: Cuando regrese voy a gritar ¡Mamá soy campeón mundial! Así que olvídate de seguir trabajando vendiendo condimentos y prepárate para disfrutar de la vida. Deja eso de mi cuenta”.

Desde 1979, Cuando su esposo Rosendo Álvarez Guido, falleció, doña María Elena trabajó intensamente sin pedir tregua, sudando sin volver a ver el reloj, concentrada en sacar a flote a sus cinco hijos sobrevivientes del total de siete que, durante un tiempo, hicieron ruidosas las horas de las comidas elaborando planes que nunca se realizaban.

Rosendo vio morir a sus dos hermanos mayores, uno a los 28 años a consecuencia de cierta enfermedad sin solución y otro a los 24, víctima de un accidente. “Fue entonces que quedé rodeado de cuatro mujeres y mi mamá cinco. Como el hombre de la casa, tenía que meter el hombro y por eso necesitaba llegar a ser Campeón del Mundo”, relataba.

Un alumno “más o menos” en Primaria, el chavalo que se desarrolló en Ciudad Sandino, consiguió prosperar hasta tercer año de Secundaria sin llegar a sentirse atraído por los estudios, ni planear “ser alguien” por esa vía. “Creí tener facilidades para jugar beisbol, pero de pronto, mi vocación giró hacia el boxeo, y durante el Servicio Militar terminé de cultivarla”.

¿Cómo ocurrió eso?...”Yo estaba en la brigada de tanques Oscar Turcios durante los años del 86 al 88, y el jefe era el teniente Juan Ramón Mendoza. Una forma de conseguir pases hasta por tres días, era imponerme en los torneos de boxeo que se realizaban en la base en forma improvisada. Y así, noqueando rivales, conseguía los permisos, hasta que consideraron que eso no podía seguir así y me cortaron. En ese momento, mi futuro quedó trazado en una sola vía: hacia el boxeo”, recuerda.

Fue Ervin Hurtado conocido como “La abuela”, quién lo metió al pugilismo. “Resultó un buen entrenador, excelente amigo y gran motivador”, explicó cuando se coronó, agregando: “Después de ser campeón en el terreno militar, entré al amateurismo con el apoyo del capitán Monjarrez y el teniente Torrez, quienes me consiguieron el respaldo económico. Ayudarle a mi mamá y mis hermanos me hizo sentirme importante”.

Sus cifras son llamativas: 42 peleas, 37 victorias, 24 por KO, solo tres derrotas, una de ellas en la memorable revancha con “Finito”, que provocó encendidas discusiones y fue candidata a la mejor del año en 1998, y dos empates. Un peleador inteligente, asimilador de orientaciones, capaz de aplicar variantes oportunas y meterse al fuego con determinación de “kamikaze”, Rosendo fue un garante del espectáculo.

Arrebató el cinturón de las 105 libras al temido Chana Porpain, quien había realizado ocho defensas y era el favorito lógico en su país, Tailandia. Esa noche, Rosendo se mostró de cuerpo entero impresionando a los expertos orientales y dejando trazada una seria advertencia.

Todo boxeador necesita enfrentar un reto a lo imposible, para poder ser correctamente dimensionado, y Rosendo atravesó por esa prueba dos veces, enfrentando al mexicano Ricardo “Finito” López, un campeón calificado como invencible y intocable, nunca tumbado. En 1998, en la Arena México, Rosendo derribó al Finito y fue víctima de un fallo localista al decretarse un empate técnico después de siete rounds, cuando un corte en el rostro de López, consecuencia de choque de cabezas, obligó a la suspensión. En la revancha, otra pelea unificatoria, con Rosendo sin su cinturón AMB por haberlo perdido en la báscula, el nica ofreció una demostración de bravura pocas veces vista, quedándose atrás por puntos, con uno de los tres jueces, votando a su favor.

Su obra maestra fue la deslumbrante victoria sobre Pitchinoi Siriwat en Miami. Esa noche, fue un catedrático del boxeo entre las cuerdas. Lo vimos cambiar distancias, contragolpear con exactitud, pelear en reversa, atropellar con descargas variadas, y levantar al público de sus butacas. Juntó su talento y su fiereza de tal forma, que cuando recuerdo esa pelea, me siento iluminado.

El gran drama

Nunca olvidaré aquella tarde del 13 de noviembre de 1998. Rosendo ya había perdido su título de las 105 libras AMB al ser derrotado por la báscula, cuando a pocas horas del combate que permitía a “Finito” disponer de la posibilidad de retener su cetro CMB y buscar el que tenía el nica, se le obligó a volverse a pesar fijando un límite de tolerancia, no mayor que 114 libras. Se suponía que “Finito” subiría realmente en unas 112, según su historial.

Rosendo hizo de todo y se debilitó drásticamente. Al verlo tan devastado mientras buscaba inútilmente como hacer el peso, le recomendé que la mejor decisión, sería no pelear. Ahí estaba el guerrero, pálido como un fantasma, frágil como un vidrio delgado, seco como un hueso con cien años de abandono.

¿Cómo fue posible que en aquel cierre de 1998, desde esas ruinas aparentes, Rosendo emergiera tan bruscamente, ofreciendo a base de agallas, con el corazón intentando escapar por la garganta, una pelea formidable? Fue un alarde de coraje erizapelos.

Lo vi ganar, y todavía insisto en eso. Esa fue la noche que Don King lo llamó Mini-Frazier, para después gritar: ¿Recuerdan Alí-Frazier en Manila? Ciertamente, esa epopeya pugilística se había repetido entre pequeños con sus corazones agrandados.