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No conoció el miedo, dio la impresión de no sentirse presionado en ninguna complicación, jamás abusó de la espectacularidad colocando en riesgo la seguridad, cometió pocos errores, como en aquel partido frente a Guatemala en el Norceca de 1967, y su brillo como arquero súper eficiente iluminó canchas en Nicaragua, Guatemala, El Salvador y Honduras, provocando también interés en el fútbol colombiano.

En una época en que el mundo entero admiraba al custodia-cabañas soviético Lev Yashin, capaz de hacer prodigios en aquellos años 60, aquí teníamos a nuestro “Hombre Araña”, Róger Mayorga, seleccionado en 2001, como el futbolista pinolero del siglo XX con todo el mérito requerido.

Los años, el paso del tiempo que no perdona y el desgaste que produce inexorablemente el entrenamiento continuado, hicieron mella en Róger Mayorga pese a su insistencia, y después de debutar en 1961 con el Dinamo, se vio forzado a retirarse en 1984, cerrando una larga historia. Durante mucho tiempo fue un privilegio verlo en acción debajo de los tres palos. ¿Tenía que durar por siglos? ¡Imposible! Róger seguía siendo contrarreloj un arquero confiable, aunque naturalmente, no era el mismo de antes. El suyo era un cuerpo cansado.

Hazañas de Mayorga hay muchas que contar desde los tiempos en que militaba en el “Rincón Español”, jugando por un almuerzo dominical, hasta su consagración con el Aurora de Guatemala, cuando alcanzó el tope de sus facultades.

En 1964, defendiendo los colores azul grana del “Rincón”, Róger brindó pruebas fehacientes de su gran capacidad cuando se plantó frente a la poderosa artillería del Santa Cecilia, y obviando que su equipo tenía dos hombres menos en la trinchera, detuvo en un alarde de efectividad, todo lo que le enviaron por aire, mar y tierra, para forzar un empate a cero goles, en una actuación increíble, para Ripley.

Cuando se armó el Milca Roja, Rodrigo Sánchez, vicegerente de la compañía y coordinador del equipo, no escatimó gastos en redondear un trabuco, y una de sus primeras contrataciones fue la de Róger Mayorga, agregando después a jugadores de reconocido calibre, como el argentino Alberto Ancurio, y los ticos Alfaro y Solano; el excepcional Rudy Sovalbarro, además de Arnoldo Góngora y Juan Cambronero; el salvadoreño Castro, y otros, que convirtieron al Milca en uno de los grandes animadores de nuestro fútbol.

En esa temporada, vimos a Róger en el Cranshaw detener una tarde dos tiros de penal. El primero fue ejecutado por el entonces llamativo prospecto diriambino Manuel “Catarrito” Cuadra, con gran violencia, buscando el ángulo superior izquierdo de la cabaña defendida por Róger. Este voló espectacularmente y ahogó el grito de gol en las tribunas. El segundo lo cobró Gustavo “El Cuervo” Ocampo, suave y raso, obligando a una zambullida sensacional de Mayorga y providencial manotazo enviando al corner.

Fue Mayorga quien contuvo en cero goles durante 45 minutos a la furiosa ofensiva de Estudiantes de la Plata, integrada por Verón, Echecopar, Conigliaro y Escoz, en el histórico triunfo de nuestra selección por 2-1

Fue Mayorga el que evitó una debacle de grandes proporciones frente al Botafogo de Río de Janeiro, cuando Nicaragua perdía por 3-0 debido a su gran actuación. Esa noche en el Estadio Nacional, Róger fue al mismo tiempo Batman, el Hombre Araña, Linterna Verde y Flash.

Al servicio del Aurora, campeón de Guatemala, lo vi detener dos penales en 1970, en el marco de un torneo para equipos campeones, frente al Alajuela de Costa Rica. Uno frente al temible Errol Daniels, y el otro, neutralizando un disparo del veterano mediocampista Juan José Gámez.

Dejó constancia de su evolución en el fútbol salvadoreño, y desembocó en plena madurez en el fútbol hondureño, donde habían visto destacarse al flexible y astuto Salvador Dubois.

Róger fue siempre un arquero hecho a la medida para jugar partidos de vida o muerte. Era capaz de absorber y de superar cualquier clima, con la responsable confianza y corajuda frialdad del hombre que medía todos los riesgos. No los subestimaba, pero tampoco les temía. Los analizaba, los metía en su “congeladora” y los devolvía convertidos en problemas resueltos.

Solo volaba ante el reclamo de lo inesperado, pero su característica principal fue siempre el anticipo, la precisión en el corte, el uso adecuado de sus piernas, la colocación exacta.

Mayorga y Dubois han sido hasta hoy los mayores orgullos de nuestro pequeño fútbol. Estaban al nivel de los mejores del área centroamericana. “El Flaco” Pérez y Emilio Sagot, de Costa Rica; “Araña” Magaña, salvadoreño; Nixon García guatemalteco; y Arzú, el hondureño, no eran más que ellos.

Mayorga siguió las huellas dejadas por grandes arqueros nicaragüenses como Alfredo Artiles, Will Gaitán, El “Zorro” Paez, Blas Miranda y otros, que eran una auténtica garantía debajo de los tubos.

Sobre Róger, el veterano Salvador Dubois me dijo en una entrevista: “Teníamos estilos diferentes. Él se colocaba mejor y sus tenazas eran más seguras, no hay duda. Yo tenía más capacidad de vuelo y jugaba mejor el área. Los dos trasmitíamos seguridad y combinábamos bien nuestros esfuerzos para rendirle al máximo a la Selección Nacional. Los dos guardamos banca un buen rato antes de lograr instalarnos como titulares, y teníamos una virtud común: entrenábamos con una dedicación extraordinaria en busca de superarnos, esa es la gran falla de los porteros de hoy. No quieren estar en la banca ni un tiempo, ni se entregan de lleno al entrenamiento”.

En un ranking de arqueros, incluyendo a Artiles, a Páez y a vos, ¿en qué posición colocarías a Roger?

“Era el mejor de todos”.

Un récord con su sello

, quienes tuvimos la suerte de verlo en acción como alguien perteneciente a otro nivel de competencia. Les aseguro que no estoy exagerando un centímetro al decir eso.

Róger, con 838 minutos sin permitir goles, es desde 1976 el dueño de la marca de imbatibilidad en el fútbol hondureño. En aquel tiempo, nuestro deporte en general era más competitivo, aunque el fútbol casero volaba bajo frente a las ventajas que proporcionaban los superiores recursos, y el mayor desarrollo de los otros países del circuito.

Escober tuvo la gran oportunidad de borrar esa marca, pero una jugada desafortunada del defensor Juan Carlos García, marcada por el árbitro como gol de Mauricio Sabillón, del Maratón, impidió que el registro del nicaragüense fuese superado. Escober, que seguramente se sintió como “apuñalado por la espalda” con ese autogol, quedó a 34 minutos.

Conociendo a Róger, pienso que dentro de su sencillez, contrastante con su inmensidad defendiendo cualquier cabaña, se debe haber sorprendido al percatarse de que todavía es dueño de un récord tan significativo.