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Un lugar perdido entre las montañas y el río Grande de Matagalpa logró convertirse en un punto de importante intercambio comercial, tras ser descubierto por personas que buscacan una mejor vida, pero hace cuatro años su destino quedó definido: ser inundado para construir el embalse del proyecto hidroeléctrico más grande en el país.

Alejandro Salazar llegó hace más de 30 años a Apawás, cuando solo tigres y chanchos de monte habitaban en este remoto lugar que hoy es un caserío partido en dos por una trocha y que dentro de tres años quedará bajo 36 metros de agua.

Esta comunidad tomó el nombre de un riachuelo y hoy funciona como puerto de montaña. Apawás, poblado del municipio La Cruz del Río Grande, Región Autónoma Atlántico Sur (RAAS), será el más afectado por el Proyecto Hidroeléctrico Tumarín, porque tendrá que desaparecer para dar lugar a un embalse de 42 kilómetros cuadrados.

Salazar, uno de los primeros pobladores de Apawás, cuenta que el lugar tomó vida hace aproximadamente diez años con la llegada de gente que vino desde Boaco, Jinotega, Chontales, Matagalpa y hasta de Managua, como Carlos Mendoza Sánchez, quien llegó desde Ticuantepe hace seis años.

“Soy una mezcla de la montaña y de la ciudad. Soy de allá, pero dependemos de esta zona”, comenta Mendoza Sánchez, conocido como “Lola”, quien se dedica a destazar ganado, vender comida y hacer viajes en bote.

En Apawás los productores llegan a vender queso, cuajada, crema, frijoles y, a la vez, a abastecerse de hortalizas, ropa, calzado, útiles ferreteros, medicamentos y todo lo que sólo se puede encontrar en la parte urbana.

Alejandro Salazar vive en Apawás desde que tenía 18 años, porque ahí combatió contra la dictadura de Anastasio Somoza, derrocada en 1979. Actualmente se dedica a comprar y destazar ganado, lo cual le deja una ganancia mensual de aproximadamente 20 mil córdobas.

La historia del resto de la población, como la de “Lola”, es la misma. Llegaron en busca de una mejor vida, vendiendo verduras, ropa usada, confites y medicamentos, pero en pequeñas cantidades y ubicados en espacios que alquilaban por día.

Hoy son mayoristas, tienen casas, lotes y botes para llevar por su propia cuenta la mercadería de sus negocios.
Martha Espinoza Sánchez llegó desde Río Blanco hace 10 años, a raíz de que un grupo de toma-tierras matara a su esposo para quitarle más de 4,000 manzanas en la comunidad Wanawana, del municipio de Paiwas, donde, según dice, se dedicaban a la crianza de ganado y al cultivo de granos básicos.

Quedó viuda de 30 años y con dos hijos a su cargo, uno de nueve años herido de bala en el mismo conflicto y otro de apenas 22 días de nacido. “Quedamos sin nada, nadita”, cuenta con el rostro sobrio, como quien ya perdonó a los asesinos de su marido, después de tanto tiempo.

Así que decidió ir a San Pedro del Norte a vender ropa usada, jabón y confites. Por cinco años estuvo viajando entre Río Blanco y San Pedro del Norte en esa actividad. “Pero ya no le hallaba allá, entonces me trasladé para acá, porque era mejor; en dos días me vendía 7,000 pesos”, asegura.

Un negocio de fin de semana
Ningún comienzo en Apawás fue fácil. Esperanza Lanzas, de Managua, da testimonio de eso al decir que hace seis años, cuando llegó por primera vez, lloraba al ver el río crecido.

“Aquí vine con una mallita de papas, una mallita de cebollas, 20 repollos, una docena de chayotes, una docena de zanahorias y empecé a trabajar… Cuando miré que vendía todo lo que traía, dije: ´aquí hay vida´”.

En estos años Lanzas logró comprar dos casas en Apawás, un terreno en la capital donde construyó una modesta vivienda para su hijo que estudia inglés, y tener su propio bote.

Los días “fuertes” en Apawás son los sábados y los domingos. “Aquí parece un Oriental chiquito”, dice “Lola”, quien asegura que en esos dos días logra hasta 30 mil córdobas de ganancia.

Apawás está en la ribera norte del río Grande de Matagalpa, aproximadamente a 35 kilómetros después de su intersección con el río El Tuma.

Llegar a Apawás no es fácil, pero tampoco imposible. De Managua, pasando por Boaco, Muy Muy, Matiguás y Río Blanco, el viaje hasta San Pedro del Norte en vehículo particular dura siete horas y media, más dos horas en bote hasta la comunidad.

En el trayecto acuático, mientras el viajero se distrae observando las lomas que bordean el río, las tortugas que asoman la cabeza por el agua, las garzas que se posan en las rocas y, si tiene suerte, algún lagarto, es inevitable soltar una sonrisa con los comentarios de “Lola”.
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--Mirá hombré, hay dos cosas que nunca aprendí porque no me gustan: decir vulgaridades y fumar, dice.

--Pero sos mujeriego, le replica “Iguana”, conductor del bote.

--Es que si Dios me dio un órgano sexual tengo que darle uso, contesta.

¿Y conoce bien el río? Es sincero al contestar. “Yo, si caigo ahí, donde caiga me ahogo, porque no sé nadar, hay que ser claro. De andar en el río uno agarra experiencia, pero los que sí lo conocen para traficar en él son los motoristas, la “Iguana”… La gente de La Estrella y de San Pedro no vienen para acá porque no conocen, solo vienen a estrellarse en esos pedregales”, explica Mendoza Sánchez.

A pocos metros de Apawás, solo se ve una larga e inclinada escalera de concreto. El zinc, los rollos de alambre de púas, las bolsas con varias libras de pollo, las cebollas, tomates, zanahorias, papas, resultan una carga pesada.

Son las 10 de la mañana y hace un calor infernal. No hay niños jugando en la trocha. Se observan más hombres que mujeres caminando por el andén que recorre un solo lado del caserío.

Apawás aparenta ser un poblado muy sano. En sus primeras cuadras no hay bares. Sólo un billar da la bienvenida, pero allí están prohibidas la entrada a menores y la venta de licor.

Un hombre montado en un caballo arrea tres mulas cargadas con dos tacos de queso de 130 libras cada uno. La libra vale 35 córdobas, pero el productor advierte que la mercancía se dirige a El Salvador.

Muchos niños y ninguno con libros
En la escuela local, La Esperanza, hay sobrepoblación de alumnos y la infraestructura es precaria. De los columpios o chinos solo quedan unas corroídas barras sujetas al suelo.

Están inscritos 326 estudiantes y sólo hay cinco salones. Por la mañana estudian los de preescolar a tercer grado, y por la tarde los de cuarto y quinto en multigrado, así como los de sexto grado en regular, y los de primero y segundo año en multigrado; además, hay una secundaria por encuentros.

Dos de los salones son mitad madera y mitad malla ciclón. Fueron construidos con colaboración de los padres de familia. Ahí un joven profesor enseña Matemáticas ante la presencia de apenas nueve alumnos.

Teresa Díaz Oporta es la directora y a la vez maestra de Ciencias Naturales. Es originaria de la comunidad San Miguel de Casa de Alto, a una hora de Apawás, al otro lado del río, pero aquí alquila un cuarto por 350 córdobas mensuales.

Es madre soltera y sus tres hijos están con su abuela en San Miguel de Casa de Alto, donde tienen una finca. Los visita cada 15 días porque tiene a cargo un grupo de estudiantes a distancia.

“La vida de un maestro aquí es difícil, porque el salario es poco. Los maestros que ya están aquí me comentan que tienen que saber cómo ajustar, porque el básico es 3 mil 700, 3 mil 800; y si la plaza tiene algunos adornos llegará a los 4 mil 100, 4 mil 500”, comenta Díaz Oporta, quien en los dos meses de estar en Apawás sólo una vez ha tenido energía eléctrica, a través de una planta administrada por la Alcaldía de La Cruz de Río Grande.

Teresa no cree que aguante dos años en esa situación, por eso dice que su meta es trabajar allí sólo este año. “Para poder sobrevivir hay que tener otras dependencias y mis dependencias no están aquí, están en la finca. Además, estoy fuera de mi casa, no estoy con mis hijos”, cuenta.

En el poco tiempo de estar como maestra y directora en Apawás, ha tomado un gran sentido de responsabilidad con la escuela y sus estudiantes. Preocupada, plantea que ningún niño de primaria cuenta con libros, sólo los docentes.

Lo mismo pasa en secundaria, aunque con la aportación de los alumnos lograron comprar 18 libros. Muestra el recibo: 3 mil 570 córdobas en total.

Rozan las cinco de la tarde y el sol de esa hora le impregna un color rojizo a Apawás. Los alumnos del turno de la tarde ya están por salir, están sofocados. Áxel, un niño de 12 años, espera a su profesora para cargarle los libros porque vive largo. Afuera, la mayoría de los negocios ya están cerrados y el cantar de las chicharras ya es constante.

Pronto oscurecerá y sólo en algunas casas se observará luz eléctrica. Una señora y su hija adolescente se apuran a comprar un galón de gasolina para así ver la telenovela. Un grupo de comerciantes se está congregando porque quieren expresar su desacuerdo con el tipo de indemnización que recibirán de la empresa desarrolladora del proyecto Tumarín, por salir de Apawás.

Entre ellos está Alejandro Salazar, muy molesto. “Tanto que hemos trabajado, tanto que nos ha costado y que solo nos vengan a derrotar, sacarnos de carrera, como el pollo de su casa”, se queja.