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El caso Eisentuck-Leal visto por Esteban Escobar y Salomón de la Selva

El último en estudiarlo a fondo fue Esteban Escobar en su biografía de Chamorro Alfaro hace casi 80 años, en 1935. Ese mismo año Salomón de la Selva, en su novela “Pueblo desnudo o la guerra de Sandino”, ficcionalizó el caso. Sandino lo utiliza de pretexto para saquear la hacienda de café “Germania”, cerca de Jinotega. Los hechos son narrados por el Tata Cura, otro de los personajes; mas Salomón de la Selva pone en boca del muchacho de Niquinohomo esta reflexión:

“Los alemanes nos deben un capital desde hace medio siglo. No me acuerdo de todos los detalles, pero el coronel Estrada lo sabe. Él ha leído la historia. Cuando Nicaragua esté libre se le enseñará esa historia al pueblo. Quitarle a los alemanes de Nicaragua es recobrar un poquito lo que Alemania nos arrebató. ¡Hubiese vivido yo entonces!”.

A mediados de 1939 el mismo Escobar difundía en la Tipografía El Correo, de Granada, el capítulo “La cuestión alemana” de su referida obra biográfica. Titulada “El conflicto germano-nicaragüense: 1876-78”, esta reproducción la dedicaba “a los jóvenes nicaragüenses simpatizadores de Alemania en la actual contienda europea”. Veinte páginas sumaba dicho capítulo.

La perspectiva alemana

Varias décadas después, dos amigos alemanes míos —Göetz von Houwald y Günther Schmigalle— resumieron el caso tendiendo a justificar el ultraje a nuestra soberanía. Pero Gerhard Wiechmann, en su tesis doctoral de 2000 sobre la marinería prusiana-alemana de 1886 a 1914 en América Latina, lo asoció a la diplomacia de las cañoneras del Imperio Alemán. Wiechmann cita la clásica obra Gunboat Diplomacy (1971) del británico James Cable: “La política de cañoneras —define este fenómeno— es el uso de la amenaza de la fuerza naval para asegurarse beneficios o evitar pérdidas en un conflicto internacional frente a ciudadanos extranjeros en su territorio propio”. Y esto fue lo que aconteció en el caso Eisentuck-Leal:

Los hechos: dos incidentes callejeros en León

Dos ricos comerciantes germanos establecidos en León, Paul y Moritz Eisentuck, se turnaban el Consulado alemán en Chinandega y León. Pablo, casado con Ida Altman, era padrastro de Franziska (Panchita) Hedemann, hija del primer matrimonio de doña Ida. Pues bien, Panchita se había casado en 1871 con el dentista nicaragüense Francisco Leal, quien no agradaba a la familia de su esposa. Por divergencias matrimoniales, Panchita regresó a casa de doña Ida y don Pablo. Luego, secretamente, los esposos se reconciliaron. Pero el terco carácter de sus padres impidieron a Panchita regresar a su hogar y empezaron a planear enviarla a Alemania, entonces bajo el control de Bismarck: aplastante victorioso en la reciente guerra con Francia.

Leal solicitó permiso al Gobierno para que interviniera en dejar en libertad a Panchita y juntarse de nuevo con ella. El Gobierno le contestó que acudiera a los tribunales. No hizo caso y decidió sustraer a su esposa de los Eisentuck. La noche del 23 de octubre de 1876, en compañía de su amigo Isidro Infante, Leal asaltó en León a los Eisentuck —cuando iban de su tienda de comercio a su casa de habitación—, disparando tres tiros al aire, sin poder rescatar a su esposa. Don Pablo se quejó al Gobierno. Pero, comprobado que se trataba de un asunto de familia, el Gobierno suspendió la investigación trasladándola a los tribunales comunes, donde no fue presentada la acusación correspondiente.

No sin informar al alcalde tercero, José Balladares, Leal hizo un segundo intento otra noche: la del 29 de noviembre del mismo año. Juzgando que no era delito de Leal tomar a su esposa y llevársela a su casa, Balladares creyó de su deber vigilar el lugar de los sucesos ordenando la presencia de una escolta de policía para evitar desgracias. El día señalado Leal y su padre político entraron en lucha, cayendo ambos en el suelo; doña Ida dio golpes a Leal con un perno de hierro que portaba, y uno de ellos por casualidad hirió levemente en la nuca de su marido. La Policía intervino: quitó el perno a la señora, y a don Pablo un revólver que había desenfundado y con el cual amenazaba al escolta. Esta facilitó la evasión de Panchita con su marido y ambos se trasladaron a Granada para vivir tranquilos. Los Eisentuck y sus acompañantes fueron conducidos por la escolta. Pero en el camino encontraron a don José Guizado (un caballero colombiano) que informó a los gendarmes de la calidad de cónsul de don Pablo; en consecuencia, todos fueron dejados inmediatamente en libertad.

Las exigencias de von Bergen: representante de Bismarck en Centroamérica

El encargado de negocios de Alemania en Centroamérica, residente en Guatemala, Werner von Bergen, presentó quejas al gobierno, otorgando al incidente carácter internacional por la condición consular del agredido. Levantada otra investigación, se impuso una multa a Pablo Eisentuck. Las cosas se complicaron. Von Bergen solicitó, con el apoyo de su gobierno, que el buque británico de guerra “Daring”, surto en Panamá, se trasladara a Nicaragua. A mediados de febrero arribó a Corinto y su comandante fue atentamente recibido por el presidente Chamorro. Se desconoce el contenido de su comunicación, pero los acontecimientos posteriores demuestran que no era favorable a Nicaragua.

Por medio de su encargado de negocios ante el Imperio Alemán, Mr. Jayme L. Hart, nuestro Gobierno presentó al gabinete de Berlín las explicaciones del caso. Sin embargo, Berlín contestó que las explicaciones eran insuficientes para modificar las instrucciones dadas a von Bergen. Este, acompañado del ministro norteamericano en Centroamérica, Mr. George Williamson, llegó a Corinto el 25 de junio de 1877. Anselmo H. Rivas, ministro de Relaciones Exteriores de Nicaragua les dio la bienvenida y el 28 ya estaban en Managua. Von Bergen exigió que se les recibiera al día siguiente, 29: día del cumpleaños y del onomástico del presidente; y, por tanto, día de fiesta. El ministro Rivas, entonces, fijó recibir a los diplomáticos el sábado 30: a la una y a las tres de la tarde, respectivamente.

Von Bergen y Williamson se negaron: indignados, escribieron al presidente, quien el mismo 30 de junio les respondió afirmando que su gobierno no había sido descortés. Los diplomáticos abandonaron Managua. Ya en León, dijeron que habían sido objeto de desaire de parte del Gobierno. Un amigo de este les pidió que regresasen, pero ellos condicionaron su retorno a la capital al envío, a cada uno por separado, de telegramas firmados por Chamorro. Enterado, el presidente reunió a su Consejo de Ministros muy avanzada la noche y se resolvió que era humillante para la República que el jefe de ella diese espontáneamente aquel paso, tanto más cuando la conducta de los dos representantes era poco amistosa. Rivas respondió al amigo de León, a la una y media de la madrugada: No me atrevo a despertar al señor Presidente. Mucho ha sufrido por la falta de consideración de esos señores. Déjelos usted marcharse. Dios es grande y grande es nuestro derecho…

Las cañoneras alemanas contra Nicaragua

La entrevista frustrada tenía por objeto leer al ministro Rivas el ultimátum del imperio alemán: castigo a los culpables de los atentados del 23 de octubre y del 29 de noviembre de 1876; sanción a la autoridad que amparó a Leal; pago de 30 mil dólares como reparación debida a la persona del Cónsul Imperial; y saludo a la bandera alemana, en solemne ceremonia, tributado por una división armada de Nicaragua.

El gobierno de Pedro Joaquín Chamorro Alfaro se vio obligado a cumplir el tercero y el cuarto punto. El segundo lo hizo por decisión voluntaria José Balladares, ya exalcalde, quien pagó 500 pesos de multa y fue suspendido de sus derechos políticos por cinco años. Para recabar los 30 mil dólares, el gobierno tuvo que cerrar durante cuatro meses las escuelas del Estado, suspender los trabajos de las carreteras de Matagalpa a Managua y de San Juan del Sur a Rivas, y los de la comisión encargada de la codificación general de la República. También a los empleados que ganaban más de 40 pesos, se les descontaría la tercera parte de su sueldo.

Dos escuadras alemanas respaldaron el ultimátum: una frente a Corinto, integrada por las cañoneras “Ariadna”, “Elizabeth” y “Leipsig”; la otra frente a San Juan del Norte, formada por otras dos: “Medusa” y “Frega”. En total disponían de 47 cañones.

El opositor Guzmán defendió al Gobierno

Un opositor al gobierno de Chamorro, Enrique Guzmán Selva, defendió a sus adversarios contra el cargo de ser culpables del conflicto. “El Gobierno actual —afirmó— no es más responsable de esta gran tragedia, que la del aluvión que arrasó Managua el 4 de octubre de 1876”. Al mismo tiempo reconoció que la protesta del ministro Rivas, dirigida a los gobiernos latinoamericanos el 15 de mayo de 1878 cumplía con el deber de anunciar a los países hermanos que hay prusianos en la Costa de América, y que aquí como en Europa, donde quiera que asoma el fatídico casco de los vencedores de Sedan, imperan la iniquidad y la violencia, se eclipsa el derecho y desaparecen la autonomía y la libertad de los pueblos.

En resumen, nada pudo contener a la Alemania de Bismarck. “El Canciller de Hierro” no podía consentir que un paisito de la América Central tuviera razón contra el testimonio apasionado y parcial de un cónsul del imperio. ¿Y el destino de los protagonistas? Panchita y Francisco Leal vivieron felices en Granada y fueron los padres de Pablo Leal, futuro alcalde Managua; von Bergen regresó a Nicaragua en tiempos de Zelaya y fue recibido con esplendorosa cortesía. En León se habló durante mucho tiempo del caso. Un drama en 4 actos, “Alemania y Nicaragua”, no pudo llevarse a las tablas por presión del cónsul alemán Moritz Eisentuck a la compañía “Cucalón”.

Wiechmann opina que si el gobierno de Chamorro no hubiera cedido, la consecuencia posible hubiera sido una guerra civil, con la marina alemana apoyando a los liberales contra los conservadores; el capitán de la escuadra alemana en el Pacífico, Wilhelm von Wickede, ya se había asegurado el apoyo del candidato presidencial liberal.

Secretario / AGHN